La poesía de Enriqueta Arvelo, entre el aire y la voz (I)

in GEMS2 months ago

Aproximarse a la comprensión de la poesía es una tarea doblemente comprometedora y riesgosa, pues supone una “experiencia de los límites” en dos sentidos: tocar los límites de la poesía, es decir, experimentar sus abismos, sus profundidades; y tocar nuestros límites como lectores. Eso hemos intuido y sentido que resulta particularmente verdadero con la poesía de la escritora venezolana Enriqueta Arvelo Larriva.

La poeta Enriqueta Arvelo Larriva (retrato intervenido) Fuente

Roberto Juarroz, también poeta de la profundidad, ha expresado sabiamente, retando el punto de vista más generalizado: “(...) para la creación no hay más acceso que la recreación, que es otra forma de la creación (...) Hay una única forma de entrar en la poesía: estar adentro”. Así quisiéramos realizar en el acercamiento a esta poesía, respondiendo la ‘invitación’ a acoger sus imágenes, la materia de su imaginación poética y sus posibles símbolos, apoyándonos, a la vez, en la visión aportada por Gaston Bachelard, tan próxima a una poética de la existencia.


Una de las ediciones de la obra poética de Enriqueta Arvelo Fuente


Decir poético, pensar profundo

El encuentro con la poesía de Enriqueta Arvelo Larriva sólo puede ser, como con toda elevada poesía, una experiencia poética. Una experimentación interior de apertura e intensidad, por la cual la experiencia contenida y expresada en el poema se vuelve a vivir, es re-creada y transformada. René Ménard entiende la experiencia poética como “una especie de simbiosis temporaria, pero total, entre el espíritu y algo surgido de la experiencia del mundo”. Efectivamente, obra en la lectura de la producción de Enriqueta Arvelo ese estado simbiótico entre un temple vital y una configuración verbal del mundo, presentes en su poesía, de un lado, y la revelación en nosotros de un espíritu consustanciado con esa experiencia de la vida y la palabra, de otro.

Dos dimensiones indesligables hacen a la poesía, como a ninguna otra manifestación del espíritu: palabra y vida. A ellas nos enfrentamos al leer a Enriqueta Arvelo. La lectura de su poesía, como su obra misma, es experiencia verbal y vital; vivencia concentrada y esencial.

Su obra es voz, como ella misma lo reconoció: “... voz es lo único que he tenido” (1976 : 42) , y es “voz de los fundamentos” que “sólo se entregará a un oído de los fundamentos”, también en palabras de Juarroz (idem.). Leer su poesía es colocarnos a la escucha de una hondura, de un fondo suspendido y arraigado en la palabra; experimentar la tensión / atención de un ser raigal que se dice y se escucha en la escritura: ser íntimo, ser escrito.


Mujer con mantilla (1936), de Armando Reverón Fuente


No podría ocurrir de otro modo ante un decir poético que se labra “en obediencia a una interioridad vigilante”, en expresión de Alfredo Silva Estrada. Interioridad que se piensa en la palabra y nos entrega su verdad abismal en una escritura despojada y serena. Dialogamos en nuestro adentro con una experiencia interior y “esencial de un mundo estremecido”, como dice la escritora en su poema “Emoción y ventaja de la probada profundidad”.

La poesía supone una compleja relación entre realidad y palabra, entre forma y fondo, y esta relación comporta el pensar, el sentido que se crea. En ese orden, compartimos la definición de Juarroz: “Esa capacidad del hombre para crear la realidad en base a su interpretación por medio de símbolos es lo que llamo pensar”. Acogiéndonos a esta visión podemos aproximarnos a lo señalado por Enriqueta Arvelo en su carta al crítico Julián Padrón, donde expresa la necesidad de encontrar una “música” -búsqueda formal- que fuera capaz de “lastrarse con todo (su) mi pensamiento”. En esas contenidas palabras creemos identificar la conciencia y fuerza de la relación unitiva entre poesía y pensar en la obra de esta autora.

Ciertamente, su poesía configura el trayecto de un pensar profundo y mayor, ese que Juarroz designaba como “el pensar integrador y último, el pensar que siente, el pensar que crea, el verbo transfigurador, la abertura del fondo”. El pensar de la profundidad presente “detrás de las cosas, dentro de las cosas”, en expresión de la escritora; el “espacio interior del mundo” rilkeano, que, a través de Blanchot, sabemos que es metamorfosis de lo visible en invisible, de lo exterior en interior, por y en la palabra, que “hace del nombre una realidad silenciosa”. Se trata, pues, de la meditación de lo esencial en una dialéctica del adentro y el afuera, y en la cual el ser se funda por la intimidad de la palabra. Es ese “pensar ineludible” (Bachmann) el que pretendemos vislumbrar aquí.


Fuente


Conciencia imaginante e imaginación material

Bachelard, en su estudio del psiquismo imaginante, sostiene que la imaginación “forma el tejido temporal de la espiritualidad”. Ella procede como fuerza activa que renueva el corazón y el alma, que vitaliza y dinamiza el espíritu gracias a sus móviles asociaciones y conversiones. Pero es la imaginación literaria, en especial, la que conduce la movilidad espiritual, por su impulso característico de aspiración a imágenes nuevas. Afirma Bachelard: “El pensamiento, al expresarse en una imagen nueva, se enriquece enriqueciendo la lengua. El ser se hace palabra. La palabra aparece en la cima psíquica del ser”.

En esta dinámica imaginante se produce un trayecto continuo y recíproco de lo real a lo imaginario. Es decir, lo imaginario está presente y se forma dentro de lo real como una de sus dimensiones, pero al dinamizarse transfigura lo real en un más allá, una proyección de su ser en otro. Tal relación supone lo que Bachelard denomina “simpatía hacia una materia”.

Según este autor, “somos llevados, en la búsqueda imaginaria, por materias fundamentales”, que él identifica con los cuatro elementos primordiales: fuego, agua, tierra y aire. La imaginación creadora, de acuerdo a esta concepción, es guiada y determinada por la predominancia de uno de estos elementos, a través del cual la materia será pensada, vivida, soñada; por esta identificación se materializa lo imaginario, y esta "intimidad de lo real, puede agitar nuestro ser íntimo”.

Al leer y estudiar la obra poética de Enriqueta Arvelo Larriva, experimentamos la manifestación abarcadora y reiterada de una realidad conformada fundamentalmente por materias y presencias de la naturaleza, en particular del entorno natural del llano, espacio en el que nació y permaneció la mayor parte de su vida. Se trata de un mundo de cosas creado a partir de los elementos referenciales que integran la esencia real de ese universo: figuraciones de lo terrestre vegetal (árbol, rama, hoja, flor, raíz, semilla, hierba, sabana...), mineral (suelo, arena, piedra, polvo...) y animal (culebra, caballo, venado, tigre...); existencias de lo acuático (río, lluvia, rocío, pozo, espuma, mar, pez...) y de lo aéreo (pájaro, cielo, estrella, nube, niebla, aroma, música..); apariciones de lo ígneo (llama, incendio, cenizas, sol, sequía...); presencias corporales (ojos, corazón, sed, sudor...), ambientales y temporales (luz, sombra, noche, vigilia, día, alba, tarde...).

Tales elementos serán transfigurados por la conciencia y la palabra imaginantes de la escritora, para materializar su interioridad.

Continúa…

Referencias bibliográficas

Arvelo Larriva, Enriqueta (1976). Antología poética. Venezuela: Monte Ávila Editores.
Bachelard, Gaston (1982a). El aire y los sueños. México: Fondo de Cultura Económica.
Bachelard, Gaston (1982b). La poética de la ensoñación. México: Fondo de Cultura Económica.
Bachmann,Ingeborg (1990). Problemas de la literatura contemporánea. España: Edit. Tecnos.
Blanchot, Maurice (1969). El espacio literario. Argentina: Edit. Paidós.
Juarroz, Roberto (1980). Poesía y creación. Argentina: Ediciones Carlos Lohlé.
Menard, René (1971). La experiencia poética. Venezuela: Monte Ávila Editores.
Silva Estrada, Alfredo (1989). La palabra transmutada. Venezuela: Ediciones Contraloría General de la República.


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