Un aplauso de mil dólares - 1 ° parte | Relato verídico

in VDC7 months ago

Una noche calurosa en el pueblo. El joven bailarín terminaba su última función de ese día. Estaba cansado ya, su arte no había sido bien apreciado, al menos no económicamente. Su sombrero negro, de plástico y cuarteado que servía como receptor de monedas estaba vacío. Además su espíritu, que cada día servía también como receptor, pero de esas enviones de energía y aprobación en forma de palmoteos, también estaba vacío; esa noche no había recibido muchos aplausos.

Sin embargo, a diferencia del sombrero de las propinas, su espíritu permanecía inquebrantable, pues estaba lleno de amor por lo que hacía, porque bailar, aunque lo hiciera cada tarde o noche en plazas, parques y esquinas a cambio de monedas, no era un trabajo, era simplemente parte de su vida, era tan básico y natural como respirar o beber agua, tan indispensable para sentirse vivo, realmente vivo.

Así que al terminar de bailar su última canción, hizo lo que hacía cada noche al finalizar: apagar su corneta portátil, recoger sus implementos de trabajo y regresar a casa. Pero resulta que su noche no iba a culminar en ese momento, y su alma iba a recibir uno de los aplausos más significativos de su recién nacida carrera como artista bailarín imitador del Rey del Pop, Michael Jackson, que iba tener hasta ese momento.

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Desde la esquina diagonal oiría un fuerte aplauso, de esos que equivalen a mil, porque son dados con el corazón, con ganas y sinceridad. El joven, como todo verdadero artista que se debe a su público y se presenta para él, pausó su recogida de implementos e hizo una venia de agradecimiento a esa alma caritativa y apreciadora de su arte que le reconocía su esfuerzo y talento.

Quien aplaudió, se acercó al muchacho de 21 años y con efusividad y franqueza le dijo:

— Excelente, joven. Bailas muy bien. Te felicito.

A decir verdad, palabras de elogio y aprobación las recibía a menudo. Y es que el muchacho se destacaba, ponía el corazón en cada baile, como si fuera el último o si estuviera ante una multitud. Así que, no era nuevo que alguien le expresara esas palabras, pero lo que no sabía era de quién estaba recibiendo ese aplauso, elogio y luego una invitación a comer un trozo de pizza que no olvidaría jamás.

El señor de cinco décadas con quien estaba conversando y que tuvo la intuición de detener su automóvil y bajarse a mirar la presentación del joven, mientras en su cabeza iba imaginando y ensayando la mejores capturas de lo que estaba apreciando, era un fotógrafo con más de 30 años de experiencia ganador, entre tantos premios, del mayor galardón dado al periodismo colombiano, el premio Simón Bolívar, el cual obtuvo en 1.997. Un maestro de la fotografía, tan talentoso como humilde, que al ver al joven bailando en la calle, le hizo recordar, cuando él, en una época de su vida, también bailaba a cambio de monedas. Por eso apreciaba el talento y condición del joven.

Y allí estaban, minutos después, cenando, como dos amigos de años, pizza y una Pepsi de litro y medio, un fotógrafo publicitario exitoso, con decenas de viajes alrededor del mundo capturando magníficas tomas y recibiendo premios, con un jovenzuelo artista callejero que hacía cuatro meses residía en el único país del mundo que conocía, además de su natal Venezuela.

Un encuentro improbable, no tanto para Plinio (que así se llamaba el experimentado fotógrafo), que ya estaba acostumbrado a ver y fotografiar artistas de trayectoria nacional e internacional, sino para Abel, que apenas conocía mundo y con solo 28 días de haber empezado su carrera.

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Original G.S. Bilbao

Una versión más corta de este relato participó en el concurso literario "Latidos del exilio" organizado por la revista digital The Winwood Times.

Las imágenes son fotos reales de mi sobrino, el joven Abel Valdidiezo en Colombia. Capturadas con un teléfono Samsung Galaxy J5 Prime


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