Huida (primera parte)
Hola a todos.
Esta historia que leerán la vi en un sueño. Debido a su longitud tuve que dividirla en partes. Cuando el sueño comenzó, el ritmo, el tono y el ánimo estaban ya fijados. Fue como ver una película o ver la vida de alguien a través de un túnel de tiempo.
Espero les guste.
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Huida
(Primera parte)
Llamaron a la puerta. La criada pacientemente caminó hasta ella y, al abrirla, vio a dos oficiales de policía. Siguiendo las normas que fueron parte su educación, les preguntó lo que deseaban. Los dos hombres de mediana edad le pidieron que llamara a su señora.
La chica los dejó pasar y fue a buscar a la dueña de la casa. Lady Murchinson, una mujer de unos sesenta y dos años bajó las escaleras y les hizo frente a los policías.
Estos, tras saludarla con el respeto que alguien de su alcurnia y su edad merece, le dijeron la razón de la visita. Ella no dejó salir ni un atisbo de emoción sino que mantuvo la compostura. Cuando los agentes terminaron de hablar, ella contestó:
—No, sabía que mi hijo se veía con esa gente. Hasta donde sé, él va a la universidad y hace actividades extracurriculares.
—Él hace más que eso. Varias personas lo vieron hacer cosas inapropiadas —le contestó uno de los oficiales.
—También, revisamos su habitación en el college y encontramos libros de literatura indecente escondidos en su baúl.
—Bueno, no sé dónde está. Él suele volver al final del semestre.
Los policías se fueron. Tan pronto la criada cerró la pesada puerta de madera, Lady Murchinson colapsó. Se apoyó en el pasamanos de la escalera. La chica, se acercó a ella y la ayudó a subir a su cuarto. Cuando dejó a su jefa descansando, salió, cerró la puerta y entró en la habitación del joven que habían ido a buscar. El muchacho dormía.
Dos días antes él había llegado de la ciudad. Estaba exhausto, asustado y con la ropa rasgada en algunas partes. La criada lo reconoció y lo ayudó a entrar enseguida. Le llevó a su cuarto y corrió a contarle a su señora. Ésta, al verla nerviosa -lo cual era inaceptable ya que debía mantener el protocolo que le fue enseñado- la regañó sin levantarse de la butaca. La chica se disculpó y, como pudo, le relató lo sucedido. Lady Murchinson, soltó el libro y fue a atender a su único vástago.
El joven, según confesó, llegó corriendo de Sheffield la ciudad donde quedaba la universidad, tras huir de una reunión clandestina que se arruinó por una redada de la policía.
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Mientras escuchaba su historia, Lady Murchinson no sintió ira o rechazo hacia la vida secreta de su hijo sino que, su mente empezó a trabajar para salvarlo de su mala suerte.
Meredith Crane, la criada, se alió con ellos y prometió no decir nada. Al atender a los policías, Crane se puso nerviosa y siguió la orden de los agentes. Permaneció escondida en una esquina, escuchando cómo la dueña de la casa defendía su posición.
Los periódicos locales tenían en primera plana la noticia de un grupo de estudiantes de Sheffield que fueron arrestados por indecencia. Lady Murchinson vio las fotos y reconoció a dos de ellos. La idea de que Kevin estuviese a punto de acabar como ellos la torturaba.
Días después, el cochero llegó con un carruaje techado dispuesto para asistir a Kevin. Lady Murchinson no le dijo exactamente a dónde debían ir. El hombre subió las cosas, entre ellas, un baúl muy grande y pesado. La señora le dijo que no pusiera tanto peso sobre él. Arrancaron y atravesaron el pueblo. Al llegar a una esquina, Lady Murchinson le dijo que se detuviera. Acto seguido, se bajó y entró a un bar del cual salió acompañada por Oliver Little un viejo amigo de su hijo del que era inseparable en su juventud.
La señora le pidió al cochero que se bajara. El hombre se sentía confundido, pero aceptó su paga en silencio y vio a la mujer y al joven alejarse.
El viaje duró todo el día. Llegaron a las cuatro de la tarde a una villa ubicada en otro condado. Al llegar a la cabaña, Lady Murchinson no tuvo que decirle a Oliver qué hacer. El hombre descendió del carruaje y bajó el pesado baúl y lo arrastró hasta el interior del inmueble.
Kevin estaba anquilosado y adolorido. Oliver y su madre lo ayudaron a salir y a acomodarse. Los tres pasaron la noche en la cabaña. Antes de volver al pueblo, Lady Murchinson le dijo a su hijo cómo harían las cosas en adelante. Kevin se lamentaba aunque por otro lado sentía alivio por escapar de la vergüenza pública.