ALICIA, LA FEA.
Alicia fue una estudiante destacada en medicina. En su tercer año de estudio ya detallaba asuntos avanzados en virología, genética y neurofisiología. Tenía un propósito para haber estudiado esta ciencia humana, y era convergir el relieve del cuerpo a través de nanotecnología para embellecerle, una vez adquirida la adultez. Era una mujer fea, al menos así lo determinaba la gente que le rodeaba todo el tiempo: su padre, sus hermanos –quienes ante todo siempre la defendieron de sus agresores, pero no escatimaban verle con ojos lastimeros y llorosos-, sus compañeros de escuela y colegio, y por supuesto, todo hombre del que se enamoraba; se lo hacían saber a través de puñales y clavos que le enterraban en el corazón y la mente. Se prometió a sí misma convertirse en una mujer absurdamente hermosa, y prometió a otras como ella que ninguna volvería a ser apuñalada por su fealdad.
A la víspera de su cuarto año había conseguido programar algunos nanobots bajo la metodología del cáncer, la mayor debilidad de nuestro ADN. Alicia consiguió reprogramar las cadenas de aminoácidos y proteínas, dándole órdenes de buscar en su banco genético las células con mayor contenido de melanina para obtener una piel tersa y uniforme, intensificando además el color pardo de sus ojos universales y misteriosos, mientras otras resaltaban la quitina para desarrollar uñas y cabello excepcionales, con cejas pronunciadas y pestañas con –casi, diría yo- dos arcos; jugó con dosis de testosterona para obtener pómulos y barbilla rupestres, así como unas piernas más gruesas y tonificadas; restructuró el cigomático mayor para plisar su piel al sonreír y obtener dos agujeros oscurísimos; logró que sus cuerdas vocales se plegaran hacia las paredes de la tráquea y se ensancharan, de modo que alivió las asperezas, pero engrosó su voz a término de erizar hombres y mujeres que escucharan su tono armónico y sin quiebres; dio órdenes para producir células epiteliales y glándulas mamarias para aumentar el tamaño y la rigidez de sus senos; y alteró su sistema óseo para conseguir caderas anchas, sacro pronunciado, hombros y espalda anchos, y una delicada clavícula que incitaba verter cualquier líquido en ella.
A sus 21 años, Alicia, una mujer en extremo fea, consiguió reescribir las células de su cuerpo, y obtener una belleza solo mencionada y olvidada en las lecturas sobre la emperatriz de Egipto. Lastimosamente, su felicidad –así se le veía- le duró poco menos de un año. Yo, su mentor y neurólogo de la clínica La Marsellesa, de Buenos Aires, me encuentro en este momento con mis colegas, entendiendo cómo una mente tan brillante concentró tanto esfuerzo en desarrollar esas características, y descuidó el sistema nervioso, abriendo la puerta a trastornos como la psicosis y la depresión; el sistema óseo, dando lugar a osteoporosis y fracturas múltiples; y el sistema linfático, obteniendo una anemia crónica con tuberculosis que terminaron con su vida en unos cuantos meses. Ahora que estamos abriendo su corazón observamos que se encuentra sometido a estrés, con varios de sus vasos rotos o inflamados, e incluso algunos fueron desconectados del miocardio cuando aún latía; mientras, su cerebro retoza aún de actividad, tibio en comparación con su arrítmico excompañero, que al parecer murió mucho antes que ella.