Los crímenes de la Avenida de Mayo

in cervantes •  15 days ago  (edited)


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Nos acercábamos al final del año 1923, el calor era bochornoso desde una semana a esta parte, esa noche se esperaba con ansias una tormenta que bajara la temperatura y diera alivio al millón seiscientas mil almas que habitaban la populosa ciudad de Buenos Aires.

La corriente inmigratoria de Europa había poblado enormemente la ciudad, los inmigrantes eran en general gente de trabajo, pero entre muchos de ellos también arribaron algunos malandras y hasta asesinos que vieron la posibilidad de una nueva vida lejos de los lugares donde habían cometido sus delitos.

Sobre la Avenida de Mayo y sus inmediaciones se habían afincado gran cantidad de españoles y más al sur, en el barrio de La Boca los italianos. Había entre ellos algunas rivalidades y se habían desarrollado en los últimos tiempos algunas escaramuzas y enfrentamientos de barras pertenecientes a ambos bandos.

La zona donde se había erigido el primer rascacielos de la ciudad conocido como Palacio Barolo, era considerada área de ricos criollos de alta alcurnia y funcionarios del gobierno y municipales; provocó una gran sorpresa el primer asesinato justamente en ese barrio y en esa noche calurosa donde la tormenta no alcanzaba a formarse; una española llegada muy poco tiempo atrás fue encontrada muerta por una puñalada en el corazón, el puñal no apareció. La policía y la justicia sospecharon de los italianos y comenzó una investigación aunque no demasiado seria y profunda como cabía esperar, la víctima no parecía tener familia y no pocos consideraban que estaba allí ejerciendo la prostitución aunque no se encontraran pruebas que apuntaran en esa dirección. Pronto la noticia del crimen y la investigación fueron decayendo en intensidad y el expediente fue a parar al fondo del último cajón del escritorio del comisario de la jurisdicción.

Exactamente un mes después ocurrió un segundo asesinato, esta vez la víctima fue un hombre del cual no se encontró identificación, aconteció a menos de 100 metros de donde había sido asesinada la española. Esta vez también una certera puñalada en el centro del pecho fue la causa de la muerte, del puñal u objeto punzante utilizado no había rastros. La presión de los periódicos y de la opinión pública no se hizo esperar y obligó a la policía a realizar una investigación más exhaustiva y por supuesto, se reflotó y anexó el expediente archivado.

El detective Carlos E. Soto fue asignado como responsable de ambos homicidios y de inmediato se abocó a recabar información que le permitiera llegar a alguna pista firme. Los italianos pendencieros de La Boca eran su primer objetivo y hacia allí se dirigió junto a dos suboficiales que le servirían para las tareas administrativas y formales pero además como custodia por si el asunto se tornaba peligroso.

El panorama que encontró en el populoso barrio más los testimonios del párroco de la iglesia San Juan Evangelista y del jefe de las fuerzas vivas de la zona le hicieron cambiar totalmente de parecer y por ello dejó de lado sus prejuicios y los consejos del fiscal a cargo de la causa; allí solo había gente de trabajo y los pocos grupos de pendencieros eran muchachos jóvenes que lo hacían más por aburridos que por un real sentido de pelea o rivalidad. Pronto concluyó en que había que buscar por otro lado, esta era una vía muerta.

Retornado entonces al lugar donde se habían producido los hechos tuvo una pequeña alegría, se aclaró la identidad del hombre asesinado, era un criollo de pura cepa, cuarta generación de nacidos en el país, su tátara abuelo había sido de Trieste y se casó con una entrerriana quien también era mezcla entre una indígena nativa y un portugués. Descartada entonces completamente la hipótesis de enfrentamientos regionales comenzó una nueva línea investigativa. Sin embargo la información de la identidad de la víctima no era correcta cosa que recién pudo saberse mucho después, ese error involuntario de identificación evitó mayores pérdidas de tiempo y pistas concretas.

Llevaba justo un mes a cargo cuando ocurrió el tercer asesinato, esta vez una joven y bella española, hija de un próspero comerciante de la avenida de Mayo. Nuevamente una herida de arma blanca en el corazón y el arma no estaba. Ya no era coincidencia ni había la menor duda, se trataba de un asesino serial y el detective Soto que había leído mucha bibliografía sobre estos aberrantes asesinos que matan por matar y en general siguiendo patrones repetitivos, entendió que el asunto era mucho más grave que lo que había calculado. Sintió temor y una carga agobiante de responsabilidad, no dudaba de su propia capacidad pero sospechaba que se enfrentaba a un contrincante tanto o más inteligente que él.

Continuará…

La fotografía es de mi propiedad y muestra la Avenida de Mayo (lugar de los hechos contados en esta ficción) en la actualidad.

Héctor Gugliermo

@hosgug

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La fotografía que adorna esta excelente historia es terriblemente hermosa. Qué buena cámara la del Samsung.

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