Pizza, pixeles, cerveza y prosti-tutoras

in cervantes •  6 months ago

FUENTE


Habiendo efectuado aquella llamada de cuarenta y dos segundos, constatada la misión, lo primero que vino a mi mente fue ir a la cocina e inspeccionar el refrigerador. Leche cortada, jugo de pera de aspecto vomitivo, agua con incisivo a gas de refrigerador, pero nada que infundiera la risa, era una nevera sobria. En seguida la destripé por entero y metí allí mi batallón personal de cervezas que tendría a mi disposición cuando hiciera falta un respaldo para tan importante misión. Aquella noche era un hombre con una sola misión: noche de juegos y no me jodan.

Y aquella noche era un hombre que recibió de la providencia estas palabras: … que llevo pizza a tu casa.

Los muchachos de la sala de Arcades teníamos un ritual los viernes por la noche. Ritual que inauguré lanzándome sobre el sofá, quedando en una distinguida posición escrita alguna vez por un rey llamada “el trono-sutra”, porque esa noche me sentía como un rey escogiendo y juzgando. Desempolvé las viejas consolas, preparando un embutido de clásicos: Monkey Island, quizá un Mario Kart, aunque mi novia me vio en ese momento, y negando con la cabeza me hizo recordar lo mucho que se emputa cuando va de último lugar, así que opté por Golden Eye.

Mi novia preparaba ya los platos para la pizza en camino, mientras que yo estaba con los muchachos, entre discusiones y acuerdos, los controles y los títulos que probaríamos. Eran las siete de la noche y René no llegaba aún con la pizza.

Voy a la nevera, destapo una cerveza y le ofrezco una a ella, pero me dice que no, que nos aguantemos. No, no puedo aguantarme cuando existe una pizza que aún no llega a mi casa. Vuelvo al sofá y tanteo otros títulos, los voy barajeando en una suerte de naipes. Los muchachos, Julio, y el otro, Gustavo, sortean las posibilidades. Da igual la elección de palestra o arena de duelo, siempre se corre sangre entre los gladiadores. Regreso a la nevera, destapo otra botella y le ofrezco una a mi novia, ella me dice que no, que deje de chupármelas que se van a acabar. Y yo como que, coño, relaja las tetas, Maritza, que ahora es que quedan. Y vuelvo al Super Nintendo y me lanzo una partidita inocente de Chrono Trigger con un save olvidado de hace cinco meses. Nunca lo pude terminar porque obviamente el jefe final está cabronsísimo con esas tres transformaciones finales, pero no me preocupo, porque Julio se sabe algunas cosas que me serán de utilidad a los veinte minutos de partida.

Veo la hora, son las nueve y media y nada que René arriba a mis dominios. Voy a la nevera, destapo una cerveza y le ofrezco una a mi novia. Ella me grita una especie de insulto que no alcancé a escuchar porque se había accionado la demo de super mario 64, ah, no lo había mencionado, pero había puesto la Nintendo 64 para variar un poco los polígonos. Yo le grito a ella remedando su chillido. Vuelvo al sofá y parece que el tiempo rezuma entre jugando, muriendo, reviviendo, y yuxtaponiendo las botellas a la falda del mueble. Mi novia me grita desde la cocina, de la cual ha invertido un tiempo excesivo para tratarse de organizar decorosamente los malditos platos del aperitivo prefabricado, acerca de la razón de la demora de René. Yo le respondo que se quede tranquila, y al mismo tiempo destapo una cerveza. Le ofrezco una a Julio, me dice que no por el momento, y luego a Gustavo, que asiente. Ya no le ofrezco un carajo a ella anticipándome al rechazo.


Tomo el teléfono local que parece sacado de una casa de muñecas y marco el número 0424XXXX. Repica y repica y no obtengo respuesta. Maldito René, gruño por lo bajo. Mierda, Ignacio, ¿por dónde coño va la pizza? Me pregunta Maritza. ¿Qué voy a saber yo? Y ella presume la posibilidad de un desvío de prioridades de René llevándose la pizza a otro lugar, con alguna conquista de turno, quien sabe. Yo alego que es más probable que en el camino se lo haya violado una jirafa a que eso suceda. René sabe que cuando se trata de pizza y noche de videojuegos la cosa va muy en serio. Y concluyo con esta épica resolución a mi novia mientras destapo otra cerveza que me bebo de dos tragos. Las manos me sudaban a pesar del beso polar que el tacto de la cerveza recién cosechada de la nevera me dejaba. Pestañeaba fuerte y pensaba qué más hacer para matar el tiempo. Marco el número de René por segunda vez, pero fue otro intento inútil. Me tiro en el sofá poniendo sobre mi pecho un número abierto de Spider-Man, es de los primeros, los que gustan de infante pero que cuando lees llegando a la adultez te das cuenta que son una mierda, y luego me pongo con otro, Hellblazer, me aburro a los pocos minutos porque son más de lo mismo y tanteo los de Skullkickers. Como si se tratara del zumbido repentino de un mosquito, escucho el chapoteo metálico de una chapa desencajada, me ayudo con el brazo para levantarme en parte y mirar sobre la coronilla del sofá. Veo a mi novia bebiendo una cerveza y le grito enseguida que es una malnacida, que le dije que no se las bebiera, que se van a acabar. Ella me grita algo parecido pero alegando algo sobre que yo era como la biblia, un capítulo atrasado de El Señor de los Anillos. Nos decimos un par de blasfemias rancias más y alguien, no recuerdo si fue ella o yo (ya recordé después que fue Gustavo), sacó a relucir la demora de la pizza. René. Pizza. Maldito René.

Ya estaba cansado de esperar y le digo a Maritza que todo hombre en su legítimo estado de honor enervado no podía permitirse postergar lo más sagrado que uno tiene, la paciencia. Ella me dice que menos se tardaría el mesías en llegar con todo y pizza si se lo hubiéramos pedido, que encargarle tamaña responsabilidad al sinvergüenza de René. Maldito René.

Me levanto y les digo a los muchachos que aguarden a mi retorno, que iría por René. Maritza se entera después de que yo entro a la cocina. Le estampo un beso en la frente subsecuente a una nalgada bien dada. Las circunstancias del alcohol arreaban mis modismos de macho alfa y me puse a dilucidar en el antes, el después, y el tiempo neutro sin nombre que jamás fue y sucederá, y mi erección se sintió en mi ropa interior como el cuello de Schwarzenegger, y en seguida lo arrimé hacia el muslo de mi mujer, de quien me froté con una pequeña y discreta ronda circular, y ella respondió al impulso, pero de un puntapié la mandé a sentarse al sofá. Abrí la puerta principal, me giré y le dije a esa perra que cuando volviera de mi misión me encargaría de ella, que mientras tanto, y sugiriéndole con mucho cariño, se infundiera entusiasmo con circunferencias clitorianas. Cerré la puerta. Busco a René. Maldito René.

Ignacio x01. Porque en la vida real sólo tienes una oportunidad.

Cuando salí de casa me movía por sotavento y luego un brusco barlovento, como si el enanito de mi cerebro estuviera timoneando con los pies mientras se mete metanfetamina y encasqueta la boca en el coño de una quinceañera cachonda. Mi séptimo sentido (tenía dos adicionales de repuesto, pues uno o dos solían fallarme a veces) me decía que iba a necesitar un poco de suerte, no, mejor dicho, intuición, para hallar a René. Caminé por las inmediaciones de mi casa, una ancha vereda estrechada a diestra y siniestra por una procesión de mujeres y hombres con vasos, entregados a la algarabía de ese ska rancio de las plazitas de mala muerte. Cuando me acerco a un grupo de amigos que no habían notado mi aproximación, uno de ellos hizo ademán de saludarme con un abrazo, pero yo a lo que iba era directamente a una chica, no sé, quizá se trataba de su futura ex novia o del otro, o era la pareja de la otra chica que no llego a destacar, y procedí a arrebatarle el vaso de los dedos entumecidos por el frío del hielo. Noté que contenía un líquido ambarino. No le di importancia a la procedencia y me lo empiné hasta el fondo. La chica usurpada me gritó una sacrosanta maldición con la lengua enredada. Sentí que el novio (había adivinado mal) ya me estaba tomando un puño de camisa, pero yo ya estaba abandonando mi breve tertulia. Me seguí paseando por la vereda, franqueando el tumulto que se hacía más espeso conforme la música se hacía más alta, como hormigas en el concierto de una cucaracha muerta. Más alta aún la música. Y alguien me gritó una obscenidad amistosa y yo le respondí con un movimiento ascendente rectilíneo de mi pelvis, y después me encontré con una tal Daniela, que me tomó de un brazo y me metió a una especie de bar.

Allí subsistía otro ambiente acompasado por humo vibrante y luces. Daniela me prendió un cigarrillo en la boca y me dio tequila, el cual aligeré sus grados etílicos con la esnifada de sal y posterior limón directamente de la coronilla de sus tetas. La llevé a bailar y estuvimos allí dándole buen rato hasta que en una me sentí con la suficiente confianza de tocarla por lo bajo. Ella me dio un empujón y me repelió de una sola cachetada dada con mucho sentimiento. Daba igual, estaba anestesiado por el alcohol y bailé con otra, pero no duré mucho tiempo para cuando llegó el novio de ésta y ostentara delante de ella terribles arranques de celos masculinos. Besé a su novia delante él, ella pareció anonadada y él estaba a punto de arremeter cuando le quité la bebida de las manos. Me la bebí de dos o quizá tres tragos y lo que quedó se lo eché en los ojos. Lo dejé privándose con sus remordimientos adolescentes y me di la vuelta planteándome otras posibilidades. Maritza no es de las que esperan mucho y yo como todo hombre caballero, respetuoso y de alta alcurnia tenía que acatarme a sus exigencias de mujer elfa. En eso, en medio de una maraña de aristas de colores disparándose como teslas en frenesí, atravesando el humo y la espesura de la música que era como un sonido de tambor ronco en los tímpanos, me encontré con la persona que estaba buscando: Cecilia.

Implementé mis prodigiosas dotes de cortejo y la persuadí de que fuéramos a un lugar más privado. Ella se reafirmó y sonrió. Luego me llevó con una mano en mi brazo hacia unas escaleras. Subimos y nos encerramos en el primer cuarto que vemos desocupado. Allí dentro ella se quita la ropa mientras la miro todo embelesado. Cuando se encontraba ya sobre la cama en la característica posición de apareamiento felino, me bajo los pantalones y saco de ellos lo que había estado haciendo bulto. Esegida lo llevé en ristre y la apunto al estilo DeNiro con el astra cub calibre 22 de mamá, y le pregunté que dónde está el malnacido de su novio. Ella al principio lloraba e imploraba que me calmara, que no fuera a cometer una locura, pero yo le insisto y ésta, coaccionada por el miedo, me reveló que René se había ido con mi maldita pizza hacía unos minutos de yo haber llegado. Me guardé la pistola y me desaparezco de escena. Y sí, por supuesto que me subí los pantalones al salir. Del local.

Salí del bar y al momento atisbé lo que parecía ser una rueda de pescado contorneando la calle, y todos coreando con los puños en alto. El DJ, con muy buenas intenciones, cambió a Los Mentas por Walk de Pantera. Sí, se trataba definitivamente de una golpiza. Habría presenciado eso con una sonrisa de no ser porque al que estaban apaleando era el objetivo de mi búsqueda: René estaba siendo molido a patadas por tres tipos. Sabía quiénes eran. Me presenté ante ellos saludándolos con un cariñoso “dejen al pana quieto que saben que me pongo loco” y uno de estos esbirros, Jean Pierre, me vio, quizá también me reconoció como el chamo de las recreativas que se pica con él jugando al Tekken, y me dijo “pero habla claro, si no puedes con la velocidad paga metro”, y yo me quedé como en un estado de expectación, y miré para el suelo y muy cerca del yaciendo René el asfalto estaba barrido con la pizza. Coño, vale pero verga, nojoda. Empecé a desvariar con mis pensamientos de añoranza y sentimiento de culpa por no haber llegado antes, pero quizá todavía podía hacer algo. Tenía que pedir refuerzos, eran tres contra uno, porque por el estado de René tenía claro que ya estaba fuera de juego.

Pero éstos ni tiempo me dieron de igualar la justa y el tal Pierre procedió a continuar con su aluvión de patadas indiscriminadamente. Carajo, ¿y ahora qué? No puedo hacer nada, Jean Pierre es un tipo muy fuerte. Sus golpes se encadenaban uno tras otro en un combo perfecto. De seguro se ejercita, me dije, se alimenta. Se nota que le gusta la actividad marcial y el alpinismo. Puede hasta que lea, que se regocija y entiende de aquello en lo que somos parte, el sentimiento colectivo que nos asedia cuando a fracción de segundo, antes de caer en sueño, miramos para el techo, pensando que, a lo mejor, podrán saber otros, en algún futuro incierto, que fuimos parte de esta coreografía de amor y desilusión, de júbilo y aflicción, en la que el mejor actor es quien es realmente en escena y finge ser normal delante de los demás, y entendemos que somos parte de algo tan sublime como efímero, que aprendemos del amor, del odio y la plenitud, de la vida como lo que es, una fina máquina, que aunque levantes la tapa y mires su interior, y al principio te asustes, pero que después empiezas a entender el valor de cada engranaje, cada mancha de grasa y cada piñón, y cada…

René quedó hecho mierda y los maleantes se retiraron en vista del aburrimiento de su achante. Aproveché el momento para acercarme. Le pregunté si estaba bien y esbozó un gemido animal. Me acaté al plan inicial y llamé por teléfono.

―¿Alo?... sí… ―Hablaba ávido y miraba a René para cerciorarme de que aún respiraba―… Sí… por su puesto… Familiar… no, no, no… Sí, con extra de queso y, peperoni y… no le ponga anchoas… ok… Avenida Villamizar, conjunto residencial Bouganvillea… No, gracias a usted, caballero.

Cuando llegué a casa, me encontré a los demás tirados en el sofá echándose una partidita de Super Smash Bros. Maritza estaba en un sillón contiguo con la barbilla apoyada en el codo, y por el rastro de saliva recorriendo el surco de su antebrazo, sospechaba que inicialmente estaba en su mano. La vi a los ojos y comprendí que estaba un poco borracha, por lo que la llevé a volandas hacia la cama, pero la muy sucia se prendió apenas tocamos el colchón. Tuvimos sexo y ella se quedó dormida, y yo tuve que permanecer despierto a la espera de la pizza.

Tocaron el timbre y fui a ver, pero cuando estuve en la sala ya Julio la había abierto. Estaba puesta sobre un pedestal de fulgor de magnificencia y ensueño. Mierda, nada más con verla fue cuando me di cuenta de lo hambriento que estaba. Fui a la nevera por un trago, la larga caminata de la noche me había dado un poco de sed.

Husmeé como una rata y nada, las cervezas se habían acabado. Cuando volví a la cocina le pregunté a Gustavo si podía encargarle una caja de cervezas.


Relato escrito por mí, Gian Paolo Bonsignore.

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Jajajaja que noche tan agitada y asi lo lei y lo imaginé ... Menos mal llego la pizza .. saludos

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gracias ^^

Excelenteeee! Hahahahhahaha sin palabras...

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gracias por llegar hasta el final. Sé que no todos podrán digerir la longitud del post.

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