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in #cervantes7 months ago

Luego de mucho transitar, volvía Andrés por la senda interna de la avenida. No lo recibía la algarabía habitual: la calle semidesierta decía de la precaución tomada por la amenaza inminente de lluvia. Tomó una curva y aminoró la velocidad. Llegó a la entrada del garaje y se apeó.
-¡Hola, Mariana! ¡Buenas tardes!
-Buenas, Andrés.
-¿Cómo está Pedro?
-Bien, gracias.
Andrés parqueó en su rincón acostumbrado.
-Niña, ¿y cómo va esa escuela?
-Ahí, bien... Continuando...
Las primeras gotas ya estaban cayendo.
-Ya empezó la lluvia. Oye, parece que va a ser buena ¿Se puede saber qué dibujas?
-Nada concreto ¿Ves eso que gira? Es como una espiral. Trato de que el principio conecte con el final.
-A Andresito le encanta dibujar. Tomó dos cajas para guardar dibujos de tipos distintos, una la tiene para "Los buenos", que son dibujos con crayolas azules y amarillas, y la otra para "Los malos", que los hace con crayolas rojas y verdes ¡Cómo se le ocurren cosas! ¡Tiene una imaginación del carajo! El otro día, pintó un bote que según él era para cuando la isla se hundiera. Yo le pregunto: "¿Cómo es eso Andresito?", y él me responde: "Papi, la maestra dijo que vivimos en una isla, y eso significa que estamos rodeados de agua, o sea, que es como el vasito con el que juego en mi palangana cuando me baño, y Papi, mi vaso se hunde." ¡Qué niño, qué niño!
-Pues con la lluvia hoy como está, parece ser un día bueno para estrenar el bote.
-Sí, yo creo que sí.
La tormenta ya arreciaba fuerte. Discurría hacia la avenida, resonaba en los toldos, en los aleros, hacía cauces en las jardineras. Por un momento, Andrés alzó la vista. Se sentía cómo el aguacero caía con fuerza en el techo.
-Los niños tienen esa clase de fantasías. Por ejemplo, pensar que en cada gota que cae se esconda un universo tan complejo como el nuestro. De pequeña yo pensaba esas cosas. Me dejaba llevar por la idea de que en la cuchara que llevaba a mi boca, en el polvo que barría, o dentro de la pulpa de una fruta, se escondían mundos vastos donde el tiempo corría en proporción a sus tamaños. En cada espacio minúsculo, cientos de civilizaciones con miles de historias, imposibles de abarcarlas todas en la totalidad del papel que podamos producir, y que antes de que una se trague la cucharada o el polvo se agite, ya la mitad de ellas habrán perecido para dar paso a otras con nuevas ideas y maneras de ser diferentes. ¿Y si estuviéramos nosotros dentro de una gota como estas que caen, eh, Andrés?
-Sería triste.
-Triste y maravilloso. Pues te digo: no es una idea que me agite mucho. Quizás no veamos nunca nuestra gota estrellarse, o en caso contrario, hasta ahí habremos llegado, lo cual no me sienta mal. Quién sabe qué pequeña parte somos de un espectáculo mayor en un mundo mucho más grande y lento. La lluvia aquí pertenece a un ciclo, por lo que yo me aventuro a que afuera de nosotros las cosas también son así.
-Esta bueno eso, Mariana. Tú también tienes imaginación.
-Supongo que es la tarde. Tiene algo mágico. Y dime, Andrés ¿Qué ha sido de tu imaginación infantil?
-Bueno, chica, yo no me acuerdo mucho de eso. A cada rato pienso en el bohío y en el piso de tierra. La abuela Yuya lo mantenía limpio como no he visto otro. Me acuerdo también del río y lo fría que siempre estaba el agua. Y si me preguntas por esas fantasías... Yo veía a veces a la abuela Yuya hablar con los árboles, cosa que siempre me intrigó. Ella decía que los árboles eran sus amigos. Yo nunca supe bien cómo lo conseguía, pero lograba saber en cada temporada qué mata iba a dar los mejores mangos, los mejores mameyes y así contando. Después nos mudamos al pueblo sin la Yuya, y cuando me perdía por el monte intentaba hablar con los árboles como lo hacía ella, y la verdad es que no conseguí nada: no podía averiguar ni este platanero que se diera bien, ni por decirlo al aire me acuerdo de haber adivinado alguno. Ya luego con los ajetreos del crecimiento uno se hace hombre, y esas cosas se quedan atrás. Ya mi cabeza no está para musarañas. Yo me contento con que Andresito esté feliz, y con que su madre tenga con qué alimentarlo.
Mariana no apartaba la vista de su dibujo, las manos sobre el papel, y las piernas extendidas debajo de la mesa.
-Ojalá todas las tardes, yo llegara a mi casa con la calma que siento ahora. Hay tanto mundo duro y tanta agitación, que yo prefiero mi rinconcito seguro, donde las cosas tengan un orden, y mientras yo cumpla todo marche. Nada me hace más feliz que ver que lo que uno siembra crece, florece y da frutos.
-Ese es tu pequeño bote.
-¿Como que mi bote?
-Sí. Tu isla se hundió, Andrés, pero tuviste tiempo de fabricarte un bote, que ha sido tu salvación y cárcel.
-Sí –sonrió Andrés – .Y mi retoño crece y yo voy para viejo. Además, cárcel y todo, pero la mente vuela de vez en cuando.
-Sobre todo ahora, que te has dado el lujo de recordar tus "musarañas".
La tarde ya había oscurecido y el aguacero menguaba a intervalos. En la calle podían verse
desechos arrastrados por el viento y el agua. Dentro del garaje, Andrés había encendido el bombillo
que colgaba cerca de la mesa donde Mariana seguía con su dibujo.
-A veces se me ocurre que el único movimiento sincero de la voluntad es hacia atrás.
-¿Cómo es eso, Mariana?
-Que siempre queremos volver, Andrés. Volver a ese día feliz con la pareja, al vientre materno, al pueblo de la infancia, a los asombros primerizos. Volver y volver, aunque parezca un engaño y no se vuelva por el camino de venida, aunque volvamos hacia adelante. Volver sobre nosotros mismos, para escapar del tiempo.
-Puede ser, mi niña. El tiempo, que no perdona.
-Es que los verdaderos éxtasis, las felicidades de "instante", son atemporales, y a mí al menos, cuando me sobrevienen, no sé explicármelas del todo, y me pongo entre triste y contenta a la vez por eso que está en el aire, eso tan leve y mágico que se escurre tan rápido y que solo me queda su impresión tan fuerte, su recuerdo.
Andrés guardó silencio y se ensimismó en sus pensamientos. Y mientras contemplaba la noche incidir sobre la calle, la lluvia cedió del todo. Entonces ella le dio el dibujo diciéndole que se lo regalara a su hijo de su parte, abandonó la mesa, apagaron la luz, y juntos
cerraron el garaje. Caminaban sobre la calle mojada, Andrés con pasos largos sondeando los charcos, Mariana dejándose ayudar por él en los escollos de la calle.
-Bueno, Andrés, ¿cuándo volverás a ser niño?
-Mañana por la tarde, cuando juegue con el pequeño. Él siempre me devuelve a la infancia.
-¿No puedes intentarlo desde ti mismo?
Ya llegaban a la casa de Mariana, ella abrió la reja, caminó por el trillo, se detuvo frente
a la puerta y se volvió hacia su amigo.
-¿Acaso no puedes intentarlo desde ti mismo?
-Niña, ¿pero a qué te refieres en concreto?
Andrés guardó silencio y se ensimismó en sus pensamientos. Y mientras contemplaba la noche incidir sobre la calle, la lluvia cedió del todo. Entonces ella le dio el dibujo diciéndole que se lo regalara a su hijo de su parte, abandonó la mesa, apagaron la luz, y juntos
cerraron el garaje. Caminaban sobre la calle mojada, Andrés con pasos largos sondeando los charcos, Mariana dejándose ayudar por él en los escollos de la calle.
-Bueno, Andrés, ¿cuándo volverás a ser niño?
-Mañana por la tarde, cuando juegue con el pequeño. El siempre me devuelve a la infancia.
-¿No puedes intentarlo desde ti mismo?
Ya llegaban a la casa de Mariana, y ella abrió la reja, caminó por el trillo, se detuvo frente
a la puerta y se volvió hacia su amigo.
-¿Acaso no puedes intentarlo desde ti mismo?
-Niña, ¿pero a qué te refieres en concreto? ¡Un momento! – una sensación sobrecogedora
recorrió el cuerpo de Andrés en ese instante – No sé cómo decirlo, pero es que tengo la certeza
de que esto acaba de ocurrirnos.
Mariana sonreía afable, con cierto aire de complicidad.
-Despertar, Andrés. Los niños siempre están despiertos. Si quieres intentarlo desde ti mismo tienes que despertar.
Andrés no podía comprender del todo esas palabras cargadas de una sonrisa enigmática. Y la certeza de algo inexplicable que le había ocurrido no lo abandonaba. Se hacía angustiosa. Miró entonces el dibujo que tenía en su mano.

Luego de mucho transitar, volvía Andrés por la senda interna de la avenida. No lo recibía la algarabía habitual: la calle semidesierta, decía de la precaución tomada por la amenaza inminente de lluvia. Tomó una curva y aminoró la velocidad. Llegó a la entrada del garaje y se apeó...

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