La Ronda
La Ronda
“¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Qué hago?”, me dije repetidas veces. Me sentí el Pablo más tonto del mundo porque me habían dicho insistentemente que no viajara de noche, pero me empeciné que debía ser así porque tenía que aprovechar las primeras horas de la tarde en la oficina. El avión se retrasó por varias horas sin que nadie diera explicaciones y cuando llegamos al aeropuerto de la isla de Margarita ya eran las 8:30 de la noche. Busqué un taxi a la salida y no quedaba ninguno. Pregunté a un señor que limpiaba el piso y me respondió que el último autobús de los empleados saldría a las 9:00 y me dejaría en la plaza Bolívar de Porlamar. Tuve que esperar hasta las 9:30 para que el chofer se decidiera a salir ya que había muy pocos pasajeros y él no iba a hacer un viaje tan largo y la gasolina y los cauchos y la carretera y los repuestos y no sé qué más porque dejé de escucharlo… Cuando llegamos a la plaza vi que esta estaba bastante oscura por falta de bombillos. Ya pasaban las 10 y en aquella oscuridad debía buscar un taxi que me llevara hasta el hotel. Quería dormirme temprano porque al día siguiente tendría una importante reunión a las 7 am. Le pregunté al chofer si él podía llevarme y yo le pagaba lo que me pidiera y me dijo que no, que ya estar en la calle a esa hora era demasiado para él y que lo hacía porque en el aeropuerto lo obligaban a esperar a los últimos empleados.

En aquella plaza desierta, solo -de espaldas a la escultura La Ronda-, vi venir a un hombre hacia mí, a pesar de la poca iluminación. Me asusté. Luego, él me saludó cortésmente. Logré ver que tenía los ojos muy enrojecidos, hinchados. Parecía triste. No habló mucho. Solo me dijo que a esa hora era difícil encontrar un taxi pero que de vez en cuando pasaba uno. Después de más o menos 10 minutos estaba robándome de la manera más decente posible. No fue nada agresivo. Solo sacó el arma y me dijo que cerrara los ojos. Masculló un Perdóneme, señor y ya: allí quedé yo, en medio de aquella inmensa soledad, a punto de largar el llanto. Luego de unos minutos de incertidumbre me recuperé y recordé el chiste familiar del tío Jhonny, quien -años atrás- pasó una noche en una funeraria porque ningún taxi quiso llevarlo a su casa, debido a que vivía en un barrio muy peligroso. Totalmente lleno de pánico, desorientado, comencé a caminar por aquellas calles solas sin saber a dónde iba. Solo me quedaba defender mi vida. Una funeraria o un hospital, un hospital o una funeraria…
A dos cuadras de la plaza vi un letrero iluminado: “Funeraria Virgen del Valle”. ¡Bingo! Había algunas personas en la entrada que se estaban despidiendo para irse de allí. Para mí fue un milagro ya que las funerarias suelen cerrar sus puertas temprano y los que desean acompañar el cuerpo presente de su finado se quedan encerrados adentro. Me metí allí, casi invisible y, sin conocer a nadie, di las buenas noches. “Qué estupidez la mía, cómo voy a decir ‘buenas noches’ en un momento como este”, me dije. Pero, fui dando palmaditas en los hombros a las personas que vi más tristes, apretones de manos y abrazos. Y hubo más de una que lloró en mis hombros. Debí parecerme a alguien cercano a ellos porque me preguntaban, con familiaridad, “¿Qué más?”, “¿Cómo andas?”. Me senté en el último rincón de la sala fúnebre, como para que nadie reparara en mí después de haber dado las condolencias y de haberme acercado al féretro donde yacía una señora, de unos 70 años, muy hermosa a pesar de sus arrugas, de cabellos muy blanquitos. Irónicamente era la viva estampa de la abuelita perfecta. Pronto me enteré que ella había muerto en la mañana. Al salir del banco, adonde había ido a cobrar su pensión, la esperaron dos hombres armados. Me sentí verdaderamente conmovido y triste.
Me ofrecieron cigarrillos y café. Y me sentí tranquilo. Estaría bien allí, mientras transcurría la noche. Vi a alguien hablando desde su celular y pensé en pedírselo prestado para llamar a Carola y que ella me diera los datos del hotel que, de seguro, sí los recordaría. Pero desistí de la idea. No, la asustaría mucho pues ya era tarde y estaría dormida; además yo la había llamado cuando llegamos a la isla y le dije que hablaríamos en la mañana siguiente. Total, mejor esperar hasta el amanecer.
Unas tres horas después, me senté más cerca del féretro y me puse a conversar sobre el país con las personas que se habían quedado a acompañar el cuerpo yerto de la abuelita. De pronto, por la puerta principal de la sala fúnebre apareció el hombre que llevaba puestos unos zapatos Rossi, idénticos a los míos. Me senté derecho en la silla para estar seguro y sí: eran mis zapatos, los que usaba solo para ocasiones especiales. A medida que el joven se acercaba al cofre las personas se paraban y le daban el pésame y yo reconocí en él al hombre de la plaza. Rápidamente comprendí que quien me había robado era hijo de la difunta.
Cuando pasó frente a mí, nos miramos. Me levanté con ganas de lanzarle puñetazos hasta que me devolviera mi celular, mi laptop y los importantes documentos que llevaba en mi maleta. Me detuvieron las gruesas lágrimas que rodaron por su mejilla. Se paró frente a mí y me extendió los brazos. Nos abrazamos y me dijo al oído, en voz muy baja, al mismo tiempo que gimoteaba: “Señor, le ruego… no diga nada… Aquí está mi familia… Lo hice para colaborar con el sepelio de mi madre... Soy abogado y estoy desempleado… La desesperación me llevó a eso... Perdóneme…”. Me soltó y fue directo al ataúd y siguió llorando más desconsoladamente aún frente al rostro de su viejita linda.

Noche de ronda
Que triste pasas
Que triste cruzas
Por mi balcón
Noche de ronda
Como me hieres
Como lastimas
Mi corazón, las rondas son muy malas y dan pena... especialmente a los asaltados, no es cuento es la vida misma, muy bueno tu final.
Wow, @ramonochoag, en ningún momento pensé en esa canción mientras escribía. Pero le viene al pelo. Solo alguien tan pegado a la música como tú puede ver estos detalles. Ciertamente, no es cuento. Lo que escribo del tío Jhonny es absolutamente verdad. Y eso sucedió hace un montón de años, cuando todavía la situación social no estaba tan devaluada como lo está hoy. Un día le tocó a funeraria, otro el hospital Luis Ortega, ambos en Porlamar. Desde esos sucesos dejó de salir en las noches.
Si amiga @alidamaria, los ladrones de esa época y también los abogados, tenían lágrimas. De los chistes de entierro, recuerdo uno en particular, un borracho que se acercó a la urna y decía NO SOMOS NADA, en efecto no era filósofo, se refería a que no era un familiar suyo, para que dejaran de abrazarlo. Buena historia, bien escrita y al final ... un gran suspiro.
Gracias por tu visita, @antolinamartell. Ese chiste está muy bueno para un relato. Atrévete. Sé que te saldrá muy bien. Gracias por tan buen comentario. Te abrazo.
Cónchale, chica, eso no se hace. El malo termina siendo bueno. Qué ironía! Este texto secuestra al lector, lo lleva a la plaza y termina en una funeraria acompañando a su verdugo.
Precisamente por eso se llama La Ronda, @solperez. Porque no podía llamarse "Las vueltas que da la vida" o algo parecido, que ya es bastante conocido. Todo vuelve a uno. Del destino que nos espera inexorable sabemos poco o no sabemos nada. Gracias por tu comentario.
Un cuento muy bien logrado, especialmente en su desenlace, @alidamaria. Difícil prever ese final.
Gracias por tu visita y tu comentario, @josemalavem. Ese texto me salió en dos horas, mientras hacía la travesía de regreso de la isla de Margarita para Cumaná. Tenía otro final. Luego lo cambié para hacerlo más redondo, como el título.
Un relato de gran impacto, @alidamaria, que nos deja asombrados por la forma en la que está escrito y porque es una muestra de las situaciones increíbles que estamos viviendo en el país. Maravilloso. Te felicito. Un gran abrazo.
Gracias por tan buen comentario, @oacevedo. Así mismo es, es un relato que refleja la vida que aquí llevamos, lamentablemente. Una vida sin calidad, con el alma en las manos a cada instante. Y sobre estas forma de vivir hay mucho que contar, mucho que escribir. Otro gran abrazo para ti.
Si hubieras puesto la advertencia de que es un relato de una situación real, me hubiera podido imaginar el final, @alidamaria. Me imagino que de allí saldrían amigos, asaltante y asaltado, redistribuyendo el botín.
Arriba digo "esta historia que forma parte de nuestra actual realidad venezolana."
Eso es lo bueno de la imaginación, @gracielaacevedo: puedes terminar el relato de la forma que quieras. Gracias por tu visita y tu comentario. ¡Y feliz día de santa Graciela!
Magnífico tu relato, @alidamaria. Todos los detalles están tan bien presentados que el lector se siente tan invadido como el personaje por la penumbra de la noche, por el miedo, por la soledad... El final... imposible anticiparlo. Excelente.
Gracias por tan buen comentario, @eudisdiaz. Esa era la idea, de que todos sintamos el miedo que significa para alguien estar en esa situación. Ese relato tiene parte de verdad, verdad.
@alidamaria, me quito la gorra (porque no uso sombrero) ante usted. Me ha sorprendido ese final. Un relato magistral. ¡Saludos!
Gracias por tu visita y tu comentario halagador, @angel.isaacdavid. Yo le respondo con una legera inclinación, como a toda dama le corresponde. ¡Saludos también para ti!
Me gusto mucho este relato, muy bueno, @alidamaria. Saludos.
Cuando hablamos ayer me di cuenta que no terminé de leer la historia, algo debió de interrumpirme en ese momento... La cosa es que volví hoy a terminar de leer y he quedado llena de emociones mezcladas; rabia, impotencia, tristeza... Es que esa historia es demasiado realista. Buena historia, muy bien lograda. Abrazos.
Saludos, @alidamaria. Al principio pensé que te había pasado en tu último viaje. Es tan realista tu relato que cuesta creer que haya sido ficción. Excelente texto, como todos los tuyos. Un abrazo.
Saludos para ti también, @irvinc. Gracias por tu gentil comentario. Sí, ciertamente, la asociación es inmediata. Muchos amigos me han preguntado si eso que allí cuento me pasó a mí o a alguien cercano a mí. La respuesta es no. Sólo lo contado sobre el tío Jhonny es cierto. Pasó una noche en una funeraria y otra en un hospital porque ningún taxista quiso llevarlo a casa, y eso fue hace más de 15 años. El resto de la historia es pura ficción. Está, sin embargo, tomada de esta realidad-ficción que vivimos a diario en este país de vaivenes que mueve la inseguridad. También te abrazo.