Miércoles de ceniza | Cuento (2 de 15)
El taxi era una burbuja con su propio clima. Esa noche, los vientos que venían del mar azotaban la ciudad: estremecimiento de las ramas de los árboles; faldas levantadas de las mujeres; niños jugando a ser aviones, con los brazos extendidos; papeles y bolsas de plástico elevándose en el aire en rápidas espirales, todo en silencio, detrás de los vidrios cerrados, las herméticas puertas del vehículo; el aire frío, filtrado, apacible dentro de la burbuja. En el asiento delantero, al lado del conductor, Ochoa daba breves indicaciones sobre la ruta que debían seguir. Dejaron atrás las avenidas y las calles principales. En una esquina se toparon con un grupo de mujeres disfrazadas de brujas. Holgadas ropas negras, sombreros puntiagudos, caras pintadas de blanco, labios rojos, sangrientos. El conductor disminuyó la velocidad para no atropellarlas. Las mujeres rodearon el vehículo mientras hacían gestos lascivos o lanzaban supuestos conjuros. Ochoa y el taxista reían, aplaudían. Mendizábal trató de mostrarse alegre, acompañarlos en las risas, pero los rostros inhumanos de las brujas, las lenguas que asomaban entre los labios, sus ojos desorbitados que giraban con vida propia, sus manos de largas uñas falsas, despertaron en él una oscura e inquietante ansia sexual, una urgencia que no había sentido en mucho tiempo. Agradeció estar sentado; sus piernas temblaban.
Las mujeres quedaron atrás; el taxi avanzó hacia una zona de calles retorcidas, estrechas, que de pronto se abrían a inexplicables encrucijadas amplias como plazas.
Se detuvieron frente a una casa alta, con un aviso luminoso de letras rojas y azules. Mendizábal no tuvo tiempo de leerlo, empujado por su amigo hacia el interior. Un breve zaguán, otra puerta, con vidrios coloreados en la parte superior, y después una gran sala con mesas, una barra, que al principio no advirtió, deslumbrado por la cantidad de seres extraños que lo rodeaba.
–Se me olvidó decirte –gritó Ochoa para hacerse oír sobre la música– que es una fiesta de disfraces.
–Pero nosotros no estamos disfrazados.
–Nadie lo notará. Vamos.
Atravesaron la pista de baile para dirigirse a la barra. La gente bailaba en parejas, en tríos, en grupos. Alguno o alguna –era difícil decir lo que había bajo el disfraz y la máscara– se entretenía solo.
Ocuparon dos taburetes, ordenaron un par de cervezas al barman vestido de Hombre Araña y dieron media vuelta en sus asientos para contemplar con más detalle el lugar que acababan de cruzar. Una mujer con antifaz, pequeña, cabello trenzado a la espalda, pechos apenas cubiertos, vientre desnudo, tobillos y muñecas con cascabeles plateados: por su cuerpo suben y bajan serpientes de colores. Baila con un hombre en traje de faraón egipcio; los ojos de este, resaltados por líneas negras, parecen salirse de sus cuencas. Por lo demás: monstruos diversos: vampiros, momias, hombres lobos, zombis, más brujas. Un hombre de anteojos redondos y sotana se acerca a ellos y levanta su mano para bendecirlos: In nomine pater; y un pene de goma de treinta centímetros de largo sale de entre sus ropas. Otro hace una entrada triunfal en ese momento: despliegue de dorados, de luces, de capas, como una gigantesca mariposa metálica; los bailarines le abren espacio, lo rodean, lo aplauden. Gitanas, indias, odaliscas: todas se ofrecen a la contemplación excitada de Mendizábal: vientres, piernas torneadas, sudorosas, en el baile frenético.
Ochoa abandona el asiento. “Voy a bailar”, dice, y se sumerge en la masa de seres extraños. Mendizábal queda solo. Pide ron y lo bebe en dos tragos. Pide otro. Siente que su lucidez no le permite comprender lo que pasa. A su lado, un hombre de ropa negra, camisa de encajes, pantalón de satén, gran sombrero con pluma solitaria, antifaz y bigote pintado. A la cintura: un espadín. Lo mira con la seria atención de los borrachos y los pederastas. El librero levanta su vaso hacia él y dice “Salud”.
–¿De qué estas disfrazado? –pregunta el elegante Zorro.
–De nada.
–De la Nada. Muy interesante. Después de todo, no somos otra cosa. Pero resulta un poco superfluo. ¿Por qué no estás bailando?

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