Miércoles de ceniza | Cuento (11 de 15)

in carnaval •  5 months ago 


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11

De pronto, frente a él, vio al Falso Testigo acompañado de dos hombres jóvenes y fornidos. Ambos vestían faldas escocesas a la rodilla, sandalias de cuero y espadas de juguete en la cintura. Los torsos, desnudos, brillaban de sudor o de aceite. El Falso Testigo sonreía con la boca torcida, la espalda encorvada, las manos largas y delgadas entrelazadas al frente en actitud de rogar.

Mendizábal se acercó. Escuchó decir al hombre, al tiempo que caía de rodillas:

–¡Mátame con tu espada, centurión!

–No somos centuriones –dijo uno de los hombres, en tono pausado–. Somos soldados de William Wallace, ignorante.

–Ignorante, desgraciado, muerto de hambre, y quiero que me mates –continuó el hombre desde el piso, abrazándose a las piernas del soldado; una de sus manos subió por la pantorrilla y el muslo, perdiéndose bajo la falda.

–¿Y tú, también quieres que te maten? –preguntó el otro soldado dirigiéndose a Mendizábal.

–Primero te rompo el culo –contestó y se alejó lo más rápido que le permitió la gente amontonada alrededor.

Qué espectáculo, pensó. ¿Por qué se había acercado, en primer lugar? Porque recordó que ella lo había nombrado con aquel extraño apodo; supuso –pero esa suposición era absurda, desde luego– que él sabría dónde encontrarla. Aun cuando lo supiera, ¿por qué se lo diría?

–Nada, nada, nada, que nunca sabemos nada –dijo a su lado uno de los tres uniformes militares que ya había visto en otras oportunidades.

–¿Habla conmigo?

–Que si hablo con él –se dirigía a sus dos acompañantes–. Claro que hablo contigo. O crees que ando soltando palabras al viento. Yo no hablo por hablar, amigo, siempre digo algo, ¿ves? Como cuando encontramos aquellas putas en Puerto La Madera. Fuimos a la licorería, ¿no?, a buscar ron. O cerveza. No me acuerdo. Fuimos y estaban las dos en un Camaro, válgame Dios, en un Camaro. Como si ese fuera un carro para andar por las carreteras a las tres de la madrugada. Las invitamos a unos tragos, para cordializar. Al poco rato voy y les digo vamos para otro sitio. Y ellas no querían ir, ¿tú ves?, preferían quedarse allí tomándose nuestros tragos y nada de aquello. Entonces le dije a los amigos aquí presentes que las esperáramos más adelante, estas no se quedan tan lisas. Cargamos más latas de cerveza para el camino y nos despedimos. Al poco rato pasaron junto a nosotros, que nos habíamos metido a un lado de la carretera, un poco más allá de la Posada del Capitán. Nos pegamos atrás y como no iban muy rápido las pasamos y les cerramos el paso. Esa carretera es propia para eso, apenas si caben dos carros uno junto al otro. Las bajamos de su pinche Camaro y les dimos duro allí mismo. ¡Cómo gozaron esas putas! Después las dejamos allí y nos llevamos el Camaro, para que aprendieran que con los hombres no se juega. Como a las dos semanas voy y me encuentro a una de las putas en una arepera, la más tetona, me la encuentro así, de frente, y le digo qué mi amor, no quieres salir esta noche. Y a la tipa le dio un patatús, puso los ojos en blanco y se le fue el color de la cara. Menos mal que había una silla cerca y la ayudé a sentarse, que uno ante todo es un caballero, porque si no se cae y se parte la cabeza. Me fui de lo más tranquilo y allí se quedó una gente echándole aire y dándole agua con azúcar que decían que se le había bajado la tensión. Por eso decía que nunca sabemos nada: ni cuándo te van a regalar un coño ni cuando te van a partir el culo, ni si te vas a ganar la lotería o un carro fúnebre. Ni más ni menos.


Gracia por la visita. Vuelvan cuando quieran.


 


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