Utopía. Parte IV (última)
Aqui puede leer las primeras tres partes de la historia:
Utopía. Parte IV y última
Por: Arturo Pérez Arteaga:
Una vez dentro caminó rápido para perder al posible perseguidor, pero notó al voltear que el joven se quedó fuera del establecimiento, giró sobre sus talones y deshizo el camino andado para alcanzarlo. Rafael tomó un carrito y se dedicó a pasear por los pasillos del establecimiento notó todo normal, entonces se dirigió a las cajas simulando leer unas revistas y pudo constatar un espectáculo extrañísimo, la gente llegaba con los artículos, la cajera los verificaba, les daba el monto y de inmediato comenzaba la ceremonia de los abrazos, uno detrás del otro y luego la gente salía con sus paquetes de “compras” a la calle como si nada. Sólo esto le bastó a Rafael para salir de allí.
Preguntó a una señora donde ubicar la calle de los hoteles, y ella muy diligente, como todo el mundo en aquel loco lugar, le dio las indicaciones y Rafael sin siquiera dar las gracias por miedo a que le cobraran se puso en marcha.
Al llegar al vehículo notó que todo estaba en orden, tal cual como lo había dejado, lo abordó de inmediato, lo encendió y arrancó a manejar con la firme intención de salir de allí, pero, pobre de él, recordó que el vehículo necesitaba gasolina, no obstante la suerte le sonreía porque pudo divisar a corta distancia una estación de combustible y sin pensarlo dos veces se dirigió hacia ella. Notó en la estación cuatro surtidores, dos de los cuales tenían una cola considerable de carros y los otros dos estaban totalmente vacíos y pensó que debían estar fuera de servicio por lo que se apresuró a hacer la cola como todos los demás. Uno de los encargados se le acercó, quizá por su pinta de forastero, preguntó amablemente:
- Señor, disculpe, ¿va a usted a poner gasolina?
- Desde luego.
- Entonces los surtidores son aquellos –lo dijo señalando los que estaban solos-.
- Pensé que estarían fuera de servicio y dígame, estos surtidores que tienen.
- Esos son de gas natural.
- ¿Gas natural? De donde yo vengo esos son muy escasos, imagino que esta es la única estación de la ciudad que lo surte y por eso la cola.
- Al contrario señor, somos los únicos que surtimos gasolina para gente como usted que nos visita de otros lugares. Aquí todos los vehículos funcionan a gas porque es mucho menos contaminante tanto para los seres humanos y desde luego para la Pacha Mama.
- Otra vez el idioma raro.
- Perdón.
- No se preocupe, sólo llene el tanque.
Mientras el encargado hacía lo suyo, Rafael se armó de valor, bajó del vehículo y comenzó a interrogarlo:
- ¿Aquí también debo pagar con abrazos?
- Desde luego, no existe otra manera, ¿acaso de donde usted viene no es así?
- Le sorprendería saber la respuesta. Si todo se paga con abrazos ¿en que sustentan su manera de vivir?
- Pues verá, no soy economista ni político, pero nuestra filosofía de vida es muy sencilla, tratamos en lo posible de vivir en armonía con nuestro ambiente y con el resto del mundo que nos rodea para mantener el equilibrio que tanto necesita la Pacha Mama, basados en principios de solidaridad, justicia y paz.
En encargado notó la extrañeza de Rafael con el término y le aclaró:
- La Pacha Mama es nuestra madre tierra. Por ejemplo, sólo matamos los animales que necesitamos para comer. Aquí no existe la cacería por diversión o para satisfacer caprichos de moda o lujos extraños. Cuando talamos árboles, porque necesitamos la madera, sembramos cantidades en proporción de 1:10 a fin de garantizar que el equilibrio ecológico no se afecte, la tecnología que desarrollamos, la hacemos con la finalidad de hacer nuestra vida más fácil pero sin propuestas consumistas o invasivas y con los abrazos descubrimos que somos muy felices, porque aunque usted lo crea así, no somos estúpidos, lo que ocurre es que descubrimos que el poder de un abrazo sincero puede curar enfermedades, alivia el estrés, acerca a las personas en términos afectivos y mantiene a la gente con una buena actitud ante la vida.
Rafael estaba atónito con la explicación y miraba a su interlocutor fijamente tratando de no perderse nada.
- Fíjese, aquí hace muchos años, no hay ladrones ni violencia, no hay suicidios, drogas ni prostitución y desde luego, ya no tenemos policía, porque no nos hace falta ningún tipo de organismo represivo, cada uno de nosotros conoce las leyes, sus deberes y derechos y los respeta sin problema alguno.
- Y si alguien quebranta alguna ley.
- Conversamos y le explicamos lo que hizo y debe pagar la multa correspondiente.
- ¿¡En Abrazos!?
- Exactamente, veo que ya entendió – la sonrisa del encargado era indescriptible -.
El tanque de gasolina se había llenado hace rato, pero los interlocutores no le habían prestado atención. Rafael, instintivamente buscó su billetera, miró al encargado y cayó en cuenta:
- ¿Cuántos abrazos le debo?
- Por la gasolina uno. La propina corre por su cuenta.
Rafael quien hacía muchos años había perdido la costumbre de establecer contacto físico con nadie, primero se sintió extraño, se acercó al encargado como en cámara lenta y de manera mucho más lenta fue abriendo los brazos, sin pensarlo más, se le abalanzo como un chiquillo a aquel señor, lo apretó con mucha fuerza y lo levantó. Cuando lo soltó corría por la mejilla de Rafael una lágrima furtiva que desapareció rápidamente. Luego Rafael corrió hacia los surtidores de gas natural y repitió el abrazo con los expendedores allí y con los conductores de los vehículos que estaban de pie en ese momento, abrazó a todo el mundo. Volvió a su vehículo, volvió a abrazar al encargado, estaba frenético, casi enajenado y cuando por fin volvió en sí, subió tras el volante y el encargado le obsequió un mapa de la ciudad y la región para que pudiera orientarse en el camino de regreso a casa.
La cara de Rafael era un poema, porque exhibía una gran sonrisa, como de comercial de crema dental y de alguna manera sabía que no la podría borrar. Puso en marcha el motor del vehículo y justo antes de arrancar con los ojos inundados de lágrimas, bajó la ventanilla y le dijo al encargado:
- Gracias buen amigo por todo.
- No, gracias a usted por la excelente propina.
- Ahhhh lo olvidaba, ¿Cómo se llama esta ciudad?
El empleado con una sonrisa de satisfacción le respondió:
- Utopía, se llama Ciudad Utopía.
FIN
.:APA:.
* La imagen corresponde a una foto de la ciudad de Cabimas tomada por mí con un teléfono celular Lenovo
* Esta historia apareció originalmente en mi blog: http://apatrinchera.blogspot.com/2017/07/ciudad-de-incautos-cuento.html
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Quedé asombrado. Solo he leido esta parte para sertesincero, pero de una vez quiero salir corriendo a leer las tres anteriores. Gran trabajo, de verdad.
Gracias hermano, que bueno que te gustó, leelo completo y me das tus impresiones luego
Que gran final, de verdad que me encanto todo el relato
si puedo lograr que a alguien le guste lo que escribo, siento que lo logré... gracias por tu amable comentario
Mil gracias por el apoyo
Ummm yo lo hubiera encerrado en el manicomio de Utopia porque se volvió loco y le hubiera dado electroshocks de abrazosjijijji Pero no le hizo falta que desilusión jijijijiij. Gran historia. Un fuerte abrazo🤗
en algún momento pensé mandarlo a hacer el recorrido por la ciudad, abraznado a todo el que evitó, pero eso iba a alargar la historia de manera innecesaria... y pues, aprendió la lección el Sr. que era lo que yo quería... gracias por no revelar el final jajajaja
Gran historia, será que necesitamos una humanidad como la utopía.
Un Abrazo Hermanazo
gracias compadre... definitivamente si... aunque no creo que la logremos nunca
Excelente amigo, saludos!
muchas gracias a ti
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Me encantó, ojalá nos traigas material como este que sea inédito para que puedas acceder a curaciones.
desde luego, tengo imaginación aún y unos cuentos ya escritos... lo importante es que te gustó
te quedo espectacular el final amigo te felicito ;)
me complace que te guste... muchas gracias amiga
Aaaaaww me encantó! Estuve pendiente desde la 1era parte y de verdad las disfruté todas. Sigue así!
que bueno que lo disfrutaste... gracias por tu comentario