Los días el hombre. Cap.15

in #spanish8 years ago

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REUTERS/Miraflores Palace/Handout

15

Los manifestantes habían escuchado partes del discurso del presidente trabajador, a quien llamaban el ilegítimo. El grito unísono de “NO” cuando ordenó a los manifestantes abandonar las calles anticipó una nueva escalada de las protestas.

La gente no iba abandonar las calles. Al contrario, varios grupos de choque comenzaron a movilizarse y otros iniciaron lo que ya sentían como una revuelta.

Todavía había voces llamando a la calma “buscar un diálogo que normalice la situación” porque “la idea no es provocar un derramamiento de sangre, que hay muchos que desean que ocurra en nuestra patria”. Pero a esos sujetos, conocidos como los “salta talanquera” ya nadie les prestaba atención.

Pero de lejos, Venezuela era un país radicalizado. Más bien, debería llamarse un país sin conciencia. La gente lo que vino haciendo desde la muerte de Chávez fue callarse y aguantar. Y esperar a que mejorara todo, porque el cálculo indicaba la llegada a un punto límite a un punto donde “esto no lo aguanta nadie” pero la evolución de los acontecimientos claramente demostraban que sí estaban aguantando y la actitud de la dictadura era continuar “hasta el 2021”.

Tambores, cauchos, trozos de concreto, containers, tachos de basura, postes, pilotes de concreto, bloques, ladrillos, láminas de zinc, madera, materiales combustibles: todo comenzó a ser apilado, agrupado en zonas estratégicas.

También, los policías comenzaron a ser atacados. Algunos fueron detenidos por los propios manifestantes y fueron revisaron y chequeados, ya que los opositores manifestantes tenían una buena red de comunicación e Inteligencia, entonces podían revisar los antecedentes de los policías. La mayoría eran agentes mediocres o de desempeño satisfactorio, pero hubo tres casos donde hallaron en servicio a policías acusados de atentar contra los derechos humanos de los manifestantes.

Se trataba de Henry Mayora, Víctor Araque y Jeyson Machilandia. Éste último era un agente del SEBIN. Estaban acusados por usar armamento de fuego contra manifestantes, torturas, secuestro y desaparición forzada y en el caso de Machilandia, se había determinado, por tomas de cámaras de seguridad, que había disparado por la espalda contra un manifestante. El muchacho quedó en silla de ruedas.

Sobre Araque se decía que era un sádico. Una chica detenida durante las protestas de 2014 denunció que él la había manoseado e intentó violarla, se salvó gracias a su propia resistencia y a que otros detenidos empezaron a agitar el lugar y los policías tuvieron que frenar al sádico para evitar un motín. Pero en otros casos no hubo tanta suerte: varios muchachos denunciaron que él les apagó cigarrillos sobre su piel, privación del sueño, golpes con garrote y hasta uso de choques eléctricos. Sin embargo, entre la corrupción, retardos

procesales, supuestas “faltas de pruebas” e intimidación de las propias autoridades, que habían dicho que los policías podían demandar a los acusadores por difamación, aquellos casos no habían avanzado demasiado. Sin embargo, la situación estaba por cambiar.

Mayora, Araque y Machilandia habían sido designados a un grupo de tareas que se reportaba al SEBIN. Seguían siendo policías, pero estaban bajo operaciones de Inteligencia. Aunque tenían prohibido actuar por cuenta propia, cuando les soltaban la correa a estos perros, las consecuencias eran nefastas. Se dice que ellos ya tenían una cuenta de 50 muertos. Delincuentes, crimen organizado y algunos manifestantes.

Aquel día estaban cerca de Altamira, entre las transversales de Chacao, en un local comiendo empanadas. Sus amplias chaquetas, pesados chalecos, cascos de reglamento (pues eran del comando motorizado) y la pistola de reglamento daban un porte que infundía temor.

Sin embargo, a los manifestantes eso no los detuvo.

La acción contra los violadores fue fortuita. Un grupo de manifestantes iba por la calle, muchos de ellos habían sido víctimas de estos infames, y cuando pasaron por el frente del local, los vieron a los tres sentados, riendo, comiendo empanadas. Uno de los manifestantes, se le quedó viendo a Araque. Tenía una botella de vidrio en la mano, se la arrojó al rostro y el policía fue sorprendido totalmente. El resto del grupo fue sobre los policías, a la voz de “¡estos son, estos son!” el local conservó cierta calma surrealista, mientras aquellos policías eran sometidos, desarmados y arrastrados hacia la calle.

Los tres fueron llevados por la turba, mientras los manifestantes se acercaban a ellos para golpearlos y darles patadas en el trasero, a la vez que les gritaban toda clase de insultos.

Araque fue el primero que se desmoronó. El muy cobarde se tiró al piso y comenzó a gritar que necesitaba un médico. Era cierto, porque su rostro estaba cortado e hinchado, por el botellazo que recibió; pero no habría contemplaciones. Un manifestante vino y roció a los tres con gasolina. Dijo que si no se movían, les prenderían candela allí mismo.

No se volvieron a quejar. A nadie le volvió a doler nada.

Los llevaron a un poste en una esquina. Era un lugar simbólico para los residentes, allí había caído el muchacho que quedó paralítico y otros dos

manifestantes habían muerto allí también en otros días. También, en esa esquina se habían reportado dos robos y un secuestro. Otro homicidio, la víctima fue despojada de sus pertenencias.

Como medida la policía se instalaba allí y los políticos hacían mítines, pero la delincuencia siempre volvía. Hoy, no.

En el poste fueron amarrados los tres. De espaldas, es decir; quedaron de frente al poste y de espaldas a la calle. Aquella posición los obligaba a tener el torso y cuello volteados la mitad del tiempo, lo cual llegaba a ser no sólo doloroso, sino estresante.

Los hicieron pagar. Vino el muchacho en silla de ruedas y cuando ellos lo vieron comenzaron a gritar. El muchacho, con un bate en la mano, les propinó una buena ración de batazos. Los policías se cubrieron el rostro y la cabeza con las manos, para evitar el efecto de los golpes; pero quedaron con las manos lesionadas.

El lisiado se fue, llorando de excitación, se había vengado; aunque probablemente, también había recordado lo que le pasó y lo que sentía. Pero pidió que le metieran el bate por el culo al hijo de puta que le disparó. Fueron sus palabras y así se cumplieron.

Araque, que ya estaba bastante maltrecho, trató de luchar. Su resistencia fue breve e inútil. Sus compañeros nada hicieron. Veían de reojo. “Mejor él y no ellos”. Pensaron los dos policías. Le bajaron los pantalones y allí desnudo, en el piso, lo sujetaron, le abrieron las piernas e hicieron un primer intento de penetración.

Aquella operación resultaba inútil, alguien recordó una película donde una mujer se vengó de esa manera de un violador y dijo ella había usado grasa. Araque gritaba y pedía perdón. Echaba culpa al gobierno, dijo que les habían pagado y dio nombres de autoridades que habían autorizado aquellos crímenes contra la humanidad. Los otros policías le decían que se callara, pero el hombre estaba decidido, al menos, a morir como un hombre.

No sería así. Y morir no sería rápido. Lo tomaron nuevamente, piernas abiertas bien separadas y le comenzaron a introducir el bate. El hombre gritaba, pero el sonido quedaba ahogado porque lo amordazaron. Le dijeron que así como ellos amordazaban a las víctimas y las silenciaban con amenazas, ellos probarían la misma medicina.

Los otros dos policías fueron apaleados, apedreados y les dispararon en los brazos y piernas. La gente, manifestantes y hasta los indigentes pasaban y les daban golpes, insultos, escupitajos y hasta se orinaban sobre ellos.

Aquellos hombres que contaban con que los organismos que los animaban aplicar la fuerza en las calles los salvaran en momentos como ese, estaban ya quebrados, vencidos.

Patéticos, emitían quejidos que sonaban o bien a súplicas o bien a confesión. Pero nadie podía escucharlos en ese momento, una persona en esa situación dice lo que sea con tal de salir con vida.

Los manifestantes trajeron cauchos, un colchón y madera. Se los colocaron encima y rociaron aquello de gasolina. Luego, le prendieron candela. El incendio se levantó como una una pira funeraria que ardía vigorosamente.

Un camión de bomberos intentó llegar al lugar, pero los manifestantes lo frenaron. Se retiraron. Luego, los manifestantes comenzaron a bloquear las calles, de aquella zona no se podía entrar o salir.

Una patrulla trató de acercarse, pero desde los techos de los edificios recibió una lluvia de piedras y botellas. Un coctel molotov dio sobre el asfalto. Los bomberos retrocedieron de inmediato, a toda velocidad.

Los manifestantes en la marcha seguían moviéndose, esta vez, aumentando la velocidad, o más bien, dirigiendo el movimiento en una misma dirección: la autopista, dirección al centro de Caracas.

El hombre y la mujer seguía observando los acontecimientos por distintas vías, pero les había quedado claro una cosa, el caos había llegado y ellos estaban en el centro de aquello, porque la situación les favorecía a la vez que les perjudicaba: ahora el gobierno iba a detener todo vehículo si no era que evitaría todo tránsito, cualquier persona sería revisada, incluso detenida. Cualquier lugar sospechoso, de inmediato sería allanado.

Aquella situación no les favorecía; pero era la ocasión perfecta para moverse, para unir fuerza con otros que estaban esperando una oportunidad como esa. Dice un viejo dicho, que la revolución es una oportunidad y en aquel momento lo era. Entonces ellos estaban haciendo una revolución.

Muy a propósito, la mujer colocó “Revolution” de The Beatles y la cantó, riendo. Al hombre le gustó el gesto. Ella insistía en atacar; pero el hombre optaba por

maniobrar y reunir inteligencia: saber lo que haría la dictadura, con mayor fuerza, recursos y hombres.

En todo caso, ambos admitían el hecho de que no podían acercarse a cualquiera de los blancos, estaban bajo protección, fuera de alcance o no sabían dónde estaban.

La mujer insistía en que aquella información se podía obtener y una vez consultada, había que moverse con rapidez: el régimen lucía sin reacción ante los asesinatos, pero una vez tomaran medidas, actuar sería problemático.

También era evidente que el credo tendría que esconderse cada vez más. Tan siquiera ser descubiertos era ser derrotados. El hombre, sin embargo, quería seguir fiel al plan. De hecho, pensaba que hacer las cosas como las tenían planeadas en la mesa, sería una sorpresa total.

—estás totalmente loco—dijo la mujer, mientras veía unas fotos y unos papeles en la mesa donde estaban trabajando.

—quizá. Pero ganaremos. Eso es lo que importa—dijo el hombre, resuelto.

—quiero que sobrevivas—dijo la mujer, acariciando la mejilla del hombre, que caía en la cuenta que era un gesto de ternura que no había recibido en bastante tiempo.

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