El día del hombre. Cap. 33-FIN
33
La nubosidad en Tocorón no favorecía la visibilidad, pero como estaban usando la señal del celular para guiar el disparo, no había problema alguno.
—¿Y tus hijos, chica? Ellos a los 6 y 7 te provoca comértelos; pero son lindos.
Paciencia amiga.—le dijo Amanda.
—ellos son más tranquilos que otros niños que he visto. Tienen unos amiguitos… no. Mis hijos son lo máximo.—dijo, como toda madre puede decir sobre sus hijos.
—bueno, aparte del hecho que ellos son como los niños de ahora: viven medicados por sus problemas de stress, hiperactividad y depresión. Tus hijos viven drogados, amiga.—dijo Amanda, muy divertida.
—la verdad, tú sabes que si a nosotros nos hubieran tratado así, seríamos una sociedad totalmente distinta. Cuando niñas, nadie creía en nuestras lágrimas o nuestras alegrías. Y a nadie les importamos luego cuando crecimos, un poco, quizá, con los idiotas que querían cogernos.—dijo, aunque sin resentimiento, sí mostraba su crítica al mundo que conocía.
—mi mamá me sigue diciendo que nuestros hijos no tienen infancia, que los tratamos como adultos sólo porque les enseñamos desde pequeños a ser individuales, a desarrollarse, a ser trascendentes y hacer algo con sus vidas… a tener aventuras, pasiones y a no estar viendo televisión como estúpidos y a tratarlos como si fueran retrasados mentales que no entienden el mundo. Sí lo hacen.—dijo, como quien sabe de lo que habla.
—cuando los ves metidos en sus cosas, así tan pequeños, te los imaginas 10 años después…yo quiero llegar a verlos, así, bellísimos, amiga.—dijo. —bien, ya estamos en posición.—terminó Amanda.
El vuelo llegó a la posición y comenzaron a apuntar, coordinando con el hombre, igual como en el primer bombardeo. Una vez que el disparo quedó
fijado. El disparo fue accionado. Igual, primero un misil, dos segundos después el otro fue disparado.
El hombre comenzó a ver la trayectoria de esos dos misiles en la pantalla mientras se acercaban a sus objetivos, gracias a la cámara que tenían colocada. El terreno se veía como una masa confusa, pero a medida que se aproximaba, las formas se clarificaron, hasta que vio el edificio del penal y unos segundos después, la pantalla pasó a estática y luego, la otra. Ambos disparos dieron en sus blancos.
La Comandancia General de la GNB recibió las órdenes de dispersar a los manifestantes y detener a quienes se resistieran. Pero el Comandante General dijo que eso ya no podía hacerse y que la operación era un éxito militar, los manifestantes estaban contenidos y no había un solo muerto, además, dijeron que tenían serios problemas con los delincuentes en diversos sectores de la ciudad, que seguían atacando a los policías y efectivos militares. Mover a esos manifestantes significaba crear nuevos peligros. Pero el presidente trabajador dijo que los batallones Ayala y Caracas ya iban rumbo al centro (lo cual era falso, todavía se preparaban para moverse) y que debían ayudar a la dispersión de la manifestación y la instauración de la ley marcial. Entonces, el general le dijo:
—usted quiere un derramamiento de sangre entonces. Nosotros nos vamos a permitirlo.—dijo y colgó.
El presidente trabajador ordenó la destitución del Comandante y su estado mayor y ordenó a unos oficiales generales tomar el control… pero nadie le hizo caso y esos generales estaban detenidos. La GNB no estaba en alzamiento militar, pero tampoco obedecería unas órdenes que terminarían provocando una carnicería.
Los manifestantes ya habían organizado otras maniobras. Carros, camiones, containers habían sido colocados durante el día en varias posiciones de la ciudad. Los túneles en Caracas en la autopista Valle-Coche, que a medida que pasó el día perdieron tráfico, dejaron de ser transitados. Los pocos vehículos se devolvían y se alejaban. Unos motorizados yacían tendidos en la autopista, tiroteados o chocados: eran delincuentes que trataron de tomar a los vehículos que circulaban pero también, trataron de frenar las obras en los túneles, los manifestantes los llenaron de vehículos, camiones y chatarra que podía moverse. Luego, le prendieron fuego a todo eso. Nada podía cruzarlos. Uno de los motorizados, colectivos chavistas, que estaba tendido en el piso, era otro imitador del Ché Guevara, quien además tenía un tiro en la frente. Igualmente, la autopista del Este, Francisco fajardo y otras vías principales de Caracas quedaron bloqueadas por vehículos, containers, camiones, autobuses y escombros y barricadas que cortaban las vías de acceso.
Del penal de Tocorón el informe de la GNB fue claro: dos misiles impactaron contra el edificio, destruyendo una parte del penal. Hay un motín, a pesar de la fuerte presencia militar y de escoltas, se confirma el fallecimiento de la ciudadana Ministra del Poder Popular para el Servicio Penitenciario, Linda Blair Ramírez Loiza y el reo de nombre Rodolfo Antonio Guárate Aponte, conocido como “Playboy” y era el Pran o como se autodenominaba, “el rey del Toco”; aparte de otros 43 muertos y 76 heridos.
El Avenger se alejaba por aguas del mar Caribe, aunque todavía seguía en el espacio aéreo venezolano. Amanda dijo a sus hijos que ellas ya se habían a desocupar y podían sumarse a una partida multijugador de Assasains Creed. Fue a buscar dos copas y una botella de cava, un exquisito caldo catalán.
—¿No era mejor lanzar todas las bombas a esa cárcel? Así se mueren todas esas plagas. Ahora se van a poner más agresivos en la calle, chica.—dijo María Antonieta, con algo de humor, pero no sin dejar La seriedad. —quédate tranquila, chica. Eso viene.—dijo Amanda.
—Dios te oiga, amiga.—respondió.
Las mujeres siguieron vigilando el vuelo, cuyo equipamiento Stealth logró burlar la exigua y errática vigilancia aérea venezolana. El Avenger asecendió a 13 metros y aceleró a 700 kilómetros por hora. Las mujeres bebieron su cava, mientras seguían la trayectoria del vuelo y veían las noticias. Amanda entonces llamó al hombre, como habían planeado.
El GNB estaba guardando las cosas que tenían. El hombre estaba en la puerta, que la tenían entreabierta. Los nervios estaban de punta. La llamada entró, pero no sonó porque el hombre tenía su Smartphone en silencio.
—¡Lo logramos!—dijo Amanda, como quien gana un partido de dobles en Wimbledon.
—debemos limpiar y salir. Tú, ¿Ya ordenaste la casa?—preguntó el hombre, precavido.
—chico, relájate. Todavía tenemos dos horas de vuelo; de todas maneras hoy no podemos mover los muebles, porque hay toque de queda, ¿te acuerdas? Deberías descansar, ese trabajo tuyo te está matando.—dijo ella. Con júbilo pero también preocupada por el estado de su aliado.
—descansaré cuando muera y ¿Sabes lo que le decimos a la muerte?—dijo el hombre, formulando una pregunta cuya respuesta ella debía completar. —hoy no—dijo, decidida.
—como te dije, todavía quedan cosas pendientes. Más tarde—terminó despidiéndose el hombre.
El GNB estaba listo para salir, el hombre esperó el momento justo en que nadie estuviera atento al lugar, porque la zona, despejada, no estaba.
Tuvieron la oportunidad y la aprovecharon. El hombre y el GNB caminaron por el pasillo, con personal de todas las fuerzas yendo de un lado al otro con órdenes variadas, incluyendo una de McDonald's.
Llegaron al estacionamiento y tomaron el mismo vehículo en el que llegaron. Salir del estacionamiento no fue nada difícil, aunque presentían el montón de ojos que estaban sobre ellos, aunque todos los que estaban allí estaban en la misma situación.
Había órdenes de no dejar entrar ni salir a nadie; pero los del credo tenían un salvo conducto. Se aproximaron a la puerta, donde una alcabala cerraba el paso. Se identificaron y dieron un santo y seña y el soldado consultó con el sargento, que los vio y llamó por un teléfono. Luego, los dejaron irse.
Tomar la autopista no era opción, así que fueron por la avenida Los Ilustres, que estaba transitada por una variedad cantidad de vehículos, que usualmente usan la autopista, pero aquel día, no.
—debes irte ya con los tuyos. Te necesitan. ¿Sabes por qué en el credo tenemos gente tan común como independiente? Porque es la única manera de contar con gente decidida, de convicciones profundas, dispuestas a darlo todo con tal de lograr una idea individual o una en común. Es lo que hacemos, es lo que a nos dedicamos. No nos interesa gente que valore el mundo afuera de ellos los que nos interesan. Todo viene de un sentido interno del ser.—dijo el hombre, mientras revistaba las armas, su favorita G36C y dos pistolas Glock.
—mis nervios están destrozados. Nunca saqué el arma, el día de hoy y contigo, pero de verdad, nunca había sentido tanto miedo en la vida…—decía el Guardia, en tono de confesión.
—el miedo. ¡Quién no siente miedo! ¿Crees que no me asusto, que el pavor no me invade en los momentos más oscuros? ¡Por supuesto que el miedo está allí siempre! Pero, lo importante aquí es saber siempre que no nos mueve otra cosa sino una convicción absoluta: dudar. Que habrá mañana. Que el cielo estará sobre nosotros. Que viviremos. Que alguien o algo hará lo necesario. Que “esto” se va a solucionar. Nada de eso. Somos hombres libres, por lo tanto debemos ser responsables y vigilantes. Ese es el precio.—dijo el hombre, mientras indicaba a un lado, donde se levantaba una barricada en la calle. Los ciudadanos de la zona sabían que esa calle era usada como acceso por los militares y policías para atacar los enclaves opositores. Esta vez, no sería sencillo. El vehículo al cambiarlo por otro sin ninguna identificación oficial, les permitiría moverse por la ciudad con cierta libertad. Al llegar el toque de queda, sin embargo, las cosas cambiarían.
—yo sé lo que es el deber, lo que es el honor. Sé hacer mi trabajo y sé lo que es la fidelidad. Aquí estoy y antes, ¡no les he fallado, nunca!—respondió enérgico el Guardia. Pero el hombre no se inmutó. Seguía viendo los alrededores, ya estaban cerca de la Universidad Central de Venezuela, que era un auténtico enclave opositor y ya estaba levantado, como un castillo que esperaba rechazar cualquier ataque que viniera, en las cercas, banderas de Venezuela cubrían las paredes o bien ondeaban en astas improvisadas o árboles altos.
—¡Ah, el honor es tu divisa! ¿Eso crees? Te uniste cuando eras un chico sin hijos y sin lazos y sin sesos. No te habías casado y no tenías dinero. Entonces, la Guardia Nacional te salvó de la miseria. Entonces te convertiste en un buen siervo fiel. Bien. Pero luego te casaste y vinieron los hijos. Y allí estuviste varias veces cuando Chávez estaba destruyendo el país, con tu arma. Con posibilidad de matarlo, y no lo hiciste. Dime por qué no lo hiciste… yo te daré la respuesta: temiste por tu familia—dijo el hombre y aprovechando una cola, el Guardia le contestó, detenido y viéndolo a los ojos.
—¿Qué debía hacer? No estaban allí ustedes… no nos conocíamos… si me arriesgaba, ¿Qué iba a ser de mi familia? Yo ni pensaba en eso; era leal, a ellos. Creía otras cosas. No es justo—dijo, mientras se acomodaba para seguir manejando entre el tráfico pesado.
—tú pensabas que las cosas serían sencillas… y ahora lo sigues pensando. Cuando todo es fácil, nada cuesta ser honorable. Cuando no tienes nada de qué preocuparte, el deber no pesa. Mi momento de probar mis votos en el credo vino en la hora más decidida. Secuestraron a mi familia… a uno de mis hermanos… su familia. Y la mía. Yo estaba en mi trabajo y entonces me llegó aquel video: todos ellos amarrados, arrodillados. Hora a hora, prometieron ejecutarlos, comenzando por los niños. ¡Los niños! Y así fue. Aquellas 6 horas fueron terribles. Mi esposa se lanzó sobre ellos, después de ver a nuestro hijo morir. No iba esperar a ver morir a mi otro hijo. La descuartizaron, frente a él. Ellos dijeron que no lo matarían… que yo no lo volvería a ver jamás. Pero yo seguí adelante y derroté en las montañas de Samarcanda y a los del desierto de Sonora. Y a los venezolanos de Dominicana y Haití. Todos ellos. No me costó encontrar a mi hijo. Con dinero encuentras lo que sea. El peso es peor cuando me pregunta dónde está su hermano y su mamá. Haberlo soportado todo, haberme deslizado por el filo de la hoja de la navaja y seguir con vida. ¡Esa es la verdad! El honor no es nada frente al amor hacia una mujer. El deber no significa nada cuando sientes en tus brazos a un hijo recién nacido. Ni cuando escuchas la risa de tus hermanos. Pero decidí, no en términos de amor, deber, honor. No, no, no. Simplemente, sabía que ellos iban a morir, tarde o temprano. Sabía que morirían más inocentes. Sabía que esta guerra interminable terminaría pronto, con nuestra derrota. ¡No podía permitirlo! Seguía adelante y les devolví las ejecuciones. Perdí a seis familiares ese día y maté a 6 zares de la droga, de vuelta. Fue justo—dijo el hombre, que veía los vehículos que no avanzaban y aquella parte céntrica de Caracas, Plaza Venezuela, atestada de personas y vehículos.
—yo… no sé cómo tomar una decisión así.—dijo el Guardia. El hombre rio.
—¡Se supone que no debes saberlo! Estas cosas vienen de muy adentro de ti. No te voy a decir lo que debes o no hacer, cuando llegue el momento, lo sabrás. Y decidirás. Y pasarás el resto de tu vida con el peso de tu decisión— dijo el hombre, con la voz conmovida.
—¿Y valió la pena?—dijo el Guardia y su pregunta sonó trivial y estaba bien, ya era momento de bajar el calor de la discusión.
—cada momento que respiro. Sonrío por ello—dijo el hombre, con una sonrisa enorme. El Guardia lo veía y manejaba, aquel hombre, aquel monstruo, aquel visionario, aquel guerrero poeta. No sabía qué dimensión de la vida podía nombrar a alguien así.
Norberto estaba sentado en una cama en una habitación de clínica. En la cama estaba una de las oficinistas de la oficina de la Ministro de Educación. En habitaciones contiguas, estaban los otros tres muchachos.
—entonces no me violó—dijo la muchacha, aliviada; pero a la vez confundida. —no, no lo hizo—dijo Norberto, mientras apretó su mano, en gesto de solidaridad.
—¿Entonces por qué me quitó mis pantaletas?—preguntó ella, levemente sonrojada.
—lo vamos a investigar. Este tipo de crímenes, de carácter político; también tienen un trasfondo simbólico. Quitarle a ustedes dos las pantaletas va en ese sentido, así como dejarlas juntas en ese sillón—explicó Norberto.
—y también, supongo, cortarle los dedos a la ministro y arrancarle el rostro. ¡No, qué horror, qué monstruo podría hacer algo así!—dijo ella, mientras se tapó los ojos. Ellas no supieron que la Ministro había muerto y la manera cómo la mutilaron si no mucho después, ya en la clínica.
—vamos a averiguar todo. Y atrapar al asesino. Puedes estar tranquila, descansa—dijo Norberto, con cierta seguridad que más bien decía “no te preocupes, a ti no te va a matar” y la chica no dijo nada más.
Al salir de la habitación, el novato estaba con una expresión aturdida, se sentía sobrepasado por las circunstancias.
—vamos a la biblioteca de un amigo. Tengo un presentimiento—dijo Norberto. —yo sabía que esto iba a llevarnos a eso. El conocimiento es poder, ¿no?— dijo el novato, ya sintiéndose cómodo ante la mentalidad de pensar contra la corriente.
—el verdadero poder está cuando el conocimiento es usado para un fin. Y eso nos dice que nuestros antagonistas son gente de mucho conocimiento aplicado—dijo Norberto.
—o mucho poder—dijo el novato, Norberto lo aprobó con la expresión “Touché” y salieron. En la calle, las unidades de la GNB estaban ya organizadas y formando una verdadera muralla. Aquellos hombres traían en unidades de transporte, provisiones y municiones y comenzaron a improvisar puestos y un campamento para descansar. Aquello iba para largo. También había una ruta abierta para los suministros de los manifestantes opositores. De hecho, los comercios alrededor de la Asamblea Nacional abrieron sus puertas y ofrecían a un precio de oferta, sus productos. El ambiente era pacifico, aunque la tensión no dejaba de existir. La denominada esquina caliente fue limpiada y no había nada allí.
El hombre llegó al refugió en Los Palos Grandes. El Guardia se despidió de él. Le dijo que haría lo correcto. Se fue y el hombre supo que ese Guardia, como el resto de aquella fuerza, se había puesto del lado donde la historia se escribe con una tinta que lleva a la luz. Sonrió. Entró a la casa, donde los roommates estaban preparando la cena. El hombre habló con ellos y prometió unirse, pero se iba a dar un baño primero.
Salió de la habitación como nuevo. Como si hubiera lavado su vida. Le sirvieron un plato con panquecas y en la mesa había de todo para echarles, desde tocineta frita, hasta frutas y crema batida. Aquel festín fue devorado entre risas y comentarios serios: tres de ellos estaban en el centro.
Al terminar, unos tomaron provisiones y le dijeron al hombre que irían al centro. Si podían regresarían. El hombre dijo que iba a dormir un rato. Ellos sabían que eso significaba que el hombre se acostaría hasta las nueve de la noche, aproximadamente. Luego, se iba a la calle y no volvía. Y así eran los días del hombre.
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