Una crónica de la Demencia XVIII

in steempress •  2 months ago 


Ilustración



"...aunque estés lejos de mí, siempre estarás a mi lado, incluso desde el abismo más oscuro puedo percibir tu aroma..."



Eran tan verdes y brillantes como el berilio, sus ojos, como lunas fluorescentes de jade, cual esmeralda, bella esmeralda, dulce belleza. Aparecía ante mí en mi denso patio de flores, hijas mías de la noche y somnolientas durante el reinado de los diurnos. Yo vivía sola a causa de mi descontrol antinatural, que me obligó a apartarme de mi familia. Mi esposo cayó en un coma angustiante para mí, privándolo de sus nociones, sus sentidos y toda facultad humana en él. Al verlo sucumbido en aquel mal, me estremecí de dolor, era como un muerto en vida, un habitante del olvido, que buscaba la manera de escapar, de soñar, en su estado inerte. Tal trauma de ver al amor de mi vida en ese terrible estado, agravó mi demencia, y parte de mi mente, que aún estaba lúcida, me envolvió en una realidad afable con el objeto de protegerme.

Ya no era la misma, ni siquiera me sentía una persona, solo vagaba en este mundo para soñar despierta, para luchar constantemente con la falsedad y el dolor. Mis hijos e hijas me confinaron a vivir en soledad, según ellos, para ayudarme, para no perder la línea que mantengo en este mundo de sopores placenteros y amistades particulares, creadas por mi imaginación. En la jardinería encontré tranquilidad, puesto que, en ella aprendí el arte de la transcendencia, al ser responsable de otros seres vivos bajo mi cuidado, y de ofuscarlos de amor, de vida y belleza, y estuve feliz por mucho tiempo, y seguí así, incluso, con la llegada de aquél nuevo visitante.

Dicho visitante, apareció una noche, mientras cantaba bajo una larga canción a mis nuevos hijos e hijas, y estaba tan satisfecha, porque el sonido de mi voz los hacía más hermosos, y fue allí, en mi momento, cuando él apareció, dando pasos indiscretos en el fondo de la oscuridad, y yo lo vi, y no pude evitar sentir temor. Él solo miraba, con sus ojos verdes parecidos a los de un depredador nocturno, y brillaban, destellando con filo, como si dispararan un interés difícil de ocultar. Quedé paralizada, el temor no me dejaba ni hablar, él se acercó, abandonó la negrura para venir a mí, y para mi sorpresa, poco a poco sentía que el miedo me abandonaba, ¿por qué? Porque comprendí, que él no era malo. Al estar justo frente a mí, me hizo una reverencia, mostrándome respeto. Extendió su mano con delicadeza y yo lentamente se la recibí, y una sonrisa le di, haciéndole notar que ya no me asustaba su presencia.

Era curioso, era insólito, inimaginable y misterioso. Su aspecto era como el de una sombra, ¡no!, esperen, sería demasiado cruel, digamos más bien, el de una figura, con ausencia de luz sobre su cuerpo, solo en sus ojos, sus hermosos ojos, que brillaban aún más bajo la asistencia de la luz serena, y aunque palabra alguna nunca emitió, no me importaba, puesto que su compañía tenía algo especial, algo que satisfizo a mi soledad, y calmó para siempre. Cuando llegaba el alba, él se marchaba, y mis nuevos hijos e hijas con lágrimas se despedían, para mí, los días eran cortos, pero para ellos, eran casi eternos, porque el tiempo para ellos no tenía medida alguna, y jamás pasaba desapercibido, por su longevidad. Durante el día, lo extrañaba mucho, y observaba mi jardín, iluminado por el sol, mirando al mismo punto donde él y yo nos la pasábamos. Cada noche, durante nuestro encuentro, yo le hablaba y le cantaba y mis nuevos hijos e hijas me acompañaban en el coro, él solo sostenía mi mano, a veces fuerte, a veces suave, dándome a entender que era admirador de mi canto, y de mi voz.

Ningún sentimiento pude vislumbrar en él, no tenía rostro, solo tenía sus ojos. Observaba las estrellas como si viniera de ellas, me señaló algunas mientras me abrazaba, sentí que había muchas cosas que quería contarme, jamás fui tan dichosa en esas noches, mi corazón se abrió dejando crecer algo más, algo hermoso y excitante, sonreí por ello, porque entendí en ese momento, que no solo había encontrado la paz, sino a Dios mismo. Estaba demasiado arraigada a él, y él a mí, ya no quería que él se apartara de mi lado. Pero mis designios fueron desechados vilmente por el destino, matando aquello que creció en mi corazón en solo un instante.

Una noche lo esperé y él no apareció. Aquello fue lo más terrible, lo más despiadado, sentía como me desmoronaba poco a poco en una sola noche, y lloré, hasta que la luz matinal bañó todo mi cuerpo. Fui hacia dentro de la casa, destrozada, no había dormido nada en toda la noche, y aun así, el sueño no me invadía. Esa misma mañana, una de mis hijas reales, vino a mi casa, a traerme la noticia más cruel. Mi esposo, el amor de mi vida, había fallecido, justo anoche, su corazón ya no podía soportar más la vida y claudicó. Justo anoche se fue, al igual que mi acompañante del jardín no volvió anoche a visitarme, y fue en ese momento, en ese mismo instante que lo comprendí, una revelación aterrizó en mi cabeza más fuerte que un rayo golpeando el suelo, y mi rostro se dibujó de asombro, de un asombro que se transformó en melancolía.

Había sido visitada por el amor de mi vida, había compartido horas de complacencia y cariño con un ser que ya amé. Había sostenido los últimos mágicos momentos con aquel, que para mi corazón siempre ha sido y será; el hombre, con el que decidí pasar el resto de mis días mortales.





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Estos relatos tuyos, que hacen respirar profundo.

Demasiado bueno querido universo.

Estuve a merced de la patria, me ataca duro con el vital servicio. Que bueno que no me perdí la entrega de mi crónica!

Gracias bella por siempre estar presente en mi serie. Sí, por aquí de vez en cuando nos ataca con fuerza, al menos, ya no lo hace diariamente, pero los bajones de luz son lo peor.