Veneno en mi piel | Relato

in steempress •  6 months ago  (edited)
La vista fija en la inyectadora.

Un hombre yace en el sofá de un mugriento apartamento. Basura regada en el suelo de las cuatro paredes. Los artículos electrónicos no funcionan. No hay luz, no hay electricidad. La nevera vacía, el baño asqueroso, la cama sucia, las paredes perdiendo pintura, la puerta dañada, un desastre.

La figura que se mueve con esfuerzo no luce mejor que los alrededores. El cabello aliñado y casposo, ojeras marcadas, labios secos con una pizca verde, brazos flacos con venas marcadas y puntos negros por el nivel del codo, ojos cansados, dientes amarillos, lengua blanca, y un movimiento que deja mucho que desear.

Está acabado. Si sigue con la misma tendencia autodestructiva, los años de vida, que ahora fácilmente pueden ser meses, se irán acortando al ritmo del vaivén de la desgracia. No tiene ninguna alternativa. La fortaleza la perdió hace mucho tiempo junto a ese conjunto de elementos que conviven entre sí denominada vida.

Ahora su vida era esto, una rutina siniestra que lo consumía poro a poro, vena a vena, arteria a arteria, minuto a minuto, segundo a segundo. No sentía necesidad de bañarse, vestirse educadamente, mantenerse en una actividad, trabajar, e incluso comer. Solo necesitaba ‘eso’, la sustancia que lo llevaba al cielo y luego lo bajaba al infierno en un santiamén. Lo que lo mantenía vivo y muerto al mismo tiempo. Un paso en falso y sería todo. Pero él lo sabía bien, se conocía la preparación de pie a cabeza. Lo había hecho un montón de veces.

Tomó la sucia cuchara, agregó un polvo que extrajo de una bolsa de plástico, encendió el yesquero y lo ubicó en la parte inferior de la cuchara. El polvo reaccionó de inmediato al fuego y comenzó a ‘cocinarse’. Esperó lo que tenía que esperar, dejó la cuchara a un lado, y tomó una cuerda de plástico. Se amarró la cuerda al brazo y posteriormente se hizo de la inyectadora. ¿Cuántas veces la había utilizado? No sabía con certeza. Muchas, miles, millones. Fácilmente puede ser una.

En su mente, un remordimiento vago le suplicaba que no lo hiciera, pero imperativa adicción lo cegaba de inmediato. La situación no siempre fue así. Empezó como una inquietud, luego a una práctica y por último a un hábito, un mal hábito.

El hombre tomó la inyectadora, hizo de su habilidad para inundarla de líquido, y se acercó a su brazo. ¿Qué más tenía para perder si ya lo había perdido todo? Familia, amigos, pareja, compañeros, conocidos. Todo, absolutamente todo lo había perdido por el sucio veneno que consumía día a día. Ese veneno que corría por sus venas.

El precio a pagar era alto, pero no estaba en posición de luchar. La guerra la había perdido hace mucho tiempo como para creer que había alternativas. La aguja se incrustó en la piel, el dedo hizo presión, y poco a poco el líquido más feroz del planeta lo invadió. Nuevamente tenía veneno dentro de su cuerpo.




Fuente


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