Sapos y Ranuras | Prohibido lamer parchitas

in #spanish2 years ago

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Aquella tarde, esa mujer vestía de saco gris, y bandolera negra, más trémula de lo usual, asistía al evento del transporte con determinación. Los pasajeros no sabían de aquello, pues quien podría imaginarse que llevaba allí, en su propio bolso la lengua de su marido, no eran sus palabras, ni alguna coincidencia lingüística. Era su lengua, la cosa, lo literal, a lo bruto, un pedazo de ese hombre, recortado, y puesto en su cartera.

Ya tenían 5 años de matrimonio. Él era un hombre que lamía: lamía su ropa, la comida, los cubiertos, los platos, los vasos, la lamia a ella, a ella entera, recorriendo con su lengua desde sus pómulos hasta su sexo. Ella ya se había acostumbrado a su inusual hábito casi a los meses de casarse. Al principio le resultaba un tanto extraño, hasta le gustaba un poco, pero luego se dio cuenta que no era su cuerpo solamente lo que ese hombre deseaba lamer, había algo mas allá, su vínculo con el acto mismo de lamer, excedía cualquier objeto puesto en contacto con ese órgano, adquiriendo la misma importancia. Era un gusto que no discriminaba, era ella en la misma serie de objetos que podía lamer. Poco a poco fue perdiendo el encanto por su pareja, era casi un animal, un hombre sin muchos inconvenientes ni malentendidos, daba lo mismo estar casada con ese hombre que con un sapo.

Sin embargo había algo que ella no soportaba que él lamiera: las parchitas. De niña, su padrastro la obligaba a comer frutas, para que según, estuviese sana, y no se enfermara, a él le gustaba mucho las parchitas, se las comía enfrenta de ella, de una manera repugnante, y grotesca, y luego la forzaba a comérselas con todo y pepas, ¡mastica niña, mastica, sino te las hago tragar! Pero ella no podía, no podía ni siquiera olerlas, mucho menos probarlas, y se venia en vómito, por eso, nunca supero el asunto de las parchitas. Para ella no eran cualquier cosa. Por eso, cuando ya había dejado de amar a su marido, empezó a dejar parchitas por la casa, regadas, como trampa de ratones, solo para ver como él las lamía, eso le resultaba intolerable, y al mismo tiempo lo que justificaría su acto de despedida, y porque no, de venganza. Ese día, sería el último, se decía, -no más lamer parchitas-. Veía como tomaba la jugosa fruta con su boca, paseando sobre su concha con su húmeda lengua; él jadeante como un perro, ella calculando su acto. Sin vacilar, toma un cuchillo, no tan grande como para matarlo, pero si lo suficientemente afilado como para cortar, sin error. Lo toma de su quijada con pulso, como quien daría una caricia brusca, y en un movimiento, rápido y sereno, se la corta, zanjándose para siempre, de ese goce inaudito de aquel hombre.

El pedazo de lengua en el suelo, desparramaba sangre, y el pobre hombre saliendo por la puerta croando, adolorido; mientras ella, inconmovible, frente a ese recorte -extasiada- toma el pedacito, guardándolo en una bolsita de plástico, y metiéndolo en su bolso, limpia el cuchillo y el suelo con un paño, y victoriosa se marcha de la casa.

No sabemos muy bien que pasó luego con ese hombre, pero si sabemos que ella ya no sueña con las parchitas.


Por: Margareth Acevedo

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Wow! Me perdí este post en su momento, pero me alegra haberlo visitado. ¡Que historia tan fascinante, grotesca, y hasta hilarante.
Me recordó algunos cuentos de Poe, por aquello de los personajes perfectamente cuerdos con fijaciones sin motivo aparente y fiera determinación de cortar con la fuente de disgusto.

Esta mujer de la historia es un personaje tan complejo. Su acto premeditado manda ecos de todo tipo (incluyendo otros actos de carnicería femenina) que ponen en entredicho todo lo que aceptamos como "normal" en lo que respecta a los traumas y sus conductas resultantes.
¡Cuánto simbolismo en el corte de la lengua! Fuente de placer y de castigo, de comunicación y de rupturas.