Leyendas y Tradiciones: el Menhir de la Pijotada

in #spanish2 years ago

Dentro de ese inmenso marco geográfico que apuntala un milenario solar histórico llamado Burgos –aunque haya quien no esté de acuerdo y se sienta reivindicativo cuando escucha o lee que fue en su terruño de Taranco donde se utilizó por primera vez el término de Castilla-, y antes de alcanzar un pequeño núcleo rural que lleva por nombre Villanueva de Gumiel, situado en las inmediaciones de dos importantes poblaciones como son Gumiel de Izán y Caleruega –últimamente famosa la primera, no sólo por las numerosas fosas comunes localizadas en sus inmediaciones sino también porque en un principio se asoció con su desaparecido monasterio de San Pedro el famoso claustro románico de Palamós, y siendo el segundo el lugar donde nació Santo Domingo de Guzmán, fundador de los dominicos-, la carretera atraviesa un peculiar bosque antiguo –y recalco la palabra-, cuya espesura, que en el pasado bien hacía honor a ese dicho de que ésta, nuestra espléndida Hesperia, podía ser recorrida de punta a punta y de árbol en árbol por una ardilla-, en la actualidad, depende de la rapidez con la que las brigadas de leñadores terminen de desarbolar unos ejemplares de pino y abeto, principalmente, muchos de los cuales bien pudieran haber medrado en un tiempo confuso e irregular, similar a algunos de los espléndidos escenarios descritos en la magistral obra de Tolkien, recientemente llevada al mundo cinematográfico.
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Posiblemente de esa época, una época que en justicia podríamos denominar del Silencio, por lo poco que realmente sabemos de ella –definitivamente perdidas las claves para interpretar el lenguaje de las piedras, que nos legaron las culturas que nos precedieron-, procede un curioso menhir pétreo, similar a un falo que, situado en la margen derecha del bosque, algunos kilómetros antes de llegar al pueblo y en una pequeña zona despejada de vegetación, apunta enhiesto, comparativa y poéticamente hablando, hacia una imaginaria vagina celestial.
Se trata, no cabe duda, del afortunado superviviente de un fascinante mundo megalítico, que por cuestiones de indeterminada y oscura piadosidad, no ha terminado engrosando las interminables esquelas funerarias que conforman ese imaginario cementerio de Historia y Patrimonio olvidado, destruido o expoliado, lo que caracteriza a aquello que, a la postre, define algo tan doloroso e irreparable, como puede ser la pérdida de unas señas culturales que, independientemente de otras consideraciones éticas, morales o religiosas, forman, o mejor dicho, formaban una parte importante de nuestras raíces y de nuestra mediática identidad como pueblo.
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Dejando aparte aquéllos otros que previsiblemente hemos de pensar que hubo por la zona, e incluso también aquéllos, nunca se sabe si más afortunados, que terminaron engrosando posteriormente los materiales de alguna iglesia cristiana (1), el pueblo llano siempre ha mantenido cierta relación de amor-odio con estos sorprendentes restos de un pasado ignoto y lejano, a los que ha atribuido numerosas historias y leyendas, que con el tiempo se han ido desvirtuando de la auténtica génesis o tradición ritual que las imprimía su verdadero carácter, hasta el punto de ser asociados –in secula seculorum- como lugares impíos, generalmente denominados como piedras de brujas, en los que la imaginación popular pretendía que éstas realizaban toda suerte de oscuros y tenebrosos ritos, que por lo general, derivaban en las más desenfrenadas orgías y bacanales y en los que, en ocasiones, también se colaba algún curilla renegado, siendo uno de los casos más conocidos, el del cura de Bargota. Una forma de describir, con el sambenito a cuestas de la ignorancia, unos cuando menos complejos ritos de fertilidad, que heredados de culturas pretéritas pero desafortunadamente contrarios a los principios de sobriedad, pureza y castidad promulgados y defendidos a ultranza por la Santa Madre Iglesia, no podían, si no, relacionarse con esa oscura, pero a la vez poderosa fuerza sin cuyo complemento el Bien no tendría sentido y que aparte de llamarse Mal, se dio en denominar también Demonio, una más que probable derivación de los antiguos daemones o dioses familiares de los que se podría especular largo y tendido, aunque no es ese el objeto de este breve artículo. Sí diré, no obstante, que tales ritos, formaban parte de la memoria atávica de los pueblos, y no tenían otra finalidad que la exaltación hacia una tierra que se renovaba anualmente y procuraba unas necesarias y prósperas cosechas, que aseguraban la continuidad de la vida. Y si de vida hablamos, también podríamos decir, que teóricamente las populares romerías, serían una continuación, convenientemente maquilladas, por supuesto, de tales ritos y hasta tiempos relativamente recientes, se amonestaba severamente a las mozuelas, pues en el transcurso de las mismas, solían producirse frecuentes e inesperados embarazos, como en los tiempos de las fiestas en honor, pongamos por ejemplo, entre otras muchas, a la diosa Diana.
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Por otra parte, y con respecto al menhir de Villanueva de Gumiel, conviene decir, que se le denomina también como de la pijotada, asociándosele a la leyenda de cierto cura licencioso que, hallándose un día más desenfrenado que de costumbre –recordemos, que aunque vulgar y socarrona la sabiduría popular es también un completo almanaque de saberes, del que procede, entre otros muchos, el famoso dicho de a Dios rogando y con el mazo dando-, persiguió por el bosque a una lozana manceba, con tan mala fortuna, que en su azoramiento tropezó -¿quizás le puso el Demonio la zancadilla?- y con el enhiesto miembro que sobresalía de los faldones de su hábito -¿tendrá algo que ver, se preguntarán ustedes, con aquéllas impresionantes tallas románicas que muestran a frailes impudendos con un miembro descomunal, que tanto abundan en nuestra iglesias?- golpeó el centro del menhir (2), haciéndole, en tan desafortunado pero oportuno accidente, el agujero que se observa. Justicia popular aparte, lo que sí que es cierto, y eso lo puede comprobar cualquiera que se persone en el lugar al amanecer, es que en este menhir se produce una cópula simbólica entre el cielo y la tierra, a medida que el sol va ascendiendo sobre el horizonte y sus rayos atraviesan este centro primordial que la tradición achaca a la referida pijotada del cura. Merece la pena, como digo, detenerse aquí unos minutos, para ver el espectáculo y a la vez, sentir la belleza y la soledad del lugar y detenerse un momento a pensar, que después de todo, las costumbres, costumbres son y no hay nada nuevo bajo el sol.
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Notas:

(1) Detalle que todavía se puede comprobar en lugares como el interior de la nave de la parroquial soriana de Tera o en algunos otros templos que se elevaron sobre primitivos dólmenes, como la iglesia asturiana de Santiago, en el Monsacro e incluso la inacabada iglesia de la Asunción, en el pueblecito orensano de Santa Mariña de Augas Santas.
(2) Otra versión, asegura que lo atravesó cuando la moza se escondió detrás.

AVISO a CHEETAH y NAVEGANTES: Este artículo, está sacado de mi blog RECUERDOS DE UN PEREGRINO. Tanto el texto, como las fotografías, son de mi exclusiva propiedad. El vídeo complementario, lo pueden visionar en la entrada original, en el siguiente enlace: http://jc347.blogspot.com/2012/01/visiones-megaliticas-en-el-camino-el.html

Por otra parte, reseñar, así mismo, que el presente artículo se publicó en el número de Mayo de 2015 de la Gloriosa Gaceta del Mester de la Picardía Viajera.

Sort:  

Artículo en verdad digno del Mester de la Picardía, o de los Cuentos de Cantérgumiel. Niego que me importe un pijo las andanzas de aquel animoso cura picapedrero. Moraleja, es necesario tener en cuenta no solo las fuerzas celestiales sino también la terrenales al estudiar el espíritu del lugar.

Me temo que el espíritu del lugar está desapareciendo a marchas forzadas. Antes era un bosque importante, de pinos y abetos; por desgracia, en el tiempo en que estuve, los leñadores iban a destajo. Por mucho que intenten repoblar, poco debe de quedar ya. Pero es un resto megalítico muy interesante. En otra parte especial de Burgos, la Sierra de la Demanda, todavía sobrevive, cuando menos, otro muy peculiar. Y ese sí que es un gran falo apuntando al cielo. Se salvó 'milagrosamente', pues otros similares que también había por la misma zona, sufrieron el martillo del curato.

me encanta feliz dia

Gracias. Feliz día para ti también

waow wonderful post

amazing photography thank you for sharing

¿Y se sabe si alguien ha estudiado si, en algún día especial del año, los rayos de sol atraviesan el agujero e indican algún lugar o cualquier otro elemento del paisaje que sirviese de ritual?

No lo sé si habrá algún estudio de esas características por ahí. Lo que sí sé, y de hecho lo puedes ver en la penúltima foto, es que el sol asciende perezosamente por el menhir y seguro que llegado al punto donde este tiene ese agujero, algún rayo se colará. Efectos especiales prehistóricos, como algunos capiteles situados en ciertas iglesias del Camino, como el de la Natividad de San Juan de Ortega (Burgos), que se ilumina coinciendo con el solsticio de verano.