El secreto de la bestia. Saga Oráculos | NOVELA DE FANTASÍA ROMÁNTICA. CAPÍTULO 15

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EL SECRETO DE LA BESTIA corresponde a la primera entrega de una saga de cinco partes de fantasía romántica que tengo publicada en AMAZON bajo el seudónimo de Johana Connor. Quiero compartir con ustedes el inicio de esta mágica historia llena de misticismo y pasión, ambientada en las hermosas playas de Ocumare de la Costa de Oro (que en las novelas llamé La Costa) en el estado Aragua-Venezuela, y forman parte del Parque Nacional Henry Pittier. Su trama es contemporánea y está centrada en mitos y leyendas de la zona, espero la disfruten.

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Capítulo 15. El llamado

Rebeca sabía que lo dicho por su madre era una orden, no una sugerencia, pero en esa ocasión no podía obedecerla. La siguió para dejarle en claro su posición: no iba a alejarse de Gabriel.

—Mamá, yo no me iré —informó al entrar en el dormitorio. Marian ya había sacado parte de la ropa que tenía en el armario y la dejó sobre la cama mientras buscaba la maleta.

—Yo sabía que esto sucedería. No debimos volver a esta selva —alegó con temor.

—¿Qué sabías? —Marian no dejaba de moverse. Su rostro mostraba una gran preocupación—. Mamá, ¿puedes calmarte? Por favor, dime qué sucede.

—¡Ese hombre es el diablo! —exclamó angustiada—. Yo no quería que tú pasaras por lo mismo que yo pasé, por eso te alejé, pero el destino siempre anda torciendo las cosas.

Rebeca comenzaba a desesperarse. Se interpuso en el camino de su madre y la tomó con firmeza de los hombros para detenerla y exigir su atención.

—Háblame claro. No me iré de La Costa sin una explicación convincente.

Marian bajó los hombros en señal de derrota, las lágrimas se le agolparon en los ojos y le empañaron la visión.

—No puedes acercarte a Gabriel Veldetta, está maldito como todos en esta sociedad y como lo estuvo tu padre —confesó entre sollozos contenidos—. Pero Gabriel, además de esa maldición eterna, está condenado. Ildemaro se ha encargado de marcar su vida.

Rebeca la observó con el ceño fruncido, no comprendía sus palabras, aunque imaginaba que tenían algo que ver con la profecía de la que Gabriel le había hablado.

—No te comprendo, mamá, pero no puedo irme. Me quedaré junto a Gabriel.

—¡¿Estás loca?!

—¡Claro que lo estoy y sé que tú entiendes mis razones!

Marian no pudo evitar que las lágrimas se le desbordaran. Se alejó con brusquedad de su hija y retomó su labor.

—Ildemaro no los dejará mantener ningún tipo de relación.

—Él no podrá separarnos.

—¡¿Y qué fue lo que hizo hace unos minutos?! —gritó Marian con desesperación. Rebeca se abrazó a su cuerpo y se esforzó por detener el llanto. Le dolía la actitud de su madre y las intrigas que la envolvían.

—Lo manipula de alguna manera —intentó justificar la actitud de Gabriel, recordaba como Ildemaro había presionado algo que tenía guardado en el bolsillo de su pantalón.

—Cómo lo hace con todos en la sociedad —reclamó la mujer.

—Hay que detenerlo.

—¿Nosotras? —Marian interrumpió el trabajo que hacía para mirar a su hija fijamente con el rostro húmedo por el llanto—. Jamás podrás hacerte una idea del monstruo que habita en el alma de esta gente. Si con semejante fuerza no logran controlarlo, nosotras no seremos capaces de hacer nada.

Las duras palabras de su madre estremecieron a Rebeca de pies a cabeza. Abrió la boca para continuar la discusión, pero un fuerte rugido las sobresaltó a ambas.

—¡¿Qué fue eso?! —preguntó Rebeca alarmada y corrió hacia la puerta para salir a la calle.

—Hija, ¡espera! —vociferó Marian, pero la chica ya estaba afuera y oteaba las altas montañas cubiertas de selva que bordeaban a La Costa. Los escasos pobladores que se encontraban en la calle corrían asustados en busca de un refugio—. ¡Rebeca, entra a la casa, es peligroso!

Ella estaba sorda a los ruegos de su madre. La piel la tenía erizada. Aquel rugido no había sido el grito de advertencia de algún fiero animal, era un lamento, un dolor que se le impregnaba en los huesos y le desbocaba el corazón.

Corrió al interior de la casa y Marian fue tras ella, pero la mujer no logró ni siquiera cruzar la puerta, porque Rebeca volvió a salir como un torbellino. Había tomado las llaves del auto de su madre y se marchaba hacia el interior de la selva.

Marian trató de detenerla, sin éxito, sabiendo que nadie la contendría. Su hija acudía al llamado, el mismo al que ella había acudido años atrás cuando llegó a esa selva y conoció a su esposo.

Rebeca seguía a su destino y parecía aceptarlo.

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