El enigma de Baphomet (206)

in spanish •  2 months ago

Rechivaldo la cantaba todos los días en casa, y tuvo el humor, a pesar de lo que teníamos encima, de copiar los versos en un pergamino. La tituló: “Canción de los crímenes de los caballeros de Martos”.
Me producía asco la canción cuando se la oía a Rechivaldo y él la cantaba con la mayor naturalidad del mundo. Le rogué que no la cantara delante de mí, que no podía resistir oírla haciendo referencia a la misma jaula en la que martirizaban a Martín encarcelado. Me respondió diciendo que en ningún verso se nombraba la jaula, pero que descuidara, que delante de mí no volvería a cantarla.
Después de la primera vez que entró a la ergástula, llegó a las murias de Rechivaldo dando saltos de alegría, a pesar de haber visto a Martín inmóvil y con algunos rasguños en los brazos.
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(El río de Murias de Rechivaldo hoy día. Ahí se ubicó la casa de Rechivaldo, después creció el pueblo hasta que una riada lo arrasó)

Rechivaldo tenía autorización para confesarlo cuantas veces quisiera y pasaba el pergamino por los morros de los carceleros, no sólo sellado, sino escrito y firmado por la Reina de su puño y letra, y rubricado por el alcalde, para que lo leyeran.
Los centinelas, hieráticos, cerraban los ojos soportando las humillaciones sin inmutarse, “aparentando templanza —me decía Rechivaldo—, con una rabia por dentro que me hubieran matado, en caso de no haber tenido el escrito de la Reina”.
Yo le reproché su actitud chulesca y le decía: “Rechivaldo, esos alardes no conducen a nada más que a acumular odio hacia tu persona y hacia todo el clero de la diócesis”; pero a él seguía agradándole verlos inmóviles sin soltar las lanzas ni mover los pies del hoyo que habían excavado de tantas guardias como habían hecho sin moverse de su sitio.

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