El enigma de Baphomet (192)

in spanish •  6 months ago

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Llegó la noticia de la muerte del rey hace ya unos días —le dije._*(Nota)
Le desvelé la noticia para que supiera dónde se metía al intentar rescatar al niño. Desde ahora, sería más difícil, pues lo cuidarían sus defensores con férreo ocultamiento, sobre todo después de haber matado al verdadero infante, según decía el mensaje que habían dejado a las puertas del palacio los enemigos del Rey, su padre.
Seguí diciéndole:
—Celebró el Abad la misa y me tocaba esa semana hacer de acólito en la liturgia con todos los preparativos que conlleva: mantener las vestiduras sagradas, limpiar los candelabros, sacar el brillo al oro de cálices y patenas y un sinfín de minucias que tú de sobra sabes. Aprovechó esa semana para destinar a Anselmo el tonto, su sobrino, a la portería. Desde entonces ya no lo despego. Era la máxima aspiración de él, del Abad y de su hermana: colocarlo de portero del monasterio; pero el pobre ni para eso vale. Después del funeral por el ánima del Rey, aproveché el momento para abordar al Abad y le dije, en la sacristía, que estaba meditando si seguir mi santificación en otros lugares fuera del monasterio. Abrió los ojos sorprendido, echó hacia atrás la cabeza y sacó la barriga diciéndome: “Estaba ya notando que tanto tiempo quieto en la portería te aburría, pero no es necesario que busques otros lugares. Tendrás un oficio más movido, aunque ya sabes, nunca de mayor categoría”
Cuando entrábamos en la primera curva del camino, cuesta abajo, estaba la nieve dura por lo helada, y, a pesar de haber andado por cincuenta mil senderos tortuosos, Martín se resbaló y se agarró a mi hábito para no caerse. Yo trastabillé y quise sostenerlo sin fortuna. Nos agarramos el uno al otro sin soltarnos, pensando como dos ingenuos que mutuamente nos socorreríamos, pero nuestros pies alternativamente se deslizaban veloces como si le sacáramos con ellos más brillo al suelo. Nos dimos tal pancuada que yo quedé con la rabadilla dolorida y Martín con dolor en la pierna coja.
—Mira, Martín —seguí diciéndole—: no aguanto ya ni un día más en el convento. Quisiera ayudarte a recuperar a tu hijo. Si no tuviera que volver al monasterio a guardar los pergaminos en el escriptorium, me iría ahora contigo con la disculpa de ayudarte a bajar hasta el fondo del valle.

*(Nota)
Nos queda pendiente un detalle: investigar el clima en esta cordillera durante los siglos XIII y XIV. ¿Caían estas nevadas tan impresionantes al final de agosto y principios de septiembre? Desde luego, existe un refrán que procede de la Edad Media: “En Agosto, frío al rostro”. Si no caían estas nevadas, hay un desfase de fechas, de dos o tres meses con respecto a los anales de la Historia, porque la muerte del Rey está fechada a principios de septiembre

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