El enigma de Baphomet (191)

in spanish •  5 months ago

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—Hoy no vengo a pedir sino a dar.
Cuando vi el montón de pergaminos que me entregaba, le levanté la capucha para ver su cara y descubrí una sonrisa ampliada por la magnitud de las cicatrices. Nos miramos a los ojos con las sonrisas congeladas sin saber qué decirnos hasta que rompí yo el hielo. Sintiendo su aliento al lado, que parecía humo al expirarlo, no era tan horrenda la desfiguración de su cara. Al sonreír, una comisura se estiraba hasta la oreja de su lado y la otra permanecía abierta enseñando las muelas. La nariz un poco ladeada. Pero era Martín en las mismas puertas donde un ejército con todas las autoridades no hacía más que unos días, querían arrestarlo. Los dos estábamos pensando, al unísono, las ganas que teníamos de darnos un abrazo, pero no nos decidimos por si acaso alguien nos veía y no nos percatábamos de su acechanza. Me vino a la mente todo nuestro pasado y la larga espera a que llegara este momento. ¡Para nada! Para no poder hacer nada, más que seguir mirándonos y no perder la sonrisa que recuperábamos después de tantos años de semblante taciturno y melancólico. “Eres un genio, Martín —le dije—; y además, un hombre de palabra. Sólo a ti se te hubiera ocurrido haberte disfrazado con semejante hábito viejo y unas alforjas, lo más común del mundo en que vivimos, pero no son las prendas la genialidad que digo, sino el modo de llevarlas puestas. Es el atuendo perfecto para pasar desapercibido”.
Seguimos en silencio volviendo a sonreírnos y, con los recuerdos que a cada uno nos venían, nos regocijamos como niños, olvidándonos, por un momento, de nuestra tragedia al seguir viéndonos sanos y salvos después de tantos apuros y desasosiegos. Mi sonrisa se fue transformando en risa tonta y entrecortada que paulatinamente se iba convirtiendo en llanto hasta que nos contagiamos mutuamente la carcajada llorando al mismo tiempo. Me dijo que la rismá de pergaminos, que me había dado escritos, la guardara en el lugar seguro del scriptorium, entre las escrituras de compra-venta más antiguas que ya nadie leía. Por descargar peso, dejó en la Atalaya colgados los primeros pergaminos que yo le había escrito, porque no había quien los entendiera de lo mal redactados que estaban; y también, otros que se habían mojado y habían quedado ilegibles con las tintas totalmente corridas, los había lavado para poder aprovecharlos cuando se secaran.
Venía Anselmo por el claustro, más contento que una dulzaina en día de bodas, a sustituirme en la portería: cada lego a su trabajo y los presbíteros a sus labores intelectuales. Le dije que fuera a la cilla y que trajera una ristra de chorizos, pan y un colgadero de manzanas reinetas para dar limosna a un pobre mientras yo le atendía sus congojas, que eran muchas. Se dio media vuelta al punto, girando de buen grado y tocando los pitos con los dedos. Al cabo de un momento, volvió con el recado y la boca ladeada y semiabierta. “Toma” —me dijo, poniendo la ristra, la hogaza y el colgadero encima de la mesa.
“Si viene el Abad —le advertí— y pregunta por mí, le dices que he ido a ayudar a este pobre viejo y cojo por lo menos hasta que se defienda solo por las roderas del camino”.
Cuando nos apartamos del monasterio, Martín me preguntó si después del invierno emprendería la senda de los templarios vivos. También me dijo que, angustiado, había esperado y esperado suspirando detrás de la tapia de la huerta por mi salida, para entrevistarnos, con largas esperas soportando el frío.

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