Cuando los catalanes eran patriotas EspañolessteemCreated with Sketch.

in spanish •  2 years ago

IMG_0781.JPGLos voluntarios catalanes estaban dispuestos a morir por defender a la Nación Española. ¿Como es posible que de abuelos a nietos haya habido transformación semejante y que de aquel patriotismo hagan como que nadie recuerda nada?

Cuando yo estudiaba quinto de carrera en la Universidad de Salamanca, el Catedrático de Literatura en la asignatura “Novela del Siglo XIX”, me obligó a leer todas las obras de Pedro Antonio de Alarcón. Lo tenía ya medio en el subconsciencia pero recuerdo que me sorprendían algunos pasajes en los que se destacaba la valentía de los catalanes defendiendo a España. Pues no eran ni más ni menos que los coetáneos de los abuelos y bisabuelos de todos los políticos de la Generalidad de ahora, abuelos y bisabuelos de Mas y de Puigdemont. Si levantaran la cabeza ¿se avergonzarían de sus nietos y biznietos o les aplaudirían? Eran catalanes patriotas, defensores de la unidad de España hasta con su sangre si fuera necesario.
“Voluntarios Catalanes que la noble y patriótica tierra de Roger de Flor envía al ejército de África, como precioso e inestimable donativo”

En tiempos de los bisabuelos las mujeres catalanas eran bellísimas. Lo dice el cronista de la guerra. “Las cantineras, bellísimas”

El autor describe hasta la indumentaria de los soldados catalanes:
“Visten el clásico traje de su país: calzón y chaqueta de pana azul, barretina encarnada, botas amarillas, canana por cinturón, chaleco listado, pañuelo de colores anudado al cuello, y manta a la bandolera. Sus armas son el fusil y la bayoneta de reglamento.”

Y estaba esperando que describiera a aquellos valientes soldados catalanes bailando la sardana mientras las cantineras les servían bebidas en sus descansos entre batalla y batalla, pero no, más tarde me enteré de que Pepe Ventura, aunque también era coetáneo de los bisabuelos de los políticos de ahora, no había popularizado la sardana todavía como para que la bailaran los soldados en los campos de batalla, aunque se la presentó a la reina Isabel II por entonces, durante una de las visitas oficiales a Cataluña. Pepe Ventura, el andaluz que inventó la sardana para Cataluña, la hizo popular unos años más tarde.

Por si alguien quiere leer el capítulo entero, aquí lo copio, y al final fotografié el mismo libro que me obligó estudiar el Catedrático en Salamanca.

  • XXXIX -
    La víspera de la batalla. -Molendris, víctima política. -Los Voluntarios Catalanes. -Arenga de Prim. -Despedidas.

Día 3 de febrero.
El día de hoy me lo había yo imaginado muchas veces antes de venir a la guerra. Quiero decir que sus peculiares emociones, su solemne expectativa, sus terrores y sus regocijos, corresponden exactamente a lo que yo había presentido siempre que pugnaba por figurarme la víspera de una decisiva batalla.
Hasta hoy nos eran desconocidas estas inquietudes; y es que, hasta hoy, nunca hemos tenido completa seguridad de combatir a determinada hora; nunca hemos atacado con premeditación; nunca hemos buscado al enemigo. Pero hoy sabemos todos (lo mismo los jefes que los oficiales y los soldados) que mañana al amanecer iremos sobre las huestes contrarias a batirlas, a asaltar su campo, a apoderarnos de él...; huestes y campo que no podrán huirnos ni trasladarse a otro punto, sino que están ahí, a nuestra vista, esperándonos hace mucho tiempo, con sus trincheras y cañones, con sus fosos y parapetos. ¡La lid, por consiguiente, será segura, inevitable, tremenda, y tenemos absoluta, indeclinable necesidad de triunfar!
Porque no hay arreglo posible... Al ser de día decamparemos: los soldados marcharán con sus tiendas a la espalda, provistos de raciones y con todo su equipo en las mochilas. Las acémilas nos seguirán con municiones y víveres, con hospitales y oficinas, botiquines y material de ingenieros... ¡O vencer o morir; o ganarlo o perderlo todo!... Tal será mañana nuestra situación. ¡O dormimos en las tiendas de Muley-el-Abbas, o vamos de cabeza al Mediterráneo!... ¡O mañana Tetuán es nuestro, o tenemos el trágico fin del ejército de D. Sebastián de Portugal!
Ni creáis que abulto la importancia de los peligros que vamos a correr con el pueril o poético propósito de que luego parezca mayor nuestra victoria... Casualmente tenemos noticias frescas del campamento moro, las cuales no dejan lugar a duda acerca del formidable aparato y desesperada furia con que nos aguardan los marroquíes. Las enormes pérdidas que tuvieron en el último combate han sido repuestas y hasta superadas por tres o cuatro mil voluntarios que Muley-el-Abbas ha reclutado entre los pacíficos vecinos de Tetuán, obligándoles a tomar las armas y a seguirlo. Al mismo tiempo el belicoso príncipe ha recibido de su hermano el Emperador un considerable convoy de víveres y municiones, que empezaban a escasear (sobretodo los primeros) en las filas enemigas. Unido esto a que los moros saben también que mañana se juega el todo por el todo; que la batalla decidirá de la suerte de Tetuán, y que lo que no consigan en tan fuerte posición, con artillería, parapetos y casi doble número de combatientes que nosotros, no lo conseguirán ya nunca, hace que hayan recobrado la moral perdida; que su confianza en la victoria sea mayor que en los últimos encuentros, y que su natural fiereza esté sobrexcitada con el deseo de vengar tantas derrotas.
Así se expresa, a lo menos, un pobre moro, enfermo y casi moribundo, que se nos ha pasado esta mañana, poseído también de un terrible espíritu de venganza..., no contra nosotros, sino contra sus compatriotas y hermanos en religión.
Parece ser que este infeliz (hombre de unos cuarenta años, flaco y amarillo como un espectro, y vestido de modo y forma que revela su pasado bienestar) ha recibido en dos años cinco mil palos, todos por causas políticas, o sea en virtud de un odio encarnizado que la familia imperial profesa a la suya hace medio siglo. Su padre y sus hermanos fueron degollados, so pretexto de desobediencia a las órdenes soberanas; pero realmente por ser amigos y allegados de cierto pretendiente al trono que quitó mucho tiempo el sueño al difunto Abderramán. El desgraciado de que se trata ha pasado casi toda su vida en obscuros calabozos. El actual emperador lo soltó hace pocas semanas, en vista de que se moría, a fin de que recobrase la salud y tuviese fuerzas para padecer algunos años más; pero con motivo de no haber tomado las armas (como se le mandó) en el reciente combate de Guad-el-Jelú, acaba de recibir otros doscientos palos, que han redondeado la mencionada cifra de cinco mil. Ansioso de venganza, como dejo dicho, y deseando favorecernos en contra de un soberano que no ha sido sino su verdugo, llega hoy a nosotros el desventurado Molendris (este es su nombre), y nos da con febril acento y sanguinaria complacencia todos los datos y noticias que estima pueden sernos de utilidad para la grande empresa de mañana...
¡Dios se lo pague! Como quiera que sea, todo está pronto. Los equipajes se hallan empaquetados: solo falta quitar las tiendas y hacer las cargas. Los caballos tienen hoy doble ración de cebada y heno. Nuestros criados y asistentes preparan la frugal comida de mañana, a fin de que no ayunemos como otros días de acción. Las armas están prontas; los cañones, las carabinas y los revólvers han sido inspeccionados especialísimamente, o sea con mayor escrupulosidad que en una solemne revista. Las treinta mil cartas consabidas (las que preceden a toda marcha o encuentro que medio se haya sospechado) encuéntranse ya en la tienda del correo. ¡Apostaría cualquier cosa a que de todas esas cartas ni la mitad siquiera dan la noticia de que mañana atacamos al enemigo. Pero ¡cómo se dejará adivinar en los dulces adioses que precederán a cada firma!

Son las cinco de la tarde, y vengo de presenciar una escena verdaderamente sublime.
Las compañías de Voluntarios Catalanes que la noble y patriótica tierra de Roger de Flor envía al ejército de África, como precioso e inestimable donativo, han desembarcado hace una hora.
¡Afortunados aventureros! Más felices que los Tercios Vascongados, a quienes en balde estamos esperando desde que principió la campaña, llegan a tiempo de participar de los mayores peligros y más gloriosos laureles de esta guerra.
Son cerca de quinientos hombres. Visten el clásico traje de su país: calzón y chaqueta de pana azul, barretina encarnada, botas amarillas, canana por cinturón, chaleco listado, pañuelo de colores anudado al cuello, y manta a la bandolera. Sus armas son el fusil y la bayoneta de reglamento. Sus cantineras, bellísimas. Traen por jefe a un comandante, todavía joven, llamado D. Victoriano Sugranés. Tres cruces de San Fernando adornan su pecho, lo cual es felicísimo anuncio de nueva gloria. Los demás oficiales se han distinguido también en muchas ocasiones, y alguno de ellos ha militado voluntariamente bajo las banderas de Pellisier y de Mac-Mahon.
La tropa toda ostenta en su fisonomía aquel aire de dureza, atrevimiento y astucia que distingue a la raza catalana. Facciones angulosas, cabellos castaños o rubios, recia musculatura y ágiles movimientos, propios de gente montañesa; he aquí los principales caracteres de los generosos voluntarios.
El general Prim, como paisano suyo, ha deseado que ingresen en su cuerpo de ejército, a lo cual ha accedido el general en jefe, mientras que ellos han pedido por su parte al conde de Reus ir mañana en la vanguardia. También se les ha otorgado esta merced.
Pero vamos a la sublime escena indicada.
Los catalanes iban formando, según que saltaban a tierra, al pie de Fuerte Martín. Todos los hijos del Principado que ya militaban en este ejército habían acudido a saludarlos. Mil abrazos, mil votos y ternos, mil diálogos en cerrado catalán seguían a cada encuentro de amigos o conocidos... Entretanto, la música de no sé qué regimiento del CUERPO mandado por Prim, llegaba a dar la bienvenida a nuestros nuevos camaradas, y el dicho general acudía en pos de ella, tan contento y ufano como si fuese al encuentro de sus hijos.
El héroe de los Castillejos montaba aquel caballo árabe, cogido a un jefe moro, de que hablé el día pasado. Vestía, como casi siempre, ancho pantalón rojo; levita azul, sin más adorno que dos grandes placas; kepís de paro (con la visera levantada, al estilo francés, y con los dos entorchados de teniente general), y un sable muy corvo, parecido a una cimitarra.
Luego que estuvieron reunidas las cuatro compañías de voluntarios, Prim se colocó en medio de ellas, y en dialecto catalán, en aquel habla enérgica y expresiva que recuerda los romances heroicos de la poesía provenzal, les arengó del siguiente modo:
«Catalanes:
»Acabáis de ingresar en un ejército bravo y aguerrido: en el ejército de África, cuyo renombre llena ya el universo.
»Vuestra fortuna es grande, pues habéis llegado a tiempo de combatir al lado de estos valientes. Mañana mismo marcharéis con ellos sobre Tetuán.
»Catalanes: vuestra responsabilidad es inmensa; estos bravos que os rodean, y que os han recibido con tanto entusiasmo, son los vencedores de veinte combates; han sufrido todo género de fatigas y privaciones; han luchado con el hambre y con los elementos; han hecho penosas marchas con el agua hasta la cintura; han dormido meses enteros sobre el fango y bajo la lluvia; han arrostrado la tremenda plaga del cólera, y todo, todo lo han soportado sin murmurar, con soberano valor, con intachable disciplina. Así lo habéis de soportar vosotros. No basta ser valientes: es menester ser humildes, pacientes, subordinados; es menester sufrir y obedecer sin murmurar; es necesario que correspondáis con vuestras virtudes al amor que yo os profeso, y que os hagáis dignos con vuestra conducta de los honores con que os ha recibido este glorioso ejército; de los himnos que os ha entonado esa música, y del general en jefe bajo cuyas órdenes vais a tener la honra de combatir; del bravo O'Donnell, que ha resucitado a España y reverdecido los laureles patrios; y también es menester que os hagáis dignos de llamar camaradas a los soldados del SEGUNDO CUERPO, con quienes viviréis en adelante, pues he alcanzado para vosotros tan señalada honra...
»Y no queda aquí la responsabilidad que pesa sobre vosotros. Pensad en la tierra que os ha equipado y enviado a esta campaña; pensad en que representáis aquí el honor y la gloria de Cataluña; pensad en que sois depositarios de la bandera de vuestro país..., y que todos vuestros paisanos tienen los ojos fijos en vosotros para ver cómo dais cuenta de la misión que os han confiado.
»Uno solo de vosotros que sea cobarde, labrará la desgracia y la mengua de Cataluña. Yo no lo espero. Recordad las glorias de vuestros mayores, de aquellos audaces aventureros que lucharon en oriente con reyes y emperadores; que vencieron en Palestina, en Grecia y en Constantinopla. A vosotros os toca imitar sus hechos y demostrar que los catalanes son en la lid los mismos que fueron siempre.
»Y si así no lo hiciereis; si alguno de vosotros olvidase sus sagrados deberes y diese un día de luto a la tierra en que nacimos, yo os lo juro por el sol que nos está alumbrando, ¡ni uno solo de vosotros volverá vivo a Cataluña!
»Pero si correspondéis a mis esperanzas y a las de todos vuestros paisanos, pronto tendréis la dicha de abrazar otra vez a vuestras familias, con la frente coronada de laureles; y los padres, las madres, las mujeres, los amigos, dirán llenos de orgullo, al estrecharos en sus brazos: Tú eres un bravo catalán.»
Imposible es que os figuréis ni que yo describa con exactitud la manera que tuvo el conde de Reus de pronunciar esta brillante alocución.
Al principio la interrumpieron vivas y aclamaciones. Al final todo el mundo lloraba (todos llorábamos), mientras que el gran batallador, de pie sobre los estribos árabes, rígido, trémulo, espantoso, parecía transportado a los antiguos tiempos, a los días de los Jaimes y Berengueres, y comunicaba a todos los corazones el entusiasmo patriótico de su alma, el calor de su belicosa sangre y la extrema energía de su temperamento. ¡Cuán fulminante en la amenaza! ¡Qué arrebatador en el elogio! ¡Qué persuasivo en la promesa! ¡Qué sublime al evocar la pasada historia!
¡Llorábamos todos, sí, viejos y jóvenes, generales, jefes y soldados! ¡Todos comprendíamos en tal instante aquel idioma extraño; todos palpitábamos a compás con aquel corazón embravecido; todos ansiábamos ardientemente la llegada del nuevo día, la hora de la refriega, el momento de la embestida y el asalto!
¡Eterno, inolvidable será el día que nos espera! ¡Húndase pronto en occidente el sol de hoy, y luzca sin tardanza la nueva aurora!
A las nueve de la noche.
Aún cojo la pluma para copiar algunas frases (me oigo ahora mismo, y que os revelarán, mejor que yo pudiera hacerlo, el estado de los ánimos y las preocupaciones que nos agitan en esta solemne noche.
A dos pasos de mi tienda hay una fonda francesa, de que creo haber hablado. En ella se reúnen ordinariamente muchos jefes y oficiales a beber y a conversar, hasta las nueve de la noche, en que resuena el toque de silencio, se apaga la luz y todo el mundo se va a dormir.
Es esa hora: los cornetas han dado la última señal, y la tertulia de la fonda se disuelve cerca de mi tienda.
-¡Adiós! -dice uno-. Hasta mañana a la noche, si estamos vivos.
-Que no hagas locuras... -responde otro.
-Mándame al asistente, después de la batalla, con noticias de tu persona...
-¡Permita Dios que nos veamos!...
-Y si a mí me ocurre alguna cosa, no olvides los encargos que te tengo hechos...
-Adiós: ¡buena suerte!
-Adiós: ¡hasta el valle de Josaphat!
-Adiós, ¡y viva España!
-Adiós, y sea lo que Dios quiera...
Este murmullo de tiernos y alegres adioses se aleja poco a poco, apagándose con el rumor de los sables y de las espuelas...
Ya no se oye en todo el campamento más ruido que la palpitación eterna del vecino mar, el canto de las insomnes ranas, y el ¿Quién vive? de algunos centinelas.
Yo me despido también de vosotros, como acabo de hacerlo de mi familia, prometo escribiros mañana a la noche si no me lo estorba algún accidente, además del cansancio de la batalla; y apago la luz, murmurando en lo íntimo de mi corazón la última frase que resonó hace poco detrás de esa pared de lienzo: «¡Sea lo que Dios quiera!»

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Tu entrada me ha traído a la memoria, no a los catalanes, que no los recordaba, pero sí muchas otras cosas relacionadas con aquellas lecturas de Pedro Antonio de Alarcón.

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Por supuesto. Me hace sonreír.

Qué curiosa ahora la imagen de esos catalanes.

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Cierto.

Excelente publicación, todo hay que refutarlo con fuentes. Buenos argumentos. Saludos @jgcastrillo.