COMPENDIO DEL MANUAL DE URBANIDAD Y BUENAS MANERAS DE MANUEL ANTONIO CARREÑO I

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Este manual fue el eje fundamental en la educación de muchos hispanos el cual se ha perdido con los años, cosa que jamas debió ocurrir esta es la primera entrega para tratar de rescatar los valores en el contenido

DEBERES MORALES DEL HOMBRE
CAPITULO PRIMERO
De los deberes para con Dios.
I. — Basta dirigir una mirada al firmamento, o a cualquiera de las maravillas de la
creación, y contemplar un instante los infinitos bienes y comodidades que nos
ofrece la tierra, para concebir desde luego la sabiduría y grandeza de Dios y todo
lo que debemos a su amor, a su bondad y a su misericordia.
II. — En efecto, ¿Quién sino Dios ha creado el mundo y lo gobierna? ¿Quién ha
establecido y conserva ese orden inalterable con que atraviesa los tiempos la
masa formidable y portentosa, del universo? ¿Quién vela incesantemente por
nuestra felicidad y la de todos los objetos que nos son queridos en la tierra? y, por
último, ¿quién sino EL puede ofrecernos y nos ofrece la dicha inmensa de la
salvación eterna?
III. — Le somos, pues, deudores de todo nuestro amor, de toda nuestra gratitud, y
de la más profunda adoración y obediencia; y en todas las situaciones de la vida
estamos obligados a rendirle nuestros homenajes, y dirigirle nuestros ruegos
fervorosos, para que nos haga merecedores de sus beneficios en el mundo, y de
la gloria que reserva a nuestras virtudes en el Cielo.
IV. — Dios es el ser que reúne la inmensidad de la grandeza y de la perfección; y
nosotros, aunque criaturas suyas, y destinadas a gozarle por toda una eternidad,
somos unos seres muy humildes é imperfectos; así es que nuestras alabanzas
nada pueden añadir a sus soberanos atributos. Pero El se complace en ellas y las
recibe como un homenaje debido a la majestad de su gloria, y como prendas de
adoración y amor que el corazón le ofrece en la efusión de sus más sublimes
sentimientos; nada puede, por tanto, excusarnos de dirigírselas.
V. — Tampoco nuestros ruegos le pueden hacer más justo, porque todos sus
atributos son infinitos, ni, por otra parte, le son necesarios para conocer nuestras
necesidades y nuestros deseos, porque El penetra en lo más íntimo de nuestros
corazones; pero esos ruegos son una expresión sincera del reconocimiento de su
poder supremo y del convencimiento en que vivimos de que El es la fuente de
todo bien, de todo consuelo y de toda felicidad, y con ellos movemos su
misericordia y aplacamos la severidad de su divina justicia, irritada por nuestras
ofensas, porque El es Dios de bondad y su bondad tampoco tiene límites.
VI. — ¡Cuan propio y natural no es que el hombre se dirija a su Creador, le hable
de sus penas con la confianza de un hijo que habla al padre más tierno y amoroso,
le pida el alivio de sus dolores y el perdón de sus culpas, y con una mirada dulce y
llena de unción religiosa, le muestre su amor y su fe como los títulos de su
esperanza!
VII. — Así al acto de acostarnos como al de levantarnos, elevaremos nuestra alma
a Dios, le dirigiremos nuestras alabanzas y le daremos gracias por todos sus
beneficios. Le pediremos por nuestros padres, por nuestra familia, por nuestra
patria, por nuestros amigos, por nuestros enemigos, y haremos votos por la
felicidad del género humano, y especialmente por el consuelo de los afligidos y
desgraciados.
VIII. — No nos limitaremos entonces a esto, sino que recogiendo nuestro espíritu,
y rogando a Dios nos ilumine con las luces de la razón y de la gracia
examinaremos nuestra conciencia, y nos propondremos emplear los medios más
eficaces para evitar las faltas que hayamos cometido en el decurso del día.
IX. — Es también mi acto debido a Dios, y propio de un corazón agradecido, el
manifestarle siempre nuestro reconocimiento al levantarnos de la mesa. Si nunca
debemos olvidarnos de dar las gracias a la persona de quien recibimos un
servicio, por pequeño que sea, ¿Con cuánta más razón no deberemos darlas a la
Providencia cada vez que nos dispensa el mayor de los beneficios, cual es el
medio de conservar la vida?.
X. — En los deberes para con Dios se encuentran refundidos todos los deberes
sociales y todas las prescripciones de la moral; así es que el hombre
verdaderamente religioso es siempre el ^modelo de todas las virtudes, el padre
más amoroso, el hijo más obediente, el esposo más fiel, el ciudadano más útil a su
patria.
XI. — Y a la verdad, ¿cuál es la ley humana, cuál el principio, cuál la regla que
encamine a los hombres al bien y los aparte del mal, que no tenga su origen en los
Mandamientos de Dios, en esa ley de las leyes, tan sublime y completa cuanto
sencilla y breve? ¿dónde hay nada más conforme con el orden que debe reinar en
las naciones y en las familias, con los dictados de la justicia, con los generosos
impulsos de la caridad y la beneficencia, y con todo lo que contribuye a la felicidad
del hombre sobre la tierra, que los principios contenidos en la ley evangélica?.
XII. — Nosotros satisfacemos el sagrado deber de la obediencia a Dios guardando
fielmente sus leyes, y las que nuestra Santa Iglesia ha dictado en el uso legítimo
de la divina delegación que ejerce; y es éste al mismo tiempo el medio más eficaz
y más directo para obrar en favor de nuestro bienestar en este mundo y de la
felicidad que nos espera en el seno de la gloria celestial.
XIII. — Pero no es esto todo: los deberes de que tratamos no se circunscriben a
nuestras relaciones internar con la Divinidad. El corazón humano, esencialmente
comunicativo, siente una inclinación invencible a expresar sus afectos por signos y
demostraciones exteriores. Debemos, pues, manifestar a Dios nuestro amor,
nuestra gratitud y nuestra adoración, con actos públicos que, al mismo tiempo que
satisfagan nuestro corazón, sirvan de un saludable ejemplo a los que nos
observan. Y como es el templo la casa del Señor y el lugar destinado a rendirle
nuestros homenajes, procuraremos visitarlo con la posible frecuencia,
manifestando siempre en él toda la devoción y todo el recogimiento que inspira tan
sagrado recinto.
XIV. — Los sacerdotes, ministros de Dios sobre la tierra, tienen la alta misión de
mantener el culto divino y de conducir nuestras almas por el camino de la felicidad
eterna. Tan elevado carácter nos impone el deber de respetarlos y honrarlos,
oyendo siempre con interés y docilidad los consejos con que nos favorezcan,
cuando en nombre de su Divino Maestro y en desempeño de su augusto ministerio
nos dirijan su voz de caridad y de consuelo. El respeto a los sacerdotes es una
manifestación de nuestro respeto a Dios mismo y un signo inequívoco de una
buena educación moral y religiosa.

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