Invierno Blanco | Relato

in spanish •  5 months ago 



Me gusta mirar la lluvia a través de la ventana. Hay algo hipnóticamente relajante en ello, en el sonido galopante del ejército de gotas que se estrellan contra la superficie del techo, de la ventana, de los árboles, del suelo. Abro la ventana y cierro los ojos para dejar que mis sentidos se impregnen con la frescura y el aroma de tierra mojada que me traslada al pasado.

Recuerdo entonces que la lluvia siempre ha sido especial para mí. Mi madre me contó una vez que al momento de mi nacimiento cayeron del cielo gotas gruesas en un ventarrón que repentinamente se presentó y se marchó. Pensar que llegué a este mundo en medio de la lluvia como un forastero que hace su entrada en plena tormenta, es una idea poética que me gusta abrazar.

Imágenes de almas formadas por moléculas de agua viajando en pleno aguacero vienen a mi mente y sonrío nostálgicamente a mi reflejo en el vidrio. Evoco aquellos momentos cuando de rodillas en la silla de la cocina me alzaba para poder mirar por la ventana aquello que significara «está lloviendo venteado», expresión que salía de los labios de mi nana.

No entendía en ese entonces a qué se refería, pero mi mente de infante visualizaba en esas ocasiones a hombres con sombreros inmensos que se movían con las ráfagas del viento, sus cuerpos de agua chispeante eran libres de danzar en las calles gracias al diluvio que temporalmente bañaba al pueblo. Mi nana se reía cuando aquello le describía.

Otras veces, ella miraba al cielo y me decía «es invierno blanco, ésta lluvia es para rato». Cuando escuchaba esas palabras mi rostro siempre dibujaba una curiosa interrogante, a lo que ella con ternura respondía «mira hacia las montañas pequeña, cuando tus ojos no puedan ver la cima de ellas porque esa blanca niebla las cubre, entonces sabrás que el sol tardará en salir y secar las calles de nuevo».

Ahora ya soy una adulta, estoy en otra ciudad, en otra casa y contemplo la lluvia a través de otras ventanas. Doy un sorbo a mi taza de café, su calor reconforta mi cuerpo y su sabor, más delicioso aún con este clima, deleita mi alma. Dirijo mi vista hacia el oeste, hacia unas montañas diferentes a las de mi niñez y observo en ellas esa fina manta blanca de neblina cobijando sus crestas. Sonrío y digo para mis oídos «es invierno blanco» con la certeza de saber que me limpiará la mirada para ver con su despedida el reverdecer.

Imagen cortesía de Ava Sol en Unsplash



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