Capítulo 5: INTERDEPENDENCIA

in relato •  7 months ago  (edited)
Llegamos al parque. El sol de la mañana se filtraba entre los árboles y la luz daba pinceladas brillantes a los innumerables verdes. Algunas hormigas podadoras usaban las caminerías y pequeñas mariposas coloreaban la brisa. Aquello era un pedazo de selva tropical escondida cerca de la urbanización en la que vivíamos; un paraíso protegido por un intrincado acantilado y abrazado por un refrescante Tepuy.


Cuando Juan Salvador tocó la tierra con sus patas, de forma instantánea se hizo uno con el paisaje. Se rompió la separación entre su cuerpo y la hierba, entre su cuerpo y los árboles, entre su cuerpo y las flores del Flamboyán, las Trinitarias y el Araguaney. Todo el jardín, incluso el cielo, era un solo cuerpo animal en el que cada parte se movía armónicamente; un inmenso cuerpo que danzaba lentamente, como extrayendo la música del telar invisible que une los hilos subatómicos con aquellos que sujetan los astros. Antonio y yo habíamos comenzado siendo observadores, pero pronto caímos también en ese espacio absoluto. Podría decirse que, por unos cuantos minutos, dejamos de percibir el parque con los sentidos y pasamos a vivirlo desde dentro de cada planta, de cada piedra, de cada ser vivo. Fuimos la brisa que refrescaba el plumaje de Juan Salvador y fuimos los pétalos amarillos trasladados por las hormigas. Al mismo tiempo fuimos las afanosas hormigas y fuimos el zamuro cautivado por la brisa. Fuimos la sabia que retumba dentro de los árboles y fuimos el canto de las aves cayendo en forma de luz.

Despertamos de ese encantamiento en forma progresiva. Recuperamos nuestras piernas y nuestros brazos como quien descubre y despega, suavemente, una figura de plastilina de una superficie mayor. El latido de nuestros corazones se desmenuzó de nuevo en los cinco sentidos y volvimos, poco a poco, a diferenciarnos del exterior. Para el momento en que volví la mirada consiente a Juan Salvador, él estaba en la mitad del parque con las alas extendidas; diríase que era un gran lazo negro sujetando y adornando la vegetación, un lazo que transformaba al parque en un regalo: un elegante y organoléptico arreglo floral.

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Pero con el tiempo constataríamos que ni el parque, ni nada de lo que hay en el planeta, es simplemente un regalo del cual se puede hacer uso. Sonó la reja del parque. Tres hombres se acercaron rápidamente a nosotros. Antonio y yo nos sobresaltamos al escuchar la voz dramática del más joven de los hombres: ¡Hemos visto que están cazando a un animal y eso está prohibido!. No lo estamos cazando, lo estamos enseñando a volar -dijo Antonio sonriendo, mientras señalaba al centro del parque dónde permanecía Juan Salvador como petrificado con las alas extendidas- Es un pichón de zamuro y le garantizamos que no traerá ningún problema; en un rato lo llevaremos a nuestra casa y solo lo soltaremos cuando esté listo para volar.

Otro de los hombres, que por su expresión facial parecía inicialmente el más severo, esbozó una cálida sonrisa, nos estrechó la mano fuertemente y se presentó. Soy el abogado José Alberto Pérez Ortíz, el Presidente de la Junta de Vecinos de esta calle; se debe a mí que este parque haya sido rescatado hace 15 años aproximadamente, en el año 1995. En ese instante, el tercer hombre -el que no había hablado hasta ese momento- dijo: en realidad el rescate del parque se debe a muchas personas, pero el Señor José Alberto tiene el mérito de haber contribuido mucho para que nos organizáramos y fuéramos constantes. Mi nombre es Alejandro y él -dijo señalando al hombre que nos había hablado primero- se llama Miguel y es la persona que nos ayuda con la vigilancia del lugar. ¿Ustedes cómo se llaman?

Comenzó entonces una agradable conversación en la que seguramente Juan Salvador se hubiera incluido de compartir con nosotros el mismo sistema lingüístico. Al principio todas las palabras giraban alrededor del zamuro, pero tal como Antonio y yo lo habíamos experimentado al llegar al parque, la plática también fue dando cuenta de la unión que había entre ese animal, nosotros y el resto de la naturaleza que nos rodeaba. Terminamos hablando del planeta tierra como un organismo vivo y Alejandro nos explicó algo que solo entenderíamos cabalmente muchos años después: “Cada ser sintiente en la madeja del mundo es un reflejo que remite a otro ser sintiente. Como si todo fuera un inmenso ser dentro de una habitación de espejos y cada pequeño ser fuera apenas el reflejo de otro reflejo”.

Dos años después de aquella tarde, Patricia, la pareja de Alejandro, me diría frente a la tumba de mi padre: Nada es permanente. Y Alejandro inmediatamente completaría esa frase diciendo: Solo el amor merece la eternidad en esta habitación de espejos que es el mundo. Entonces, yo miraría al cielo con los ojos humedecidos por sus palabras y vería un ave negra y vigorosa cruzando el azul intenso de un cielo sin nubes.

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Un sublime relato, me quedo con esta última parte: Solo el amor merece la eternidad en esta habitación de espejos que es el mundo. Aunque sea el más incomprendido de los sentimientos, cuando es real, puede incluso salvar almas. Un abrazo y trataré de leer las anteriores partes :)

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Cuántas cosas detonaron de una situación que parecía tan solo una simpleza. Así como los personajes se dejaron llevar por las bondades de la naturaleza, así de la misma manera me dejé llevar por la lectura lo que en pocas palabras se traduce como; capacidad para atrapar al lector por la fluidez y elegancia de cada una de las palabras. Continuo...