Reto "Mundos Posibles": La guerra final

in mundosposibles •  8 months ago

Hoy les presentamos una nueva publicación de los relatos completos del reto "Mundos posibles". Estos relatos están desarrollados por 6 autores distintos. Desde un inicio común, los sucesivos escritores desarrollan una parte de la historia según sus deseos pero manteniendo una uniformidad en la narración para llegar a la composición final. Cada autor nombra dos retados para bifurcar la historia y llevarla desde el relato inicial a un total de 64 finales.

El relato que les ofrecemos hoy fue escrito en el siguiente orden por los autores; @valki, @adncabrera, @jokossita, @dalisett, @d-fx y @luisangela.

¡Espero que disfruten del resultado!



−¡Eres un imbécil Ydregaf! De todas las naves del universo, robas una sin energía acumulada y te das cuenta cuando la gravedad de un puto planeta de semidesarrollados nos atrapa. Sabes bien que si se detecta que hemos entrado en un planeta en formación de inteligencia, pasaremos el resto de la existencia en prisión.

−¡Cállate ya Mojiglif! ¡Ahora ya estamos aquí! Entraremos en la cara oscura, frenaremos con el colchón antigravitacional y quedaremos a unos veinte metros del suelo, no nos verán. El planeta tiene campo magnético para recargar energía, antes de que la luz de la estrella del sistema nos alcance, estaremos recargados para alejarnos de aquí sin que nos detecten. El único problema es que tendremos que bajar para poner un electrodo diferencial, e iniciar la carga. Las coordenadas de estacionamiento son: 42º 23’ 55.39” N; 2º 53’ 03.70” E.

Unos centenares de kilómetros más abajo, justo en las coordenadas 42º 23’ 55.39” N; 2º 53’ 03.70” E, Marlene dominaba la barra de aquel puticlub aún casi vacío. Ya tenía sus cincuenta y cinco años y estaba cansada de la noche. Siempre sola, siempre expuesta a borrachos y a mentes enfermizas. Quería vender el negocio y largarse, dejar de ver, bajo la barra, su escopeta de dos cañones recortados con cartuchos de posta. Su única protección. Escuchó la risa estridente de La Rusa ¡Menuda rusa! Un metro y medio, morena y con ojos estrábicos. Se estaba intentando llevar al catre al delgado, sonriente y de cabeza lustrosa, padre Damian.

El padre decía que en el alcohol estaba el diablo, pero pasaba casi todas las noches cabalgando con alguna muchacha en forma endiablada. «“¡Un maldito tacaño es lo que es!”», pensó Marlene. Faltaba por llegar Maribel. La imponente española de metro setenta y ocho, más tacones del doce; pechos firmes y generosos; melena negra de pantera, una mujer de armas tomar. Y nunca mejor dicho, pues el arma que tenía entre sus piernas sobrepasaba los veintidós centímetros. Ella era la preferida del cura. Marlene nunca había averiguado quién de los dos era la montura y quien el jinete.

En la mesa más apartada estaba el desconocido que fue el primero en entrar esa noche. Pidió un Bourbon doble, pagó con propina y se sentó a pensar en sus cosas. Era bien guapo, cosa que hacía muy sospechosa su estancia allí. Yubeilis, la caribeña entrada en carnes, le había mostrado sus grandes cántaros y le había echado mano al paquete, pero éste educadamente le dijo que quizás más tarde. Ahora la morenita se encontraba en el baño de señoras depilándose los labios inferiores.

Rambo, un mastín del pirineo de cincuenta y cuatro kilos, estaba nervioso en su encierro del almacén. Era extraño, él siempre dormía, pero esa noche sentía algo que los humanos no podían detectar.

Roman Pavlov Belcebú, comandante en jefe de las tropas libres de Lucifer, estaba rodeado por los carniceros del 33 batallón de arcángeles, cuando realizó la única maniobra que podía salvarle la vida: saltar a un universo paralelo. Su poder demoniaco, le permitiría moverse sin temor en el nuevo universo, pero si los arcángeles descubrían su treta y lo seguían, estaría perdido. Tenía que pasar desapercibido. Ahora, en el sucio baño de hombres de un lupanar, pensaba rápido sobre cuál debería ser su siguiente movimiento.

Tito y Nalita eran dos jóvenes de la alta sociedad. Se conocían desde niños ya que sus padres habían hecho amistad a causa de compartir el mismo gremio, la hostelería. A los trece años ya eran novios. Eran buenos estudiantes, practicaban deportes y se mantenían lejos del vicio. Eran unos chicos sanos, pero ahora, a sus veintiún años, querían conocer el placer de la carne. Su problema era que no podían ir a ningún hotel, pues serían identificados al momento. A Nalita se le ocurrió la idea. Un local apartado para ir de noche sin levantar sospechas. Aparcaron un poco retirados de la puerta para que las grandes letras de neón que anunciaban el “Club whiskería” no iluminaran su estancia furtiva en el local. Bajaron del coche y solo la idea de que Nalita quisiera hacer un trio con una profesional, le provocó tal dolor de testículos a Tito, que entró en aquel paraíso de lujuria, andando como un cowboy.

Allí, al pie de la barra, se encontraban Fred y Tomás. Equipados con su material de alpinismo, debían llegar a lo alto de la barra para desde allí lanzarse y activar el implosionador gravitacional que daría una lección a sus enemigos: los humanos. Desde que éstos iniciaron la guerra química contra los tardígrados, Fred había perdido a unos 2 300 000 hermanos, y otros 8 000 000 entre primos, tíos y sobrinos. Las pérdidas de Tomás eran mucho mayores.

Si tanto amaban los humanos la desinfección, ellos les traían el remedio definitivo. Aún no sabían hasta donde llevaría la implosión. Unos decían que la onda implosiva destruiría todo en un radio de cincuenta kilómetros, pero otros científicos opinaban que se podía llegar a crear un agujero negro. A Fred y Tomás ya no le importaban las consecuencias, tenían que llegar a la cima de la barra en menos de ocho horas para evitar que la rutina de limpieza del local acabara con ellos.

Roman Pavlov Belcebú, RP, como era conocido entre las fuerzas arcángeles, se materializó en el cuarto de baño de un bar. El hedor a orines avivaba el mareo provocado por la violencia del último salto. Tenía un rango limitado, y lo sabía. Acorralado como estaba, tenía pocas opciones y la peor era la de entrar en un periplo de saltos continuos, como quien juega al gato y el ratón en el multiverso, hasta que sus fuerzas se agotaran y cayera rendido.

Los arcángeles, por su parte, no carecían de debilidades. La peor, tal vez, sus ínfulas de superioridad. Consideraban a todos los especímenes de su raza elementales; y lo eran, pero eso no los hacía subdotados, sino capaces de percibir en un nivel intuitivo y sensorial insospechado. Ardían en pasiones voraces e instantáneas, cuando se airaban eran violentos y de juicio volátil, pero también tenían buen olfato para la carne. Y los arcángeles eran seres perfumados que olían poco a carne: en su situación actual, Belcebú solo tenía que notar el hueco entre el tufo humano y huir, de momento; o atacar, si estaba en ventaja. Afortunadamente, la presencia de un arcángel se notaría de inmediato, pues el local estaba repleto de hedores que habían intentado sofocar con desinfectantes. El baño de al lado, por ejemplo, estaba inundado de emanaciones de cloro y carne joven, regordeta y sexualmente activa. Deliciosa para un bocado.

Mientras levantaba el morro por encima de las posibles distracciones, creyó detectar una débil emanación balsámica; algo lejano, como el recuerdo de una frotación leve que ha dejado su estela. Un arcángel había estado allí hacía mucho y su olor (su falta de olor carnal) perduraba como una sombra sensorial que RP notaba.

Muy alerta, decidió abandonar su escondrijo y revisar su posición:

Detrás de la barra, una humana cincuentona (hastiada pero vigilante: la única que se había sobresaltado un poco al notarlo); sobre la barra otra mujer, menuda, oscura y joven, sobaba a un tipo de cabeza pelada, como bola de billar. Más allá, una pareja en sus veinte intentaba sin éxito ocultar su entusiasmo sexual, mientras observaban con la boca semiabierta a todos los presentes, incluyéndolo. Había también un perro que le ladraba fieramente detrás de una puerta cerrada. No le prestó mayor atención. Lo que le interesaba estaba en el rincón más alejado, entre las sombras.

RP, advirtió, al paso de su examen, que su olfato había quedado ligeramente desenfocado. Había allí un tipo de espaldas anchas y cabello oscuro envuelto en las sombras. Los contornos de su materialidad lo confundían: como si fuese una criatura hecha de las mismas sombras que lo circundaban. No era un arcángel; eso, seguro. Pero no llegaba a determinar su especie. Por otra parte, nada parecía interrumpir de momento la rutina normal de un local como aquel, de los cuales RP había visto cientos en sus viajes interdimensionales, y en su propio mundo. Todas las especies eran dadas a fornicar entre sí, hasta los remilgados arcángeles.

Estaba prevenido.

Sin embargo, cuando lograba enfocar a la criatura entre las sombras, no notaba aprensión en su postura, ni percibía el estrés característico de los espías y patrulleros de la brigadas de caza. Se sentó en la barra. El tipo de cabeza pelada resultó ser un cura que dio un respingo y escupió a sus pies. Se levantó evidentemente molesto por la cercanía de RP. En otras circunstancias, un tipejo como aquel ya habría adornado el piso con sus dientes, pero esta noche tenía suerte. Belcebú sabía que no debía llamar la atención. Pidió güisqui y se acomodó de espaldas a la barra, de manera que pudo contemplar mejor al sujeto entre las sombras. Su olor no era más preciso, pero pudo verle parcialmente el rostro: tenía facciones humanas, de rasgos regulares y podría parecer agradable a ojos de esa especie, a pesar de la cicatriz que le deformaba el mentón. RP lo supo: el tipo estaba allí para pasar por humano, pero no lograba precisar si mostraba algún interés en él.

Un par de tipos atravesaron la puerta del bar. Olían a prevención nerviosa. RP los descartó de inmediato: su actitud era de presa, no de cazadores. Estaban en plan de pasar desapercibidos; de mezclarse con la fauna local, pero se les notaba a la legua que acababan de pisar el polvo de este planeta. Los tipos se sentaron en la única mesa libre, muy próxima al habitante de las sombras. Su olor nervioso interfería con el examen de RP y este comenzó a exasperarse. Intentó calmarse y apegarse a su entrenamiento. No era un recluta joven al que pudieran traicionarlo los impulsos propios de su especie. Se concentró.

Por encima de la fetidez aprensiva de los recién llegados, un efluvio almizclado se escurrió entre las sombras. ¿Era una impresión equivocada? No creía. Apostaba las ofrendas de su panteón a que había visto un tentáculo amarillento y tímido deslizarse en la oquedad bajo la mesa. Como una criatura que busca desplazarse desde su cascarón y emprender la retirada. Con cuidado deslizó la púa emponzoñada que escondía bajo la manga, preparado para el ataque o la huida. Se sentía amenazado y confundido. ¿Era el único que veía aquello?

Un aroma marchito le llegó de un sitio indefinido a sus espaldas. Como el recuerdo de una frotación leve que ha dejado su estela. ¿Era el único que lo percibía?

Tal vez no: el cañón frío de una escopeta recortada se apoyó firme en su nuca.

Del otro lado de la habitación entre las sombras y con su Bourbon doble él pensaba que cuando por fin había encontrado el electrodo diferencial venia la puta vieja y sacaba una escopeta, le apuntaba al imbécil que se creía invisible y este mantenía su papel, inmóvil fingiendo sorpresa luego de haberlo estado acechando por largo rato. Había notado todo; Quizás Rupert no percibiera los aromas como aquel demonio, pero nadie contaba con que él percibiera sensaciones y que su tiempo pasaba distinto, 5 segundos de antelación le bastaban para cambiar su suerte y de pronto la de un par más.

Renegado y olvidado Rupert había sido en sus buenos años un humano común, pero no como estos. Él había sido la especie élite modificada genéticamente pero no para el ejército o las guerras sino para la ciencia, por lo tanto, él estaba adelantado considerablemente con estos humanos semi-desarrollados, un error había cambiado todo. En un intento por escapar retrocedió en el tiempo y en esos micro segundos su "modificación" se transformó convirtiéndolo en un monstruo bajo la piel y que su tiempo transcurriera distinto haciéndolo tener un súper poder o una super maldición. Tenían la misma apariencia, pero no eran nada iguales, Rupert ya no podía seguir siendo llamado un humano y mucho menos luego de tener tentáculos que podrían asesinar a grandes distancias con su ácido letal. A la vista de los humanos el podía ser guapísimo y esa cicatriz le daba el toque de chico malo.

Su tentáculo ya tenía rato esparciendo las esporas, atontaría a los humanos y debía encargarse de que los insensatos de la mesa de al lado le entregaran el paquete para poder cargar la energía de la nave, escapar con Ydregaf y Mojiglif sin ser detectados y continuar su vida radical en otro universo. En cinco segundos las coordenadas se convertirían en una carnicería, Rupert tenía dos opciones participar o ser espectador; de una manera u otra el electrodo diferencial sería suyo. En cualquier caso, tenía su proyector de energía preparado o su favorita la rebanadora láser tenía ya armada una película en su cabeza cuando se percató de algo: el perro había dejado de ladrar.

¿Qué sucedía? Rupert no había anticipado esto, pero si sentía muchísimo miedo proveniente de los almacenes de la pocilga donde estaba. Era una sensación diferente que solo podría ser producida por un Arcángel.

La transformación fue silenciosa, aunque siempre era dolorosa. Cambiar de cuerpo implicaba dejar de caminar sobre cuatro patas y experimentar el dolor que causa el crecimiento de las alas al romper la piel. Los arcángeles no podían pasar desapercibidos, pero era mucho más sencillo cuando de alguna forma podían esconder su olor utilizando el cuerpo de otra especie.

Durante mucho tiempo, Miguel tuvo que soportar las pulgas, los asquerosos mimos provenientes de las manos marchitas de Marlene y un plato de comida seca dos veces al día. Su estado de alerta era permanente, pues debía cumplir su papel de perro al pie de la letra. Un mastín del pirineo de semejante tamaño no podía ser dócil si quería permanecer como perro guardián en un antro como aquel. Es por eso que permanecía encerrado, por suerte sólo tenía que salir de allí cuando Marlene necesitaba echar a algún cliente borracho. Los primeros días estuvo atado a la barra, cansado del hedor, el humo y las caricias de Maribel, quien siempre se acercaba a saludarlo y cada vez lo tocaba más, no como se toca a un perro sino a un hombre. Hasta que se hartó y la mordió. A partir de ese momento –para su tranquilidad– Marlene decidió encerrarlo en el almacén.

Cometió el error de transformarse una primera vez en el bar una noche que creyó que Belcebú estaba en el lugar. El olor a arcángel tardaría en desaparecer y con suerte sólo quedaría un pequeño rastro que con el tiempo podría camuflarse entre el hedor del lugar. De alguna forma sabía que lo que estaba esperando ocurría esa noche. Cuando le perdieron la pista a Belcebú, sabían que había un único lugar al que podría haber huido ¿pero cómo encontrarlo? Esperar era la única opción que tenían.

Inquieto, no paraba de ladrar. Su naturaleza de arcángel se iba perdiendo poco a poco mientras vivía debajo de la piel de perro y le costaba concentrarse. Estaba siempre a la defensiva pero en especial aquella noche, donde estaba seguro de que lo atraparía.

Miguel acaba de abandonar la piel de Rambo y estaba aun aturdido, mantenerse dentro de la piel de otra especia requería una concentración y un esfuerzo inmensurable, algo muy pequeño comparado con el orgullo que sentía por ser el quien capturaría a Belcebu. Consciente de lo que estaba ocurriendo en el bar y del hecho de que su aroma no se iría rápidamente, se dirigió hacia los baños unisex, algo asquerosos para su gusto, pero necesitaba de un sitio en donde analizar la situación y trazar un plan, no quería repetir lo que había ocurrido 20 años antes en el universo c-137, no permitiría que sus acciones volvieran a destruir un planeta, y menos a ser enviado nuevamente como un esclavo de una raza inferior.

Dentro del baño, Yubeilis terminaba su faena, y contemplaba con orgullo lo bien que se veía su amiga sin el exceso de vellos. Miguel al verla, no tuvo otra opción que acabar con ella, no podía permitirse que los humanos revelasen su existencia y mucho menos acelerar el desenlace de la situación que lo ocupaba. Movió rápidamente una de sus alas y se desprendió como si fuese un proyectil, una pluma, de color plateada, y mas afilada que una navaja, directamente hacia el cuello de Yubeilis. La cabeza impacto en el suelo al tiempo que un sonido rompía el silencio.

Rupert había notado la sensación de desespero que se mezclaba con el sabor de una vida extinguirse, volteando su vista hacia el sitio donde antes estuvo Rambo, en ese instante en donde perdió su concentración, sonó un estruendo mientras Belcebu se deslizaba hacia la parte de abajo de la barra, rozando levemente a Fred y Tomas, causando que estos cayeran en en su hombro, mientras Tomas gritaba con todas sus fuerzas el nombre de su difunta madre.

Un proyectil de la escopeta salio disparado atravesando a La Rusa y al Padre Damián, en el momento en que el Padre buscaba en la entrepierna de su amante el fierro invisible que le gustaba tanto, dejando claro que el era la montura y que anhelaba a Maribel. Marlene veía estupefacta su pared a través del agujero carnoso que hacia las veces de túnel, observaba los trozos de carne, entrañas y sangre, que ahora adornaban sus cuadros, allí quedaron sus esperanzas por detener al ladrón, que ella pensaba, le robaría el poco dinero que esa noche había logrado hacer, no estaba consciente. Lo que ocurría allí era algo mucho mas complejo, pero ahora ya no había nada que hacer, su estado de shock la había dejado a merced de la suerte.

En una mesa del bar, la erección de Tito y la dilatación de Natalia, producidas por la excitación de estar en ese lugar tan pecaminoso, se vieron detenidas por el eco del disparo acompañado por una lluvia de sangre que ponía fin a su noche de fantasía. Abrieron sus ojos solo para ver que la mesa de el frente se volteaba al tiempo que Ydregaf y Mojiglif salían corriendo, tirando el electrodo diferencial al suelo, iban metidos dentro de las pieles humanas que torpemente usaban, y casi ininteligible gritaron: ¡allahu akbar!, algo que solo repetían por miedo a perder sus vidas.

Tito y Natalia se escondieron debajo de la mesa, quedando al mismo nivel del torso de Belcebu, el cual se hallaba mirando hacia Rupert quien rápidamente movió uno de sus tentáculos hacia la barra, atravesando la cabeza de Marlene en un angulo de 45° en dirección hacia Belcebu.

Rupert sabia que era algo arriesgado, pero si distraía lo suficiente a Belcebu, El Arkangel que estaba aun escondido podría llamar al 33 Batallón de Arkangeles y el podría huir durante el caos que causarían al llegar. Nunca pensó que volver a su linea temporal seria algo tan divertido, el electro diferencial estaba a unos pocos pasos de el, solo debía pensar bien cual seria su próxima jugada.

Sin dudarlo un segundo, Rupert distrajo lo más que pudo a Belcebú, la cabeza ahora convertida en un mártir de Marlene, fue el objetivo para darle chance a Miguel de acabar de una vez, con esta maldita situación que tenía a todos agonizando del terror. Pero mientras el tiempo pasaba esperando a las fieras convertidas en seres con suma superioridad, se acordó de su miserable vida después del experimento que cambió totalmente su apariencia física.

A decir verdad, a Rupert no le interesaba en lo absoluto, parecer guapísimo delante de los ojos de los humanos, él solo quería largarse a otro universo, otra galaxia, a otra constelación, donde pudiera olvidar su amarga existencia.

Recibir en las coordenadas 42º 23’ 55.39” N; 2º 53’ 03.70” E. al 33 batallón de arcángeles, era la ayuda necesaria que todos buscaban, Miguel para huir de ese asqueroso puticlub, y Rupert para por fin, aprovechar la oportunidad junto a Ydregaf y Mojiglif, tomar la nave, e irse lejos.

Rupert, antes de que el cuerpo de Belcebú le tocara, no tuvo otra opción, que dirigir otro de sus tentáculos, hacia el pecho de los jóvenes Tito y Nalita. Ramón Pavlov Belcebú, era un ser fácil de dominar, a simple vista y de vez en cuando parecía intimidante, pero esta era solo una de sus mil estrategias para contrarrestar al adversario, y le resultaban, había ganado un millón de batallas con seres de otras galaxias, menos con sus peores enemigos: los arcángeles.

Los arcángeles eran perfectos, él no, y Rupert lo sabía, su debilidad era la sangre de humanos, y los cuerpos desmembrados eran sus favoritos. Belcebú es como un perro con un hueso, o un gato con el pescado, al detectar tal olor, es imposible que no se revuelque para complacer a su paladar. Pobre inútil, pensó Rupert.

El plan funcionó, 33 batallón de arcángeles, entró en las coordenadas 42º 23’ 55.39” N; 2º 53’ 03.70” E. Y a primera vista se encontraron con el Comandante en Jefe de las Tropas Libres de Lucifer, pero Rupert se había equivocado, Belcebú no era ningún idiota como pensaba. La sangre de humanos, solo lo entretenían por unos pocos minutos, no por más de media hora, como ya había transcurrido.

Belcebú desde hace mucho tenía un propósito, y quizás este era el momento para cumplir su misión ante el mal: acabar con la multitud de arcángeles. No acababan de percatarse, cuando a espaldas de los arcángeles se encontraban un centenal de demonios, no uno, ni un millón, si no un universo entero.

¡Al diablo! Esto no tiene que ver conmigo ni con ustedes, dijo Rupert refiriéndose a Ydregaf y Mojiglif.
Miguel observaba todo el alboroto, sabía que posiblemente sería su fin y el de su gente. Entonces se dirigió a Rupert diciéndole: váyanse lo más lejos posible, nadie lo notara, ahora no eres el clavo de Belcebú sino mi hermano Gabriel.

Rupert, no podía irse dejando a la suerte a los arcángeles, así que tomó la nave junto a Ydregaf y Mojiglif, y fueron en busca de Rafael, líder principal del 34 batallón de arcángeles. En su intento de regresar a las coordenadas donde se estaba dando la más grandes batalla de la galaxia, no pudieron acercarse tanto como debían.

Un momento antes, y justo en el instante que Belcebú apuntaba con el arma de destrucción masiva al cuello de Gabriel, la guerra química había terminado, resolviendo un gran misterio: Fred y Tomás llegaron a la cima de la barra, provocando una gran implosión, que solo ocasionó la apertura de un agujero negro, el cual consumió todo el lugar.

El final, no lo creo, es el inicio de otra batalla, prontamente saldrá otro líder que será igual o peor que Belcebú, dijo Rupert.

---FIN---



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Gracias por la oportunidad de poder participar en este reto. Un saludo inmenso a todos los ejecutivos de 4cuentos, éxitos!

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¡Gracias a ti @luisangela por la participación!
¡Saludos!

Me encanta esta ficción, los mundos no solo son posibles sino que tambien serán algún día habitables

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Más nos vale que sean habitables en poco tiempo, pues al paso que avanza la destrucción del nuestro...

Una obra maestra, contenta de haber sido parte de esto, ansiosa y a la espera de nuevos retos como este!!!

Felicidades a todos los que son parte de Mundos Posibles, y espero que muchos más se nos unan.

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Gracias por tu participación, fue esplendida y ese talento se nota en tu trayectoria en steemit.
¡Saludos!