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Círculo azul

Había recorrido 52.6 km de la troncal, en sentido sur-oeste, haciendo autostop a algún piadoso conductor que se dignara a detener. Ese fue el comienzo de mi historia en aquella carretera interestatal la cual tuve que recorrer la mayor parte del trayecto, a pie, dado que la mayoría de los aventones fueron cortos, apenas, hasta las afueras de la pequeña localidad agrícola, donde en aquel entonces yo vivía.

Es realmente incómodo caminar bajo el sol estando vestido con un traje de graduación, corbata de puntos y zapatos patentes de cuerina, pues, era el único atuendo formal a mi alcance en ese momento cuando, a solo pocos días, acababa de obtener mi título de ingeniero. A mitad de mañana, iba montado en un camión de legumbres, sentado sobre una caja de madera, la cual era el único atril decente en la parte trasera donde me hicieron un puesto. Me entretuve escuchando hablar a los trabajadores de oficio, quienes sujetos con una sola mano a las sogas de contención, llevaban la mitad del cuerpo fuera del furgón.

Acostumbrados a su rutina, a ellos no les importaba como vestir, no se preocupaban en lo más mínimo por su aspecto. Amarraban sus pantalones a la cintura con una sirga a manera de cinturón, usaban botas plásticas de obrero y camisetas viejas estampadas. Sin embargo, así eran felices, así se ganaban la vida dignamente aquellos hombres del campo y se incorporaban al plano laboral repartiendo el producto de su cosecha a todo lo largo del camino.


Por un momento, me puse en su lugar, los vi tan despreocupados, con el tiempo a su favor, concluí que eran afortunados por tener un modo de vida plácido y tranquilo.


Al fin, en la lejanía, a no menos de dos kilómetros, logré divisar los edificios, las torres, el humo y la polución de la gran ciudad. Ese era mi destino, ya que me habían citado a una entrevista de trabajo en el “Circulo Azul”, una reconocida contratista dedicada a la producción de misceláneos de concreto como: Hormigón, pre-mezclado, morteros, elementos pre fabricados, mamposterías, probetas cilíndricas, etc. Había escuchado decir que la mitad de la ciudad fue construida por aquella fantástica empresa, cuya fama se atribuía a su capacidad de producir en masa cantidades colosales de mezcla de concreto, suficientes como para cubrir la demanda de todas las obras del estado.

Su dueño, un adinerado hombre de negocios que se movía entre los estratos de la alta sociedad, caracterizado por contratar el mínimo recurso humano que le fuera posible. Él confiaba en su fortuna, nada lo derrumbaba ni le hacía comparación, ya que sus equipos de producción continua eran de la más avanzada tecnología, se encargaban de mantener el auge y hacían el trabajo de cien hombres en una faena. Como una especulación, oí decir, que el círculo azul era un esotérico emblema creado por el mismo, el cual, en su simpleza, escondía una razón de ser, un carácter hipnótico que le atribuía poder y fama. Sin embargo, él, por su parte, no era así de enigmático, solo mantenía una actitud hermética, seleccionando exhaustivamente su personal, sin prestar atención a comentarios.

De pronto el camión de hortalizas se detuvo, supuse que para dejar algún cargamento. Era una encrucijada con anaqueles de venta y frigoríficos, pude ver que tenían una diversidad de rubros, entre ellos: Verduras y hortalizas, carne seca, pescado, algo de accesorios para autos, como; fornituras para volantes, aromatizantes, etc. Todo a cielo abierto, eran tarantines improvisados donde hacían parada los camioneros a calmar la sed o a dejar productos. Continué sentado en la furgoneta, como si no pasara nada, hasta que uno de los compañeros de viaje, un obrero, quién tomando los bultos, de a dos, se los montó al hombro como si fueran plumas de ganso, me dijo:

_ ¡Hasta aquí llegamos amigo!, será mejor que empiece a caminar o ¿Tal vez quiera usted trabajar con nosotros?

Luego de darme una amistosa sonrisa, continuó con la descarga.

No sé por qué me pareció sugerente lo que acababa de decir el obrero, fue como una insinuación, nadie mejor que ellos conocía la realidad de la pujante zona a donde me dirigía. Cuando dialogábamos durante el trayecto de carretera, mencionaron lo difícil de conseguir una oportunidad en la ciudad, también hicieron alusión a que muchos se devolvían con las manos vacías y luego fracasados en su intento, se detenían en el crucero a contar su ruin historia.

Vi la kilométrica autopista cubierta por evaporaciones, se perdían de mi vista los espejismos con aspecto acuoso sobre la superficie, ráfagas de calor de no menos de 36 °C atenuaban mi vista de solo intentar mirar. Camiones de carga pesada y extra pesada marcaban las llantas en el asfalto, un olor a goma derretida, pastillas de frenos sobre calentadas y combustible diésel abundaba en el ambiente. Miré a los trabajadores por última vez y me despedí:

_ ¡Hasta la próxima chicos!, gracias por todo, por ahora debo seguir, llegaré hasta el círculo azul


Respondieron:

_ ¿Qué? ¿Círculo azul?... ¡Santo dios!, has dicho “Circulo azul”… o hemos escuchado mal…

_ ¡No vayas!…

¡No presté demasiada atención a su respuesta!, a fin de cuentas, estaba apurado con mucho camino por delante, además, dijeron no haberme escuchado bien y no tenía tiempo para repetir la instantánea. Levanté sobre el hombro, mi mano con la “V”, al tiempo que les di la espalda.

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Seguí la flecha de la señalización de tránsito, tratando de asumir un pensamiento sobrio y optimista. Ahora tenía que preocuparme por el trayecto que restaba, pensé que conseguir otro aventón me sentaría bien, pero, por lo pronto, caminé acorde tratando de no arruinar mi traje. Los primeros cien o doscientos metros, contados desde el crucero, fueron de absoluta normalidad y calma, para tener una idea de la distancia que recorría y sacar cuentas aproximadas de cuanto me faltaría por recorrer, me entretuve contando el metraje a pasos cerrados o guiado por las líneas de demarcación. No así, el tramo subsiguiente, en el cual todo cambió de forma drástica y suspicaz.

El viento empezó a soplar horizontalmente levantando el polvo de la carretera y creando pequeños remolinos, aire denso en una masa caliente que empezó a dispersar partículas por todos lados, obligando a cubrirme la cara. Comenzó ese olor asfixiante proveniente de la distancia, olor a tierra húmeda, a corteza de árbol, el cual me acortaba la respiración y a su vez delataba la proximidad de lluvias.

En cierto modo mi viaje, a pesar de lo improvisado, al hecho de tener que hacer autostop, trasbordo y además viajar en la parte trasera de un camión cargado de legumbres, éste, no había estado del todo mal. De hecho, al principio me pareció muy constructivo el haberme mezclado con aquel grupo de honorables trabajadores e intercambiar. Aun recordaba, las palabras de los obreros y sus consejos. Para mí, esa parada en la encrucijada se transformó como en una especie de señal, la cual me dejaba un aprendizaje y también una advertencia, indudablemente, en lo más profundo de mí, me parecía que marcaba, un antes y un después...


Fue así, el cielo cubierto por una gran nube azulada, grisácea, como un tapiz que cubría el firmamento, un matiz obscuro que solo tenía un nombre, una razón de ser… ¡Agua!.

Hizo su primera descarga eléctrica nítida, cegadora, la cual la vi caer sobre el casco de la ciudad, como se suele decir, en el disonante lenguaje energúmeno y supersticioso; fue como la llegada del demonio a la tierra. Luego otra y otra descarga, con ramificaciones, marañas de rayos que dejaban interpretar su voltaje, su furia.

Y el estrambótico sonido del trueno hurgando en las profundidades de la tierra, acabando con la intriga del ambiente y haciendo temblar todo bajo mis pies, hasta causarme la absoluta petrificación, hasta nublar por completo mi destino con una cortina gris que invisibilizó por completo la distante imagen de la ciudad, dejándome ver solo su reflejo, en el revés de mis párpados cerrados, un circulo azul...


Cántaros de lluvia, aluvión desencadenado cayendo sobre mi humanidad. Las ruedas de los camiones silbaban como trompetas toscas salidas del más allá, las máquinas parecían no tocar el pavimento, monstruosas, cortaban el agua antes de tocarla, diría que más bien, surcaban entre ellas como en un océano y su onda me atrapaba en la centrífuga, me imantaba, me jalaba hacia el centro de la vía como quien tira de un cordón. En tan solo minutos minutos ya estuve desecho, en un plano resbaladizo con camiones anchilargos que se abalanzaban sobre mi, suspicaces, con sus trenes y sus remolques, sus transmisiones, su herraje cilíndrico, con las caras del los chóferes en la ventanilla ulterior, mofándose, con máscaras de payaso diabólico enmarcados en un círculo azul. Todo el movimiento industrial en las afueras de la urbe era un colapso, los vientos desraizaron árboles y varios accidentes se dieron a lugar, fueron las horas más tristes de mi vida, fue jugármelas entre la perdición, el ruido y la desgracia. Como una fatal pesadilla, llegué a pensar que aquel era el día del juicio, era mi fin, mi última visión del mundo antes de culminar informe como una masa de mocos en la cuneta de una autopista. Rayos caían del cielo, incesantes rayos como el fuego en boca de dragón, pensé que uno de ellos me partiría en dos, pensé que ya estaba yo muerto y ahora luchaba por no cruzar las puertas del infierno; estuve sordo, agonizante por tal contaminación sónica, en medio de una escena de horror que me restaba los pasos, que hacía que me pesaran los pies y pensara solo en acabar con todo, pensara solo en volver...


Pero, ¿Volver a dónde?, ¿Cómo hacer para regresar?, los cuatro horizontes eran el diluvio y si por alguna razón, llegaran a fallar mis cálculos, terminaría bajo la rueda de algún camión… La lluvia seguía y me golpeaba, me lanzaba al suelo, era castigo, no me dejaba ver…

¡Que maldita ironía!, mi ropa ya no valía nada y el portador del atuendo, menos, ése, que salió de casa con la esperanza de conseguir empleo, ahora solo era un hombre descompuesto que daba pena, con el agua hasta el cuello, en el lateral de una autopista maldita, en las afueras de un maldito pueblo.

Desanudé la corbata y la lancé lejos, también tiré el saco, el cual solo retenía el agua como si se tratase de una esponja, los zapatos se habían desbaratado al caminar; huir, escapar, agonizar o como quiera que se le llame a lo que yo acababa de hacer. Durante las continuas cuatro horas y media que duró la tormenta, así, quedé caminando yo en calcetines, hasta que éstos también se desvanezcan en mis pies...

Y en mi mente, aquellas voces:

“Hemos escuchado mal”, ¿Qué has dicho…?.

No sé si la vida está llena de pistas, acertijos, que debemos resolver, vericuetos, que debemos salvar…

Continuaban:

¿Qué?, ¡Santo dios!...

Por un infinito instante, las voces de aquellos hombres eran todo para mí, eran una extraña profecía, una maldita leguleya. La decisión que debí tomar y nunca tomé…


Aun las escucho:

¿Círculo azul?, No vayas…


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FIN






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