Otros mares (6 de 6)

in cuento •  20 days ago


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No recuerdo nada importante de la llegada –marismas, terrenos baldíos, basura en las calles, playas, la estatua de un indio con un pez entre las manos–, ni de la instalación en la nueva vivienda. Supongo que vinieron muchos primos y tíos y tías a ayudarnos a descargas las cosas que, después de todo, no eran tantas. En esa primera noche me despertó el sonido de risas escandalosas como campanas de iglesia. Descendí de la cama en un cuarto inmenso, de altísimo techo, caluroso, como quien desciende del puente de un barco a una tierra simple y llanamente desconocida, sin el prestigio siquiera de haber sido prometida de alguna manera, y caminé descalzo por un pasillo en penumbras hacia las voces que se hacían más fuertes con cada paso. Estaban en el porche: un gran corro de familiares, de la mayoría no conocía ni el nombre; algunos los había visto en las breves visitas que habían hecho al Campo; me senté en el piso de la sala oscura, oculto por una de las hojas de la puerta; desde allí los escuché por largo, largo rato, contar historias referidas a gente que yo no sabía quiénes eran, y al parecer muy divertidas porque todos reían de una manera contagiosa. Después de una media hora de estar sentado sobre el duro cemento, me aburrí. Tenía sueño otra vez.

Me levanté y esperé que se me desentumieran las piernas y las nalgas. En un rincón de la enorme sala, sentado en uno de aquellos muebles anaranjados y blancos que habíamos traído con nosotros, se encontraba Alonso. No dio ninguna señal de haberme visto o reconocido, en su rostro, a pesar de las sombras, se adivinaba el rastro de las lágrimas; las saladas fuentes de la desdicha dejaban en sus mejillas surcos sucios y brillantes, igual que en la cara de un niño pequeño y abandonado.

Y esa es la triste verdad. Pero no toda la verdad.

Quisiera contar cómo un mediodía de sol aplastante Alonso se dirigió al puerto de Cumaná. Vio el arribo de los barcos y las maniobras de descarga. Vio a los estibadores sudorosos y a los marineros que salían a buscar cerveza y mujeres en los bares cercanos. Vio la larga fila de hombres, mujeres y niños cargados con todo tipo de bultos esperando las pequeñas embarcaciones que los llevarían a la otra costa del golfo, a Manicuare, Araya, Punta Arenas, lugares de los que había escuchado pero en los que aún no había puesto el pie. Vio los pelícanos en su eterno combate mortal con los peces y las olas. Las nubes pasaron sobre su cabeza y se dispersaron hacia mar afuera, como señalándole un camino. Fue alcanzado y estremecido por esa música misteriosa que trae la brisa marina y en la que es posible identificar, si tenemos suerte, los aromas de islas lejanas (curry, azafrán, pimienta, nuez moscada...), el llamado elemental de potencias subterráneas, voces perdidas que prometen aventuras improbables. Delicias por las que valdría la pena desafiar a la muerte en medio de tempestades.

Y así fue como Alonso se hizo a la mar: en un barco mercante, sin saber nada del oficio, ni dónde quedaba babor y dónde estribor, dispuesto a aprender y soportarlo todo con tal de alejarse de la odiosa ciudad, si es que así podía llamarse el conjunto de casas de tejas y pequeños edificios de tres o cuatro pisos.
¿Qué puertos le esperaban, qué soles o nevadas, ncuáles y cuántas mujeres de cuerpos cálidos y elásticos? ¿Hamburg, New York, Tokyo, San Juan?
Lo veríamos una o dos veces al año, en regresos siempre imprevistos, y en cada vuelta constataríamos los cambios en su aspecto físico y su personalidad con admiración o alarma, según fuera nuestro talante. El muchacho bajo y delgado que había sido dio paso a un fornido individuo (nunca muy alto, es verdad) de músculos de hierro; otro viaje nos lo traería con tatuajes en los brazos y el pecho –una sirena, una rosa de los vientos, una cabeza de dragón de ojos saltones– y una argolla en el lóbulo de la oreja izquierda. En cálidas noches relataría historias espeluznantes de cargamentos prohibidos, que ni siquiera nos atrevíamos a imaginar, y persecuciones de feroces guardacostas en las aguas de países de nombres impronunciables. ¡Con cuánta alegría y temor lo veíamos sortear los arrecifes afilados como cuchillos de Australia, la trampa mortal del Mar de los Sargazos, el aliento de las ballenas que enloquece a los hombres más serenos!

Es triste, ya lo dije, porque nada de eso sucedió. Alonso se quedó en casa. A su debido tiempo fue a la universidad, se graduó, se casó y tuvo hijos. Y eso es, quizás, más triste y lamentable que su fallida historia de amor: la vida sigue y desgasta; se traga a los hermanos mayores, los tritura con suavidad y sin violencia, como lo harían unas encías sin dientes.


Gracias por la visita. Vuelvan cuando quieran.



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Vaya, que manera de imbuirlo a uno en una historia, para luego rematar con ese final... De verdad que resulta sorprendente y lo deja a uno más que pensativo, con una sensación de vacío tremendo...

¡Gracias por compartir esta historia y felicitaciones!

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Estimado @ylich. Estoy muy agradecido por su lectura y comentario, y por el apoyo que significa.
Tengo serios problemas de conexión desde hace tiempo, y muchas veces no respondo cuándo o cómo debiera; por eso quería referirme a un comentario suyo anterior, en mi cuento "De los placeres del mundo". Me complació saber que su madre había cantado en la radio, y que mi cuento había traído hasta usted esa reminicescia personal. Creo que para cualquier escritor encontrar esa respuesta en un lector es especialmente grata; es el momento en el cual el lector se apropia del texto y lo hace suyo.
Saludos.

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