Work in progress: El encuentro (6)

in castellano •  3 months ago


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6

Estacionó su automóvil frente al edificio del periódico, que no era sino una casa refaccionada una y otra vez hasta que sirviera, más o menos, a su objetivo actual. Desde aquellas lejanas décadas en que había servido de casa de habitación a una familia había pasado por muchas transformaciones; lo que, por otra parte, había sido el destino común de la mayoría de las casas de la zona. Los techos goteaban en muchas partes, las cañerías se obstruían con regularidad y la instalación eléctrica resultaba precaria, pero a pesar de todo eso, el periódico seguía apareciendo todos los días, lo que no dejaba de ser un milagro.

La mañana transcurrió sin nada destacable. Su nota sobre la muerte de Julio Maldonado ocupó un pequeño espacio en la penúltima página. Un titular a seis columnas que daba cuenta de un accidente automovilístico en el que perecieron dos familias ocupaba la última. La fotografía que acompañaba la nota registraba el amasijo de hierros y fibra de vidrio. Una cabeza ensangrentada sobre un volante.

En la tarde habló con el comisario Farías, un viejo amigo de la policía judicial, y éste le informó que no había nada nuevo en el caso de Maldonado. Lo único interesante era que el hombre tenía pasaporte español. Doble nacionalidad. Ya lo habían traído a la ciudad y en dos o tres días, cuando terminaran los exámenes forenses, liberarían el cuerpo para que la familia dispusiera de él.

–¿Qué esperanza hay de agarrar al culpable? –preguntó Medina a pesar de que conocía la respuesta.

–No hay que descartar que haya más de uno. En ese caso, serían los culpables. En plural.

–Claro. Los culpables. Entonces, ¿crees que los agarren?

Estaban en una panadería frente a la delegación de la policía judicial, de pie frente a una minúscula mesa de aluminio, redonda y alta. Algunos agentes entraban o salían y saludaban al comisario, que respondía con un movimiento de cabeza. Miró su café y luego a la calle, a través de las puertas de vidrio, por la que solo circulaban automóviles a gran velocidad.

–Tú sabes que si no los agarramos en las primeras cuarenta y ocho horas, después es muy difícil. Tenemos, en promedio, un asesinato diario. Hacemos lo que podemos.

–Entiendo. Así son las cosas. ¿Hablaste con la viuda?

–Esta mañana. Es una muchacha. Menos de treinta años –Farías terminó su café de un trago–. No nos enteramos de nada importante. A lo mejor tú tienes más suerte.

Más tarde fue a la dirección que le había dado la madre de Susana. El barrio era grande y ordenado: una avenida que servía de entrada y salida, y luego calles y veredas. Lo malo era que carecía de señalización. Nada estaba identificado.

Antiguamente, le habían contado, había habido un bosque y un río en este lugar. Aún quedaban rastros de una laguna rodeada de árboles, pero él nunca la había visto. Cuatro de la tarde de un lunes. En las esquinas, desafiando al sol que se acercaba a su punto de mayor reverberación, grupos de adolescentes conversaban y reían de cualquier cosa.

–Eh, muchachos, ¿cómo llego a la calle cuatro?

Uno se adelantó. Negro, de piel brillante, músculos largos y esculpidos bajo la camiseta sin mangas, brazos de basquetbolista.

–Cruce a la derecha en la esquina, hasta llegar a la farmacia. Allí tome otra vez a la derecha. No se puede perder.

La farmacia era un pequeño edificio sitiado: rodeado de rejas metálicas, atendían a los clientes por una pequeña abertura. Sin embargo, esto no había impedido que los asaltaran tres veces en el último año.

A mitad de cuadra apareció la casa que buscaba. La puerta estaba cerrada. Desde el interior del auto la observó. Era como cualquier otra del barrio. Pequeña y sucia; hacía tiempo que las paredes reclamaban una nueva mano de pintura. Durante un instante trató de imaginar la vida que se desarrollaba allí dentro: la cotidianidad de la pareja de nombres aliterados, las lealtades y traiciones que acompañan toda convivencia, las dificultades de cada día. ¿Qué sabía él de aquella gente? Lo poco que le había contado la madre de Susana. Su hija ejerció como enfermera auxiliar en el hospital general. Eso parecía augurar un futuro tan bueno o tan malo como cualquier otro. Era un trabajo digno pero mal pagado, plagado de ingratitudes. Después de un tiempo dejó y pasó por varias ocupaciones, ninguna de los cuales representaba demasiado dinero, aunque sí más que las labores de enfermera, y lograba sostenerse. Durante el último año trabajaba de buhonera. De Julio Maldonado se había enterado aun de menos cosas.



Gracias por la visita. Vuelvan cuando quieran.





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