Desprendimiento - Relato - Parte 1/3
Era un hermoso día; el cielo despejado y el sol radiante. El viento soplaba suavemente y las hojas secas saltaban de un lado a otro. Los árboles seguían llenos de hojas, pero éstas ya se habían teñido de diferentes tonos marrones.
Un lugar humilde y poco conocido era ese; una pequeña estación de tren. La reluciente madera del suelo, los carteles nuevos y las personas esperando el tren daban la clara idea de que todavía estaba muy activa la estación.
Al lugar se acercaban dos personas; un hombre alto vestido completamente de negro con una gorra negra, y una muchacha muy joven vestida de sweater y pantalón azul marino y franela negra. El largo cabello negro de la muchacha ocultaba su consternado rostro, lleno de pavor y timidez.
El hombre, mucho más alto y de más edad que ella, tomaba a la muchacha de la mano, mientras que tenía su otra mano en la espalda de la chica, caminando ella frente a él. Una posición bastante incómoda si se fijaban bien. El problema era que aquel hombre tenía un arma, y apuntaba directamente a la espalda de la chica.
"¿Por qué me traes aquí...? Yo no sé nada de este tren... escúchame... si necesitas algo, lo que sea, podemos hacer un trato... tienes un excelente rehén... en la estación no tenemos permitido dejar morir a un colega" dijo la chica. El hombre acercó su rostro al de ella con una mirada burlona y desafiante. "¿De verdad crees que me voy a tragar ese cuento?... No necesito su dinero. Lo que busco es algo mucho más grande de lo que cualquiera de tus coleguitas me pudieran conseguir... estamos hablando de la suma de dinero más grande que ha visto éste miserable pueblo... y tú me vas a decir cómo salir vivo de allí" dijo el hombre.
Mientras hablaban, pasaron por detrás de las impacientes personas esperando de pie el tren y llegaron a un banquillo de madera casi vacío, en el cual se hallaban dos personas más. Al verlos, la chica entró aún más en pánico, empezando a temblar y ponerse fría.
Tensó su cuerpo lo más que pudo y trató de no mostrar ninguna clase de temor, pues sabía que esa era la peor estrategia para esa clase de criminales; estúpidos y poco racionales. Ella quería hacerles sentir que la voz de la razón les mostraba otro camino; la única leve esperanza de disipar su terquedad.
"No puede ser..." pensó, mientras veía que aquellos dos hombres eran un adulto y un muchacho joven. El hombre adulto vestía de negro por completo igual que el, con la diferencia de tener la cabeza descubierta y notablemente rapada. El chico vestía de pantalones negros y franela manga larga blanca, con otra franela manga corta encima de esa; color negro. Junto con unos enormes audífonos en sus oídos cabello oscuro y hasta el cuello, era inconfundible; era el chico de aquella vez.
El hombre se veía impaciente, el chico se veía serio y resignado a su situación. El hombre que la acompañaba a ella la guio hasta el banquillo y ambos se sentaron. La chica y el chico estaban sentados uno al lado del otro, y los hombres estaban sentados en los extremos del banco, cada uno apuntando su arma en dirección a ellos.
"H-hola" dijo la chica, de inmediato luchando para no tartamudear otra vez. "Hola..." respondió el chico. "¿Cómo te sientes? ¿Estás bien? ¿Te han hecho daño?" preguntó ella, en voz suave, consciente de que la escuchaban, pero sin esperar disgusto por parte de ellos al hacer éstas preguntas. "No, no me han hecho daño..." dijo el chico.
Hubo una pausa con silencio profundo. "Vamos a morir... ¿Verdad?" dijo el chico. "¡N-no! ¡Por supuesto que no!... No creo que los asuntos resulten así hoy... de todas formas, no tenemos forma de saber lo que sucederá. Lo que sí sé es que, si nos quedamos tranquilos y pensamos bien las cosas, todo puede resultar mejor de lo que esperamos. ¿Sí?" dijo ella. "... Sí..." contestó el chico.
El hombre que estaba junto a ella, se acercó y le susurró al oído: "¿Eres Lucy cierto?". Ella, tratando de retener el asco de tener a un hombre como él tan cerca y el fuerte impulso de golpearlo en la cara, le dijo: "...Sí". El hombre, sin cambiar de posición, le dijo: "Sabes que te he traído aquí por el caso de hace un año, ¿verdad? ¿Qué pasó en ese tren aquella noche que tan heroicamente recuperaste a ese chico?... ¿Dónde están las ciento cincuenta personas desaparecidas de aquel viaje?... O, mejor aún... ¿Qué los hizo a ustedes dos ser los únicos sobrevivientes?"
Lucy, con la voz levemente temblorosa, tratando de no dejarse controlar por la ansiedad, dijo: "Sinceramente... no tengo idea". Entonces, tomó un respiro profundo y continuó: "Pero... no creo que vuelva a suceder... de hecho, la persona responsable de los asesinatos, a quien sólo pude ver de lejos... me dejó claro que si volvíamos a entrar... no saldríamos con vida".
"No le puedo decir que no hay tal 'persona'... y todo lo que oímos fue una voz ominosa diciéndonos que nos largásemos y no volviéramos... me diría mentirosa. No puedo creer que éste hombre piense que el dinero o las posesiones de aquella gente sigan en algún lugar del tren..." pensó ella.
El hombre, al parecer un poco intimidado y sin tener respuesta inmediata a aquello, volvió a sentarse a una distancia normal de Lucy, mientras miraba a todas las personas esperando la llegada del tren. "Todavía puedes esperar a otro tren... dejarnos en cualquier sitio y concluir esto de alguna otra manera... aquellos hombres que murieron eran criminales muy bien preparados en un gran grupo... lo que los mató era mucho más fuerte que ellos" dijo ella.
Para la sorpresa de Lucy, el temblor de los rieles interrumpió su conversación mientras las personas se acercaban a la orilla, desesperadas de tanto esperar. Entonces, el tren llegó, sin haber reducido la velocidad, haciendo pasar sus vagones con rapidez para el deslumbre de las personas, mientras las ventanas daban fugaces destellos de luz a la gente, y el viento que producía soplaba fuertemente, agitando la ropa y el cabello de los aguardantes.
El hombre, viendo aquel espectáculo, parecía hipnotizado, deslumbrado y maravillado. Entonces, al ver al tren frenar de manera súbita y violenta justo en el vagón de entrada y abrir sus puertas con rapidez, su rostro serio y pensativo cambió a una sonrisa fascinada. "Vamos a entrar, el tesoro espera" dijo, con una voz más suave.
Entonces, los hombres inmediatamente se pusieron de pie, empujando a los chicos y presionando sus armas contra ellos, sometiéndolos a lo que ellos tenían pensado hacer, que era subir al tren y hurtar su contenido valioso. Al ponerse de pie, todas las personas ya habían entrado y tomado sus asientos. "Si una niñita con ínfulas de policía puede sobrevivir, nosotros no tendremos el más mínimo problema" dijo el hombre
Al irse acercando, el chico tenía la mirada baja, con seriedad y mucha tristeza contenida. La chica, con la cabeza también inclinada hacia el suelo, trataba de seguir mirando al frente con mucho temor. Por primera vez en su vida, sentía que el temor se apoderaba de ella y empezaba a controlarla.
Entonces, lo peor que podía imaginarse sucedió; la confirmación de su destino. Brevemente, Lucy divisó lo que parecía ser ella misma... de pie dentro del tren, mirando hacia el frente, hacia ella, como un espejo. Aquella otra Lucy estaba sonriendo, y su brazo se hallaba completamente sin piel, derramando sangre a borbotones, su rostro y el resto de su piel estaba arrugada, pálida y llena de delgadas aberturas, como si se tratara de papel mojado. Su rostro estaba lleno de sangre y el chico se hallaba detrás, tomándola del otro brazo, con el cabello cubriendo su rostro, haciendo imposible ver su expresión.
Aquella horrible visión se desvaneció, y Lucy inmediatamente se detuvo con fuerza, tensa e inamovible. Todos se detuvieron por ella. "¿Qué te pasa? ¿Te quieres morir o qué? ¡Camina!" dijo el hombre tras de ella. Entonces, respirando con mucha rapidez y el corazón latiendo a gran velocidad, Lucy no pudo más y empezó a jadear y sollozar. "¡No! ¡Por favor! ¡No me lleven ahí! ¡Tengo miedo...! ¡Vamos a morir allí! ¡Se los ruego!" dijo ella, con voz aguda, frágil y temblorosa.
El homb
re la miró alzando las cejas en asombro. "Woooow... ¡la inquebrantable detective Lucy, débil e indefensa!" dijo él. Entonces, él se acercó a ella y subió el arma de su espalda al cuello y le susurró: "Me gusta eso... pero guárdalo para después de terminar aquí, ¿Sí?".
Lucy inhaló con fuerza, tratando de detener los sollozos y estar quieta. Entonces apartó el rostro del hombre en desagrado. El hombre se alejó de ella nuevamente y recuperó su posición original. Luego de unos momentos que parecieron una eternidad de silencio, Lucy retomó el paso y todos caminaron hasta entrar en el vagón del tren.
El chico, viendo las puertas cerrarse frente a él, dijo con voz monótona, deprimente y un poco reflexiva: "No hay vuelta atrás...".
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