El taburete de oro ( 11 )

in #spanish9 years ago

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Pero, tras los setos podados en un actualizado estilo rococó, más allá del pinar que hacía de frontera con el mundo, los afanes y los días sonaban a sirenas desquiciadas cayendo desde azoteas, a latidos desbocados, al ruido multiplicado por infinito que nace de patas de hormigas deshaciendo lentamente el pavimento. Olía a formol y a azufre, a mantequilla rancia y a perfumes baratos sobre pieles desgastadas por la antinatural corona de niebla que descansaba sobre los tejados, a ácido úrico y aceites mil veces utilizados para freír patatas. La ciudad tenía un sombrero que no se quitaba nunca, ni siquiera para saludar a los jirones de esperanza irreductible que asomaban por algunos balcones.

Santi había llegado de tan lejos, que su mirada parecía tener mil años de existencia. El viaje fue la suerte que le tocó cuando nacía, un destino al que nunca quiso calificar, porque al destino no le gusta que lo observen, que lo analicen, que le añadan un apellido, puesto que es modificable a condición de no creer en la omnipotencia de la que presume.

Salió de su aldea con tres amigos, pero sólo él no murió en las fronteras, esos terribles animales mecánicos cuyas fauces nunca se sacian de masticar cuerpos con miedo y lágrimas de la misma substancia de la que está hecha la necesidad. Las fronteras son muy anchas, pueden medir lo mismo que todos los habitantes del pueblo más cercano, puestos uno detrás de otro en dolorosa comitiva que da la bienvenida a los que van a caer en la trampa. La miseria engendra duelos, engaño y muerte, porque así está escrito en una roca guardando su aparente calma.

Los cuatro jóvenes habían comenzado su camino, recordaba Santi, dos horas después de que el sol se escondiera; era una noche cerrada, sin luna, sin estrellas; las nubes, cargadas de buenos augurios, les acompañaron hasta que estuvieron a muchos kilómetros de lo que hasta entonces había sido su casa.

Marcharon por valles y colinas, notando cómo el rostro de la tierra iba cambiando de gesto. Por momentos, mostraba grietas y surcos y cicatrices mal cerradas; a veces era terco y hacía de sibila sin que nadie hubiese formulado una pregunta; en ocasiones, su calma llegaba a ser tan densa que el sistema nervioso se agitaba en temblores de causa desconocida, removiendo todo lo que encontraba en los límites de las formas. Según iban pasando las semanas, menos huellas recorrían el peligroso camino hacia la meta: ocho fueron seis; luego, cuatro, hasta que sólo quedó el dibujo de un paso detrás de otro, cerca los pies o lejos, pero nunca juntos, a no ser en el refugio que Santi hubiera encontrado para pasar la noche.

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En la distancia del tiempo y del espacio que lo separaba de aquella parte de su historia, Santi no recordaba lo que suelen contar las noticias. Ni olas ni frío ni rocas, mucho menos chalecos salvavidas o mantas contra la hipotermia: a él volvían a atravesarle sonidos a hierro forjado en óxido líquido, un espanto de redes de arañas de trampas de luces talladas en plomo y venas secas amarillas, temores absorbidos por la pena de una sombra, asombrada de ver tanto miedo, y un perro -tembloroso por las voces nocturnas de los grandes, los enormes, los gigantes que miran igual que lo hace la locura que olvidó su ser primario-, aullando a la luna, si muere un amigo.

Volvían el hambre y la rabia, el grito de la selva, parecido al canto de un ave ardiendo mil veces por nacer eternamente en el rito de la primera mujer que lloró a sus muertos, y recordaba, como si nunca hubiera existido, la brisa ácida que le hizo entrar en la rueda que gira siempre en la misma dirección, aunque nunca en el mismo lugar.

La película de su viaje, sin obedecer a una línea continua en el tiempo, saltaba por su memoria hacia delante y hacia atrás, como una mariposa desquiciada por las llamas, y volvía a su conciencia en la tenue luz filtrada por la decadencia de las cortinas.

Para salvar el instante de tristeza, quiso recordar el sonido de su propia risa, cuando jugaba en su aldea a ser el más veloz de sus hermanos. Se asomó a la ventana para ver jugar a los niños, pero ya no corrían por las calles, se escondían de sus padres en la monotonía de una pantalla omnipresente, y notó en el pecho una presión que deshizo al salir de casa, dando un portazo.

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Sintió el aire fresco de la noche y caminó sin rumbo por donde se podía, la mayor parte del espacio estaba dedicado a los automóviles, la ciudad era suya, apenas dejaban lugar en las aceras para tiendas y portales y oficinas bancarias. La gente casi no abría la boca, pero un murmullo incesante rellenaba la panza desproporcionada de la ciudad. Estaba en el Paseo de las Delicias. Sonrió, pero cualquiera que hubiese visto ese gesto, habría pensado que aguantaba las lágrimas.


Fotografías propias.

Sort:  

AGHFHFHFH Tnego días sin leerte, Susie, tengo que ponerme al día contigo ;)

jejeje tómalo con calma, que de aquí esto no se va. Gracias por tu visita.

jejejejejeje

Me identifique mucho con esta parte; porque al destino no le gusta que lo observen, que lo analicen, que le añadan un apellido, puesto que es modificable a condición de no creer en la omnipotencia de la que presume. Muy bien escrito! 👍😊😋 Feliz día!

A nosotras nos va a toser el destino. Abrazos, jenny.

Espero que al final, Santi no llegue a la conclusión del desengaño, pues al final suele pasar el frustrante sentimiento de que el paraíso es más una metáfora de la utopía, que una realidad. Me gusta especialmente ese párrafo acerca del destino y 'la condición de no creer en la omnipotencia de la que presume'. Sigue inspirada.

Como los pobres personajes tienen que soportar el día que yo tenga, a saber por lo que me dará. Gracias, juancar, abrazos.

Ja, ja... que no te dé por ser tirana, que no está de moda ni bien visto.

Eso díselo a mi sombra :D

Ego te absolvo, Sombra de susieunderground

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