"Emilia" (capítulo de mi novela)
Escuché ruidos en la cocina, eran las voces de mis amigos y las otras dos chicas. Recordé en que no me había fijado en la hora y cuando lo hice, ya eran más de las 9 de la mañana. Seguro llevaban rato despierto y habían ocupado al cuarto del baño dentro del dormitorio de Fred. La casa de Fred que era realmente un departamento contaba con muchísimo espacio y con muchísimos más lujos como era de esperarse del hijo del dueño de una importante empresa y fábrica de instrumentos musicales. Había conocido a Fred y a Amadeus hace ya unos siete años más o menos por casualidad en el conservatorio musical…
—¡No sabía que cocinabas así de bien, Charlotte!—le escuché exclamar a Deus seguido de una risotada de las cuatro personas presentes en la cocina. Comenzaba a oler a huevos revueltos, a bacon, a salchichas y a pan caliente. El olor a café comenzó a inundar la casa. Las tripas me rugieron. Quería acercarme pero de verdad necesitaba utilizar el baño. Y quería esperar de forma caballerosa a Tiana pero la necesidad era mucho mayor, así que decidí ir hasta el cuarto de Fred y me metí en su baño. Minutos después me encontraba en la cocina y Tiana después y tomamos nuestro desayuno.
El frío de anoche había desaparecido como si fuese una cortina gélida que se levanta para dar paso a una necesaria mañana cálida. Ya a casi las diez de la mañana, el sol irradiaba borrando a toda huella del frío de ayer. Durante el desayuno, noté a los ojos inquisitivos de Canela sobre todos nosotros. Realmente anoche no me había puesto a mirarla como se debía. Era una chica bajita de cabello corto y teñido de alguna tonalidad de rosado que no lograba atinar. Siempre he sido malísimo con los colores. Algunas veces me lo han achacado por ser hombre, sin embargo, es un estereotipo injustificado. Prosiguiendo con la descripción, su piel estaba ligeramente bronceada y tenía dos ojos grandes y negros. Me pareció haberlos visto de otro color, de uno artificial cuando veníamos a casa. Quizá se trataba de lentes de contacto. En cualquier caso, Canela tenía un aspecto que daba reminiscencia a una muñeca con estilo rockero. Y también era muy guapa. Y aunque a pesar de sus ojos inquisitivos resultó ser bastante cariñosa con Fred, a quien no dejaba de hacerle ojitos ni mimos en el cabello de vez en cuando.
—¿Y anoche qué fue lo que te pidió el gobernador?—Preguntó Deus.
—¡Ah, sí! Había olvidado que el gordo aquel lo mandó a llamar—agregó rápidamente Fred.
—¿Te llamó el gobernador?—preguntó Tiana asombrada—debió haberle gustado mucho tu forma de tocar.
—O quizá sólo le ha reclamado por hacerlo mal. Horrible. Intolerable como sus políticas—agregó Deus.
—Me ha pedido que sea el instructor personal de su hija—respondí mientras tomaba un sorbo de mi taza de café.
—¿Y eso es bueno, no?—preguntó Charlotte con los ojos puesto sobre los huevos que quedaban.
—Seguramente sí—respondí.
—¿”seguramente”?—Intervino Canela.—Quizá eso signifique un impulso para tu carrera. Quién sabe qué puedas sacar de él. Mucho se habla de su corrupción como político aunque no se ha podido probar nada—seguía mientras pasaba el tenedor por unas fresas con crema que tenía sobre la mesa—Pero quién sabe si incluso llegas a sacar tal provecho que hasta podrías comenzar una carrera como solista.—Canela llevó una fresa con crema hasta su boca. «Qué sabrá ésta chica desconocida sobre mi carrera» pensaba para mí mismo. La miraba comer las fresas y volví a tomar café.
—¿Y a todas estas qué le dijiste?—preguntó finalmente Fred.
—Le he dicho que sí.—puse la taza vacía sobre la mesa queriendo lograr así un tono dramático. Noté que Canela se reía tímidamente como habiendo notado mi gesto. Las otras dos chicas ni mis amigos parecían haber reparado en esto.
—Ajá. ¿Y cuándo comienzas?—preguntó Tiana.
—El martes, creo. Debo revisar las instrucciones que me dieron.
—Su hija es esa Emilia Lyotard, ¿no es verdad?—preguntó Charlotte y asentí con la cabeza.—Es una chica muy hermosa y de una apariencia bastante singular.
—Es una chica extraña, pero no tan extraña como rica y mimada—comentó Canela quien parecía conocerla. Comenzó entonces a sentirse un agradable aroma a madera y a nuez moscada en el ambiente. Nadie dijo nada sobre esto. Pensé que Fred había colocado una vela aromática o algo similar. El aroma no duró mucho tampoco y no se sentía artificial. Era casi como estar en un bosque lleno de pinos, o al menos lo fue por un minuto.
—No la conozco. Supongo que es así. Después de todo si algo es cierto es que es muy rica—le respondí a Canela quien se comía la última fresa. Luego Amadeus cambió la temática de la conversación y la dirigió a series y películas. Media hora más tarde después de que Tiana y yo fregásemos los platos y recogiéramos la mesa, nos despedimos todos, las chicas y nosotros. Canela y Charlotte le dieron sus números a Fred y a Deus. Tiana no me entregó nada, tampoco le pedí ni su dirección ni su número telefónico.
—Tocas demasiado bien. Tanto que logras enternecer si eso quieres. Logras también asustar y hacer llorar a las personas si eso es lo que deseas tan sólo con tu música. Eso significa que tienes una música que es más fuerte y más duradera que el hierro—me comentó Tiana en privado. Me le quedé mirando. Había algo de cansancio físico en sus ojos y me vi en los de ella, yo estaba muchísimo peor. —Tu música a diferencia del hierro, no se oxidará y durará para siempre. Quizá nos volvamos a ver. Suelo frecuentar pubs y sitios en donde se reúnen tantos músicos
—dijo, me dio un abrazo. Besé su mejilla y nos despedimos. Sentí como si hubiese querido decirme todo eso desde algún tiempo. Entonces comprendí que seguramente la volvería a ver.
También me despedí de Fred y de Amadeus con nuestro saludo-despedida habitual que consistía en una serie de movimientos con las manos que recordaba a esos juegos de niños en las escuelas. Charlotte y Canela que aún no se habían ido se rieron. N os despedimos finalmente.
Llegó el día en que debía verme finalmente con Emilia Lyotard en la casa del gobernador. Llamé hasta su residencia la noche anterior y me atendió uno de los trabajadores.
—Buenas noches, residencia del señor gobernador Lyotard—dijo una voz masculina muy grave detrás de la línea.
—Tenga buenas noches. Mi nombre es Jerome Scheffer—respondí.—Hubo un silencio en la línea dos segundos y proseguí:—la otra noche, el gobernador me encargó que fuese el instructor personal de piano de su hija, Emilia. Y deseo confirmar mi asistencia mañana a las cinco de la tarde.—Siguió el silencio del otro lado de la línea telefónica, entonces escuché que revisaba el hombre revisaba algunos papeles.
—¡Ah! Cierto. Señor Scheffer, un placer saludarlo—dijo aquel hombre con un tono muy amable.—El señor gobernador me avisó. De hecho, estábamos esperando su llamada. Por favor, ¿podría ser tan amable de indicarme la dirección de su residencia?
—¿Y eso como para qué?
—Es para que mañana lo vayan a recoger algunos de los empleados. La cita como usted dijo será a las cinco de la tarde—puntualizó el sujeto. Yo asentí desde mi lado de la línea. —Si se encuentra cerca podrían pasar a recogerlo media hora antes. ¿Se encuentra en la ciudad, no es así?
—Sí. Estoy hospedado en el hotel “La cuerda de oro”. Según la dirección que me entregó el mismo gobernador, estoy ubicado al otro lado de la ciudad. Así que creo que podrían pasar por mí mañana a las cuatro de la tarde.
—Por supuesto señor Scheffer. Así será—Nos despedimos amablemente.
Al día siguiente me fue a buscar un hombre en una limosina. Supongo que era de esperarse y esto hizo que me sintiera sumamente importante. Sin embargo, era algo a lo que quizá no lograría acostumbrarme. El hombre de la limosina era un hombre mayor y encorvado. Estaba vestido de traje con el símbolo de los tres lirios bordados justamente en el corazón. A pesar de su apariencia de alfeñique, el señor contaba con un vozarrón envidiable que noté cuando me saludó y se presentó como Rommel, chófer del mismísimo Albert Lyotard. Subí al vehículo. Hablé muy poco con Rommel durante los cuarentainueve minutos de recorrido debido al tráfico del centro de la ciudad. Llegamos a la residencia del gobernador y el chófer me abrió la puerta. En la entrada estaba una de las criadas esperando. Cargaba un delantal de sirvienta y toda la indumentaria típica de la servidumbre femenina, sin embargo, su tez era completamente lozana y su cabello estaba bien cuidado. Era largo y de color rubio platinado. Sus rasgos eran delicados. Su cabello me recordaba al de Amadeus, aunque los rasgos de mi amigo eran mucho más afilados. Seguramente como él, eran de Arianos, ya que se dice que todas las personas con el cabello rubio platinado vienen de allá.
—Tenga muy buenas tardes señor Scheffer. Mi nombre es Cornelia, soy criada de la señorita Emilia.—Me saludó inclinando la cabeza.
—Muy buenas tardes, Cornelia. Soy Jerome—saludé. Cornelia me invitó a pasar y recorrí el jardín principal unos momentos con la mirada. Los atavíos del jardín eran monumentalmente hermosos y rayaban en el más ostentoso barroco. Pude observar a las figuras de animales imponentes a la distancia esculpidos en mármol y en otras piedras, algunos en simplemente hojas. En ese enorme zoológico inanimado habitaban quimeras de piedra y una hidra de mármol, como un león y un lobo hecho de hojas. Seguramente habría más. No apartaba la vista de mi alrededor. También había muchísimos empleados trabajando solamente en el jardín a estas horas y no en la mañana. Cornelia resultó ser una compañera bastante taciturna, sin embargo, era su deber. Entramos a la casa y le entregué mi abrigo de color verde oscuro. Había decidido ir de traje también de verde oscuro y con una camisa de una tonalidad más clara de verde pero sin corbata ni moño. —Venga conmigo hasta el cuarto de instrumentos—me señaló Cornelia caminando delante de mí cuatro pasos. La seguí. El piso era de madera y estaba tapizado con la temática nacional. Es decir, los tres lirios, la quimera y la lanza. Había olvidado el significado de los últimos dos, pero los tres lirios simbolizaban a las tres casas más importantes que había tenido este país y de la cual solamente quedaba una sola. Pero eso ya había sido hace tanto tiempo que más bien parecía un cuento digno de nuestra mitología que un hecho histórico. De hecho, muchos historiadores dudaban de la veracidad de muchas de estas historias.
Finalmente entramos en un cuarto detrás de una puerta de caoba pintada de color beige. Dentro había muchísimos instrumentos en círculo, y desde el sentido del reloj: un chelo, violines, guitarras acústicas y eléctricas; instrumentos de viento tales como trompetas, clarinetes, flautas dulces, traversales y de pan yacían guindadas en las paredes; había una batería a las seis en punto y a las seis y cuarto unos bongos, mientras que un xilófono estaba ubicado a las diez y quince. Miré hacia atrás, y a las doce en punto estaba colgado un hermoso laúd, justamente sobre la puerta. En el medio estaba un hermoso piano negro de la empresa rival del padre de Fred. Sus teclas eran de marfil. La empresa del padre de mi amigo jamás hacía daño a los animales.
—La señorita Emilia ya viene. Por favor, espérela aquí—dijo Cornelia sacándome de mi trance. Para un músico, ver a tantos instrumentos reunidos así sería comparable a tantas cosas maravillosas, como reunirse en el cielo con todos tus seres queridos. O quizá al abrazo tierno y cálido de tus padres. O al beso sincero y a la sensibilidad de una mujer que te ama. No sabría describirlo, pero este cuarto era fantástico y me impulsaba a querer tocar. Me senté en el piano después de decirle a Cornelia que esperaría. Comencé a posar mis dedos sobre las teclas y saqué unas cuantas notas. No aguanté y me puse a tocar un nocturno de Chopin. Mi mente ya estaba balanceándose a través de las notas como si estuviera en una montaña rusa. En ese punto era difícil dejar de tocar…
—Veo que te estás entreteniendo bastante, Jerome—dijo una voz femenina detrás de mi hombro, casi sobre mi oreja. El aliento me llegó y era dulce y cálido como un beso dado por una mujer a la cual amas. Era Emilia.—O quizá debería llamarte maestro, instructor, sensei… no sé cuál prefieras.
—Hola Emilia—la saludé dejando de tocar sutilmente para que las notas no acabaran de manera brusca. Eso no me gustaba, era como apartar sin delicadeza a tu amada de tus brazos. Y yo respeto muchísimo a la música y a los pianos como para hacer eso. —Puedes decirme como prefieras. Aunque yo personalmente prefiero que me digas sensei debido al toque oriental que tanto me gusta—comenté.
—Está bien, Sensei Jerome. Espero por favor disculpe mi demora…
—Anda, puedes tutearme.
—Qué alivio. La cordialidad me tiene ya bastante cansada—dijo sentándose conmigo frente al piano. Podía ver que sus ojos grises estaban fijos en las teclas. —Eso que tocabas era un nocturno de Chopin, ¿no es verdad?
—Sí, así era.
—¿Te has detenido porque he entrado yo?
—Eso es correcto.
—Entonces deberé sentirme mal. Quizá debí esperar a que terminaras, Jerome.—comenzó a tocar notas al azar en el piano.
—No. No me molesta. Siempre puedo tocar esa pieza cuando quiera. Además, recuerda que estoy aquí para enseñarte, no para que me escuches más de la cuenta.—Emilia esbozó una sonrisa que pude apreciar desde el borde convexo de sus labios pues aún no me dirigía la mirada. Seguía extrañamente cautivada por el piano.
—He tenido instructores que han sido demasiado virtuosos y grandiosos para mí, todos unos insufribles.—Dijo mirándome finalmente.
—¿Y han sido todos pianistas?
—No. No todos lo han sido. Eran de otros instrumentos, otros eran profesores de piano.—se levantó y comenzó a recorrer el cuarto hasta llegar al chelo.—Aprendí a tocar este instrumento no gracias a mi instructor quien era demasiado bueno para mí—agregó.—Sin embargo, el instrumento que mejor toco es el harpa. También me han dicho que canto muchísimo mejor de lo que toco. Después de todo soy soprano.—Agregó con un tono de orgullo en su voz. Su apariencia era delicada y cuando caminaba de un instrumento al otro parecía que tintineaba sobre el suelo como un querubín.
—Los músicos de conservatorio por lo regular son los más obstinados y castrantes que podrías concebir. Es natural. Supongo que la academia amarga a las personas muy a pesar de su talento musical y artístico—agregué aún sentado sólo que dándole la espalda al piano. Emilia regresó y tomó asiento. Le pedí que tocara la escala musical y lo hizo. Luego, le pedí que tocara una sencilla canción de niños. Frunció el entrecejo mientras miraba a las teclas y a la partitura. Parecía que estaba imaginando algo. Comenzó a tocar haciéndolo muy bien, sin cometer ni un único error. La felicité. Ella agradeció.
—¿Cantas, Jerome?
—Soy barítono, pero cantar no se me da muy bien. Al menos no mientras toco el piano. Se me da mejor cuando toco con la guitarra, pero ya desde hace bastante que no toco una guitarra ni mucho menos canto—le especifiqué.
—Eres muy elegante al hablar. Si fueras escritor, serías un romántico de esos que ponen énfasis en cada detalle por más mínimo que sea.—puntualizó.
—¿Qué te parece si toco algo y tú cantas?
—¿Y qué sería eso? Debe ser una canción que yo conozca y que tú puedas tocar.
—Tienes razón—dije encogiéndome de hombros.—¿Qué te parece la canción de “Laurant” el héroe?—le dije con soltura. Era una canción que le cantaban a los niños para inspirarlos a hacer buenas cosas como hizo Laurant en su travesía para convertirse en un héroe y para salvar al país de una catástrofe hace siglos. Los ojos de Emilia se iluminaron como si dos fuegos grisáceos aparecieran en sus ojos. Me recordaba a la última vez que logré mirar a la aurora en compañía de mi padre.
—¿Me crees si te digo que a veces tarareo esa canción cuando estoy aburrida, Jerome?—Comentó Emilia quien comenzó a hacer cortos ejercicios con la voz. Esbocé una sonrisa, estiré los dedos y los coloqué sobre las teclas para comenzar a tocar.
Los pasos del héroe se convierten
en la canción de una plegaria
sus ojos de azul de encienden
y caen tristes como la lluvia
que se dice que jamás llegaría
Los pasos de los niños perdidos
Fueron convertidos en una canción triste
cuya plegaria llegó a un corazón de alas fuego
Y siguió cantando toda la canción sin detenerse. Sus ojos estaban fijos en el horizonte que se dice que Laurant, el héroe, recorrió hasta llegar al final del arcoíris en donde lo aguardaban las bestias sombrías que habían secuestrado a los niños. Sin embargo, durante los momentos en que Emilia cantaba, comencé a sentir algo en el ambiente, algo muy familiar, una sensación como si su voz se escuchara desde todas direcciones. Y no me mal interpreten, no era incómodo. De la manera más exacta en que podría describir tal sensación, es como si encontrase atrapado dentro de su garganta y entonces comenzara a cantar. No había espacio ni lugar posible en el universo en donde pudiera escapar de su voz ni de su presencia. El canto y la música entonces cesaron. La garganta de Emilia comenzó a descansar y tomó una profunda bocanada de aire. Miré a sus pestañas las cuales se veían tan largas como las alas de dos mariposas que se hubieran posado sobre sus ojos.
—¿He estado bien, Jerome?
—Sí que lo has estado—confesé. Emilia se volvió a levantar y comenzó a recorrer el cuarto hacia una pared y señaló a un cuadro enorme en el cual no había puesto mi atención. Es decir, sabía que estaba allí pero no lo había detallado en lo más mínimo. Me levanté y la acompañé. Emilia olía muy bien, muy dulce. Señaló con un dedo a la imagen de la mujer que sostenía a un hombre herido entre sus brazos. —Es un cuadro poco significativo para mí. Mi padre me lo regaló hace algún tiempo y decidí que lo pusieran dentro de este cuarto. Todo lo que está aquí dentro es de mi propiedad exclusivamente. Me refiero a los instrumentos—comenzó a señalarlos— y a los libros que están en esa repisa. Naturalmente poseo más libros pero están en mi dormitorio. Se me había olvidado decirlo, espero que no sea muy tarde: ojalá Cornelia se haya portado muy bien contigo.
—Ha sido muy buena y también bastante callada—señalicé. Aquel sentimiento universal había casi desaparecido.
—Qué bueno. Me alegra bastante—dijo algo distante sin apartar la mirada del cuadro.—No soy para nada religiosa. ¿Y tú?
—Tampoco lo soy.
—¿Tienes alguna relación con Dios?—Recordé que su padre me había hecho exactamente la misma pregunta la noche en que me llamó.
—Una muy mala.
—Entonces no crees en Dios.
—No como creen en Él convencionalmente.
—Explícate—dijo colocando sus ojos en mí. Sus pestañas estaban más pequeñas que hace un rato.
—Pienso en Dios como en una existencia tan grande, tan poderosa, tan sutil que jamás podríamos saber si de verdad existe. Quizá porque estaría más allá de nuestra comprensión, quizá porque estaría más allá de nuestros conocimientos hasta el momento.
—¿Y qué pasaría si de verdad no existiera y lo supiéramos?
—Los seres humanos terminaríamos creando otro indefectiblemente.
—Dios responde a nuestro anhelo de eternidad. Aunque parajódicamente, la eternidad fue el regalo de un sabio antiguo y no de ningún dios—señaló Emilia y su voz se volvió a llenar de orgullo. Recordé aquella historia que no era infantil sino parte de la filosofía, aunque por supuesto, tenía detrás de sí misma a un origen mitológico que comencé a recapitular en mi mente.
—La eternidad para los seres humanos ha sido el regalo más maravilloso que hayamos podido obtener, y sólo lo hemos podido apreciar después del primer regalo que fue el fuego del conocimiento. La historia clásica nos enseña que los seres humanos de hecho recibimos tres regalos: el primero fue la inteligencia, el segundo fue la palabra, y el tercero fue la eternidad.
—Pero el tercero—intervino Emilia—resulta ser el hijo único de los dos primeros. Cuando la inteligencia y la palabra se unieron como en un matrimonio de hombre y mujer, tuvieron como hijo único a la eternidad. La eternidad entonces nos regaló al arte en forma de pintura, en forma de música y en forma de poesía. Ahí es donde quería llegar, Jerome. Basta de esta charla teológica—apuntó. Me preguntaba a qué quería llegar exactamente. Su voz no exigía nada ni tenía ni un solo ápice de irritación. Si debo describirla sería como la de una niña alegre que habla sobre las cosas que quiere para navidad. —Soy más romántica, más del arte. Creo que el arte trasciende a las barreras humanas que se establecen sólo a través de lo feo y de lo bello. Y de lo bello y lo sublime. —Asentí con la cabeza. Emilia se trataba de una muchacha muy inteligente. O quizá no sólo era eso. No sólo era que había tenido una buena educación en escuelas caras y en una universidad privada, se trataba de alguien que quería decirme algo. Me quedé mirándola. Sentí que el ambiente se llenaba otra vez de su presencia. El cuarto por cierto comenzó a cobrar una iluminación purpurea parecida al cielo crepuscular. Era nuevamente tan familiar esta sensación.
—Emilia—hablé y ella se me quedó mirando atentamente.—¿Ya me recuerdas—
—No…—respondió ella secamente y con curiosidad en la mirada. Esa sensación iba creciendo muy, muy lentamente. —¿Quisieras apreciarme un momento?—dijo con una voz tan calmada que me sentí tan quedo. Entonces comenzó a quitarse la ropa.