Wendigo
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Se incorporó de un salto, con el pulso tan acelerado que parecía estar a punto de estallarle la sangre en sus venas. Hacía años que no tenía pesadilla alguna. Había creído ingenuamente que ello era cosa del pasado, que no hallaría más motivo para regresar a la intranquilidad de un atormentado subconsciente; y, sin embargo, era justo ahí donde se encontraba, siendo arrastrado de vuelta por las garras de un ser devastador. O, ¿estaba jugando con su mente, en verdad? Él ya no estaba seguro de nada.
Las olas de turbio escarlata, los cuerpos inertes, las letales astas de un ciervo azabache; todas aquellas imágenes se difuminaban y mezclaban en su mente de manera tan nítida que le resultaba imposible ignorarlas, persiguiéndolo cual perturbadora sentencia. Mas no se trataba de una sentencia de muerte, sino de la rotunda aseveración de su inminente 𝘱𝘰𝘳𝘷𝘦𝘯𝘪𝘳. Ineludible. Tan factual como la gravedad misma.
Estaba 𝑒́𝑙, con su piel ceñida a los huesos y su rostro carente de toda expresión, de toda humanidad; con garras y astas afiladas que asemejaban mortíferas lanzas de obsidiana, y su elegante porte lúgubre de siempre. Lo observaba con sus orbes pálidos, mismos que parecían penetrar en su mente y en su alma, devorándolo todo a su paso cual siniestro predador, de la misma manera en que había hecho desde el primer día. Una imagen que conocía bien. Ahora, no le temía; sabía quién era aquel espectro y de dónde había venido. Lo que realmente le asustaba era percatarse de la serenidad que él mismo experimentaba al estar en presencia de la criatura.
Nunca debió pisar ese bosque. Tantos errores había cometido ya en su vida que su osadía por ignorar su propio sentido común se le antojaba absurda. Pero su razón se había extraviado desde hacía algún tiempo ya, cuando esos ojos ámbar traspasaron su mente la tarde en que lo conoció, halando así las cuerdas de su mesmerizado subconsciente. De haberlo sabido entonces, ¿habría sido capaz de evitarlo?
Cuando la policía encontró el cuerpo de su esposa, supo que la trágica narrativa de su existencia había alcanzado su 𝘤𝘳𝘦𝘴𝘤𝘦𝘯𝘥𝘰. Extremidades fusionadas con la naturaleza que le envolvía, su torso abierto como una rosa fresca, un meticuloso vacío de carne donde su corazón habría palpitado antes. Una mórbida escultura que inmortalizaba en la muerte misma aquello que tanto había amado. Una pieza más en el rompecabezas. Habían reconocido la brutalidad y el impecable detalle del crimen como otra víctima más de una bestia anónima. No necesitó del frívolo veredicto de la policía para saber la causa de su luto.
Llenaba su pecho ─en su distante consciente─ de desesperación y pánico verse a sí mismo siendo un entusiasta partícipe del festín; degustando la jugosa carne todavía palpitante, desgarrando la tersa piel nívea y disfrutando igualmente la impúdica sensación de la sangre que salpicaba su rostro, el sabor metálico en su boca resultaba adictivo. Una escena de grotesca vorágine, el horror 𝘴𝘶𝘣𝘭𝘪𝘮𝘦 del acto, la redención y la transformación. El imperante llamado de un cruel destino.
Se arrastró a trompicones fuera de la cama, con el ácido malestar de la náusea volcando su estómago. Las imágenes persistían, frescas y vivas en su mente, tras sus párpados. Sentía como si aún tratase de engullir el último jirón de carne, obstruyéndole la garganta y provocándole arcadas de forma instintiva. Apenas hubo alcanzado el retrete en el baño, al otro lado del pasillo, despotricó allí los vestigios de una elaborada cena que parecía luchar por quedarse en sus entrañas, penosamente. Los tremores se propagaron de sus brazos y abdomen al resto de su cuerpo; no se trataba de una convulsión ─no había sido atacado por éstas desde que comenzó con su terapia─ pero lo sentía igualmente incontrolable.
El agrio sabor de la bilis sustituyó en su lengua el fantasma dulzón de aquel líquido espeso, haciéndole torcer el gesto con asco renovado. Por mucho, eso era mejor que su pesadilla, de todas formas. Tan pronto se sintió capaz de erguirse de nueva cuenta, se dirigió entonces al pulcro lavabo de cerámica para enjuagarse de la boca los residuos de su conmoción. Se frotó la cara con tal ímpetu que daría la impresión de querer arrancarse de la piel la ilusión de las salpicaduras escarlata.
Los sueños se fundían con sus memorias. En sus últimos hilachos de cordura, la realidad se volvía una abstracta nebulosa a sus ojos, mientras que el onírico tormento en su cabeza parecía tornarse cada vez más palpable. Indiscernible. La criatura se había apoderado de su razón de la manera más perfecta y taimada, nublando su visión y moldeando un nuevo cosmos a su antojo con el simple arrullo de sus palabras.
Inevitable. Cuán risible le parecía la situación si acaso se permitía pensar en ello lo suficiente. Bastó tan sólo la sagaz retórica de aquel hombre para convencerle de que había perdido la cabeza, sucumbiendo así a los impulsos del sombrío espectro que le consumía por dentro. Quien había creído su confidente y aliado finalmente había demostrado su verdadera naturaleza. 𝐸́𝑙 se la había llevado.
La cínica confesión de esa tarde en el bosque, tras un par de inofensivas cervezas compartidas, le hizo sentir como el señuelo de una orquestada cacería. Fue su traición, el imperdonable engaño, lo que hubo despertado el hambre en sus entrañas; la bestia que superaba al cazador. Y ambos habían pagado el precio. Sus nombres habían sido recitados al viento, atrayéndoles a su trampa.
Sus pies apenas le sostenían, descalzo sobre el frío linóleo. No se atrevía a elevar la tormentosa mirada que contenían sus ojos hacia el espejo frente a sí, temiendo que el reflejo que en éste percibiese no fuera precisamente el suyo, sino el de aquel monstruo al que tan bien había aprendido a odiar..., y a aceptar. ¿Qué tan loco debía estar para ser capaz de cohabitar con el ente que le hubo devastado de tal forma, quien le arrebató todo lo que amaba y lo llevó al borde del acantilado? Si miraba dentro de sus propios ojos, sabía que encontraría la respuesta. Se había perdido. Lo había dejado ganar a 𝑒́𝑙. ¿Por qué lo hizo?
. . . ¿𝑌 𝑝𝑜𝑟 𝑞𝑢𝑒́ 𝑛𝑜?
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