La mudanza del amor
Era mi primera mudanza y esperaba que fuese la última. Tú ya no estabas. Ordenaba las cajas para la mudanza en función de los elementos comunes. Las camisetas, las camisas, los pantalones cortos, los pantalones largos, los calcetines, los calzoncillos, los libros de filosofía, los de historia, los de antropología social, las novelas, las revistas…; toda mi vida en su orden y clasificación. Las numeraba y las apuntaba en la tabla que había creado en mi portátil.
Tenía la sensación de que cada caja era un ladrillo de un muro que se había caído y que tendría que volver a recomponer, como esos gigantes monumentos que trasladan de un lugar a otro, para luego reconstruirlos pieza a pieza.
Sí, sé que te irritaba mi tendencia al orden, a la meticulosidad y mi detallismo. Decías que tenía un pequeño trastorno compulsivo, que te irritaba y que muchas veces te sacaba de quicio, pero ese orden me aportaba y me aporta sosiego.
Dejaba atrás lo conocido, lo que formó parte de mi vida hasta ayer. Tenía la sensación de que mi pasado se borraba como las huellas que dejamos al caminar por la orilla de una playa, en el que el mar barre y las hace desaparecer para siempre.
Dejé para el final nuestras antiguas fotografías, aquellas que nos sacábamos en los países a los que viajamos, Francia, Rusia, Argentina, Perú, Portugal, Italia, Brasil, Alemania, Turquía, Túnez, el Sahara, Madagascar…, y la increíble ruta 66. ¿Te acuerdas? Un viaje inolvidable e increíble que quiero volver a realizar con Mateo cuando acabe sus estudios.
Después me puse a ordenar la última caja, la de tus cartas, las ordené por orden cronológico. Las primeras, las que nos envíanos cuando estamos forjando, a fuego lento, nuestro amor, cartas del verano del 82, del 83, del 84 y las de los años siguientes, todas llenas de complicidades y de amor mutuo. Abrí la primera del verano del 82, fechada en 16 de julio. La leí, me estremecí y no pude impedir llorar. Me senté en el suelo y recorrí con mi dedo índice cada trazo, cada palabra de tu carta hasta que llegué a tu firma y ahí me quedé. Aquella firma de trazo azul-borroso, que, quizás, se había escapado de un bic de media tinta, mordido su caparazón y casi sin su cuerno de añil. Allí estabas, en tu firma, como siempre habías estado, esta vez sin poder escaparte, como lo hiciste aquel verano de mentiras y desencuentros. Entonces recordé nuestro amor, aquel amor apasionado que nos hacía volar, que nos hacía tan felices y que nos llenaba de un gozo que jamás he vuelto a sentir y no estoy seguro si lo volveré a experimentar porque te amé con locura.
Me levanté y guardé tus cartas y tus fotografías en sus cajas respectivas, esperando recomponer un nuevo castillo con o sin princesa a la que intentar volver a amar.
Fuente de la imagen: Pixabay y @talentclub
