Por un polvo mal echado
Hoy he sentido más necesidad que nunca de escribir,
y ha sido por ella.
Ni siquiera sé (ya) quién es,
pero no ha dejado de mirarme en ningún momento.
Sus pupilas parecían imanes,
y pedían socorro;
como si tuviera una pistola en la espalda
-escondida-
obligándola a (man)tener la boca cerrada.
Pero no lo estaba:
El labio le temblaba,
y me he tocado mi propia boca.
Nada.
Tenía el pelo estropeado,
como si acabara de perder la virginidad
y el orgullo
y la dignidad
y el apetito
y la vida
y un amigo
por un polvo mal echado
en el asiento trasero del coche.
Ella no dejaba de llorar,
y a mí me escocían los ojos.
¿Por qué no me dejaría tocarla?
Quisiera decirle que todo irá bien
o no tan mal,
y que hay otras formas de gravedad
que no implican otra boca.
Quisiera decirle que deje de morderse los dedos
-tiene unas manos preciosas-
pero tengo las manos manchadas de sangre
y la escena del crimen
está cubierta de mis huellas.
Pero ella.
Ella parece preferir suicidarse
antes de ser condenada a algo
un poco más injusto
que la muerte.
En perpetua, sí,
parece que no puede salir
de sí misma.
Para despertar, esta vez,
va a necesitar más que una cerilla
y un bidón de gasolina.
Hoy he sentido más necesidad que nunca de escribir,
y más necesidad que nunca de gritar a una des-conocida
“¿tú quién coño te crees que eres?”
y “tú quién coño te crees que eres?” -repitió ella.
Cuarenta y ocho horas en total
estuve así, mirándola
mientras ella miraba al vacío
con la mirada fija en mí.
Jamás la vi parpadear.
Y fue después de los gritos,
cuando decidí, por fin,
romper el espejo de un puñetazo
y librarme de mí (desconocida) misma
para siempre,
y hasta nunca.