El mejor regalo de navidad
Víspera navideña. Todos los transeúntes corren de una tienda a otra, haciendo compras de último momento. Cada uno de los establecimientos están decorados con flores, luces y grandes santas bailarines, las gaitas llegan a la atestada acera invitando a más compradores a unirse al espíritu festivo.
Las calles albergan por momentos infinidades de almas que se golpean unas a otras, se empujan y maldicen cuando tropiezan.
Un pequeño niño es testigo de ello. Del desespero y poca armonía con la que los compradores corren, todos cargados muchas bolsas atestadas de presentes, comida y adornos ignoran el vulnerable ser que los observa desde su invisible posición.
Y no es que sea invisible realmente, es un niño, un ser humano de carne y hueso; simplemente es invisible ante los ojos de quienes tienen otros pensamientos, de quienes velan por su vida.
Felicidad, salud, amor, armonía, navidad reza en el letrero en forma de árbol de navidad sobre el cual el niño está recostado. Su frágil cuerpo solo cubierto por una delgada, rota y sucia camisa de algodón y un pantalón en el mismo estado que sin duda le van dos tallas más grande de lo que deberían, cubren el cadavérico estado en el cual se encuentra el muchacho.
Seis años, seis navidades, toda su vida en la misma condición. Pero él no se lamenta, no siente ira por todos aquellos que frente a él deambula, simplemente se pregunta el porqué de su destino.
Y de eso trata esta historia, del destino. No de milagros navideños que muy poco, o casi nunca ocurren. Si no del destino que llevó a este pequeño ser al lugar oportuno.
Como de costumbre, el niño miraba sin ver. Recostado sobre el letrero simplemente miraba a la distancia. No pedía dinero ni mendigaba, ya muy pocas personas le daban algo. Simplemente se sentaba ahí, a pensar como encontrar algo para acallar el rugir de su estómago.
Ya había acudido a la parte trasera de la panadería la noche anterior para tomar sin ser visto los pedazos de panes quemados, si volvía, solo se ganaría una golpiza. Y la última vez que acudió a la tienda de víveres no había más que lechuga podrida.
Y en eso estaba, cuando algo frente a él llamó su atención. Una pequeña que aparentaba tres años camina tropezando frente a él. Iba detrás de un señor alto, delgado y encorvado. No llevaba buena vestimenta como todos los demás. Su ropa, era vieja, remendada aunque se encontraba limpia, sus zapatos se veían rotos y desgastados.
La pequeña lucía de la misma manera, abrazando un feo oso de peluche, solo gritaba a su padre que iba muy rápido. Pero el hombre apresurado solo le pedía con voz suplicante que le siguiese.
Él no llevaba bolsas con grandes compras, ni regalos, ni comida. Llevaba un gran saco, que de seguro pesaba más de lo que el hombre aparentaba.
Con curiosidad, el joven llamado por un instinto decidió seguirlos. Con sus pies descalzos fue recorriendo las calles detrás de los extraños, siguiendo sus pasos, recorriendo cada sendero. El hombre entraba en cada panadería, tienda de dulces y luego salía con la cara mucho más triste que cuando entró.
Cada paso que daba el hombre se encorvaba más y más pero seguía adelante intentándolo una vez más.
Cuando llegaron a la última tienda, una pequeña cafetería al final de todo el boulevard, el hombre entró pero dejó a la pequeña esperando fuera.
El niño, viendo toda la escena desde la distancia, sintió su corazón latir de prisa cuando el cielo retumbó. Siempre había odiado los truenos, siempre los había escuchado solo, sin nadie que lo consolara. Así que solo veía al cielo cuando esto ocurría, esperando la caída del agua helada sobre él. Esa era su parte favorita, cuando el agua mojaba cada parte de las calles y las personas, corriendo se refugiaban y dejaban el lugar desolado. Permitiéndole danzar y cantar, sin ser echado, sin ser pisado.
Pero para la pequeña que esperaba frente a la tienda, ese fuerte sonido representaba un terror absoluto, el cual su padre calmaba a base de mimos y besos.
Desesperada, asustada y sintiéndose sola intentó abrir la puerta de la tienda pero nada pasaba, miró a su alrededor como las personas al sentir las primeras gotas de lluvia corrían y la dejaban aún más sola. Sintió miedo, y solo quiso correr.
Y eso hizo, corrió desatada sin conocer el peligro que se le avecinaba. Salto a la carretera sintió como sus pequeños pies se mojaban, su peluche empapado cayó al suelo fue pateado y pisoteado por los que pasaban, alejándolo más de ella, cuando el fuerte sonido de la corneta de un vehículo la alertó. Se avecinaba sobre ella, estaba justo frente a ella, pero no se movía, no había nada que la moviera de ahí.
Pero alguien lo hizo. Un pequeño, más delgado y más harapiento, la tomó de su brazo y la haló sobre sí mismo. Juntos rodaron por el borde de la acera empapándose del agua de la lluvia. Frente a ellos el vehículo siguió pitando y el conductor diciendo palabras grotescas contra los pequeños.
Ella solo se echó a llorar. Abrazó al desconocido y lloró a moco tendido. Pronto su padre estuvo a su lado bajo la lluvia, con el horror marcado en el rostro por haber visto la catastrófica situación desde dentro de la tienda.
Sintió pena y remordimiento y se unió al abrazo con el desconocido.
Cuando se marchaban, el hombre vio el dolor y la soledad en los ojos de aquel niño que había salvado a su hija. Le invitó a su hogar, le invitó a celebrar la navidad. La alegría al corazón del joven no tardó en llegar, sintió calidez, ¡nunca había celebrado la navidad!
Así que sin demora, se pusieron en marcha hacía la pequeña casa de los nuevos amigos. El lugar era humilde, no había chimenea, ni árbol de navidad, o flores, o regalos. Solo una pequeña cocina, una mesa y una gran familia que le dio acogida a un alma en desgracia.
El hombre era panadero, siempre vendía sus panes navideños a los restaurantes, pero este año habían contratado una gran empresa y le habían dejado todos sus encargos al olvido. Se había quedado con la harina comprada en su hogar, sin panes que hacer intentó venderla a alguien que la necesitara. Así que eso hacia cuando el niño lo vio.
A pesar de no tener trabajo, quiso compartir y celebrar con los seres que amaba. No fue una cena como las de novela, no fue una cena como las que el niño había visto en los periódicos en la calle. No hubo pavo, ni manjares. Solo deliciosos panes calientes con vasos de leche tibia, que endulzaron el alma de un extraño.
Sin mucho que ofrecer el hombre le ofreció al niño su hogar como refugio, le invitó a vivir con su familia. Para el muchacho fue el mejor regalo que alguien le pudiese dar, tener un hogar, alguien con quien hablar, personas por las que luchar, fue lo más hermoso que nunca pudo imaginar.
¿Cuántas veces nos agobiamos ante los problemas y nos derrumbamos en lágrimas y desesperación?
Vemos la navidad como regalos, grandes banquetes, ropa nueva y juguetes. Pero la realidad es que es mucho más que eso. El amor familiar es la base de todo.
El simple hecho de compartir con la familia, con amigos es el sentimiento más puro que puede haber, el más valioso, el más preciado. Valoremos mucho más estos momentos, ya sea teniendo lujos y grandes celebraciones o simplemente por el hecho de tener a nuestros seres queridos a nuestro lado.
La navidad es amor, el amor es vida.
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