viaje en carro
Sabes.- me dijo- estoy muriendo.
Con estas palabras irrumpió el silencio que llevaba más de dos horas de viaje. Voltee a observarlo: Su mirada aún permanecía al frente de la carretera, sus manos en posición 2 y 10 sujetaban firme el volante, su cinturón de seguridad lo traviesa en diagonal arrugando su camisa mil rayas ya algo desteñida por el sol; no volteo a observarme solo permaneció en silencio observando atento al camino.
Estoy muriendo, golpeo de nuevo, volví a pensar en aquellas extrañas palabras declaradas por quien considero un antiguo amigo; se repitieron una y otra vez en mí, colándose entre mis pensamientos y anulándolos todos, para solo quedar esas simples dos oraciones en un vacío oscuro trate de ignorarlas y no volver a pensar en ellas pero estas regurgitando, volvían a mí clavándose en mi mente.
Me dispuse entonces a analizarlas, fueron frías y rápidas como el corte de un cuchillo en las manos de un hábil cocinero, pero en ellas había oculto mucho más, ¿una resignación acompañada de desprecio o un lamento de un alma desesperada? no, lo conocía bien para saber que no era de los que pierden las fuerzas y desfallecen. Retuve esas palabras intentando comprender de que hablaba, recordé entonces a mi padre aquella vez que tocio y escupió sangre, en ese momento no dijo palabras solo observo su mano, luego alzo su vista y me miro, en su mirada se hallaban expresadas estas mismas palabras, allí en el brillo de sus ojos ya grises declaraba a gritos una verdad: la devastadora revelación de algo que se ya se había olvidado o el recuerdo de algo que nos negamos a aceptar aun sabiendo que en su momento llegaría y Se debe a que nadie esta aun preparado para eso.
“estoy muriendo” allí, en esas palabras estaba la mirada de mi padre, aquella repentina revelación no querida, no solicitada que nos recuerda nuestra humanidad. Como cuando nos revelan el final de una película, cuando nos cuentan en que termina el libro que tan ansioso estabas leyendo, aquel spoiler no deseado, que nos arruina el final por el simple hecho de recordarnos que hay un final. “estoy muriendo” volvió de nuevo con fuerza hacia mí, mis manos sudaban y respiraba despacio; de nuevo volví a observar a mi compañero y lo que le rodeaba, sujetaba firmemente aquel volate forrado de un falso cuero que ya se estaba cuarteando, la guantera ya descolorida por el sol mostraba distintos tonos y algunas grietas, las estrías del asiento de cuero se notaban profundas entonces la luz del atardecer golpeo con la ventana de su lado y logre notar la presencia de canas en sus cabellos. Su mirada seguía atenta al camino.
“estoy muriendo” sonó esta vez apaciblemente y entonces comprendí que aun mis manos sudaban, comprendí que aun mi respiración era lenta y de pronto mis ojos se abrieron y por un momento deje de respirar, regrese entonces la
mirada y permanecí observando el camino en silencio.
Me habían contado también el final de mi historia.