El enigma de Baphomet (112)
Además de ocupar mi pensamiento con Gelvira, lo ocupé con Roderico metido en el convento esperando mi regreso. La pata infectada de Áureo invadió mi cabeza. Por un momento me arrepentí de haberlo dejado. Lo echaba mucho de menos. Tenía que haber esperado a que se curara y haberlo embarcado conmigo. Cuando lograba dormirme me despertaba con su desgarrador relincho. ¡Acumulaba en mis adentros, cada vez, más aversión a Rechivaldo!
Acaricié, letra por letra, los sutiles relieves de los pergaminos:
La copia de Arias Didaz.
El original de la primera hoja de 1235.
La copia de la segunda hoja de 1235
Obsesivamente pensaba que Rechivaldo tenía, de 1218, los números de las figuras de las ocas —tenían que ser quince los pergaminos—; y el original de la segunda parte de 1235.
Tardamos un día más de lo previsto en tocar tierra y arribamos a una isla distinta a la que nos dirigíamos. Hubo una confusión tremenda. En aquel barco, al patrón ya no le obedecían. Cada cual iba a su aire. Sólo hubo orden en el momento de peligro. Nadie nos decía nada con seguridad. El mismo patrón no sabía dónde nos encontrábamos exactamente.
El barco encallaba por primera vez en aquella playa, lo que provocó el desencanto y la deserción de los tripulantes.
Nos dividimos en dos grupos espontáneamente. Conmigo vinieron los que decían conocer aquellas costas. Habíamos creído que era una isla por el cambio de rumbo, pero, después de explorarla, nos dimos cuenta de que era tierra firme cerca de la ciudad de Éfeso, ciudad que yo conocía, ya que dos veces había luchado en sus inmediaciones. Allí había echado cuentas de los enemigos a los que había atravesado con la daga cuando, en mi última cruzada, conquistamos un gran territorio por donde San Pablo había predicado el Evangelio, donde yo me había consagrado como soldado de Cristo; y al hacer el recuento, me salieron cincuenta y cuatro, cifra que llevaba en la cabeza cuando volví a Ponferrada.
¡Cincuenta y cuatro muertes a mis espaldas por defender la Cruz Cristiana! A las que ahora sumaba tres más: el merino, el notario y el molinero. Cincuenta y siete almas a las que catapulté hacia la otra vida y les evité más sufrimientos en este valle de lágrimas, luchando cuerpo a cuerpo, me acreditaban como un caballero avezado. Noté en ese momento que me habían salido callos en el pensamiento sobre los que estaba escrito que Rechivaldo sería el último y definitivo.
La ciudad estaba muy cambiada, como si hubiera sufrido calamidades y saqueos.
Cuando volvíamos al barco por el sendero seco de la ladera lo encontramos ardiendo, y se llevaban las mercancías en caballos, carretas y sobre los hombros. Ya no me acerqué para comprobar si habían matado a los marineros. Lo di por supuesto. El desbarajuste era absoluto, y no sabía a dónde dirigirme. Nos lo habían quemado con todo lo que no les dio tiempo a robarnos.
Menos mal que yo nunca me separaba de mi talega donde conservaba el oro y los pergaminos.
La pretensión de seguir hasta Palestina se me estaba complicando. Retrocedimos hacia la ciudad de nuevo por otra ruta después de un penoso caminar por barro, juncares y marismas en las que se nos atollaban las botas.
Observé a las mujeres silenciosas y afanadas en menesteres domésticos.
La calle de la biblioteca, tan distinta, ahora estaba apaciguada y las chozas en los alrededores hechas con maderas y adobes.
También faltaban piedras en todos los templos. La ciudad antigua había sufrido un cataclismo.
Las gentes iban y venían con las cabezas agachadas y en silencio, como si estuvieran cumpliendo penitencia. Cuando llegué a lo que había sido la biblioteca, un tropel de hombres forzudos con carretas tiradas por caballos estaba llevándose, de los montones, las piedras mejor labradas, lisas por las seis caras. También las arrebataban de otro templo antiguo de una diosa pagana.
Aquellas gentes estaban protegidas por veinte caballeros templarios germánicos, que los custodiaban día y noche.
Era una población de los peregrinos que hasta allí habían tenido que llegar para refugiarse, pues también a ellos les habían quemado los barcos.
Los ciudadanos oriundos habían desaparecido.
Entre los templarios había dos de Salerno compartiendo caballo. Con los de Salerno pude entenderme y me quedé con ellos charlando. Eran físicos que experimentaban en los campos de batalla lo que habían estudiado en la escuela. Me relataron la triste salida de San Juan de Acre, donde sucumbieron los valientes templarios defendiéndola, y de donde tuvieron que huir despavoridos, para refugiarse en Éfeso, los pocos que quedaron vivos. Yo les pregunté sin rodeos que cómo es que estábamos consintiendo que hombres desarmados utilizaran las mejores piedras de los romanos para hacerse sus casas incrustadas en la montaña de al lado, que estábamos permitiendo que desmantelaran una obra tan ingente construida durante siglos. Pero ellos me hicieron señas para que me fijara bien en las espadas pequeñas que portaban y que eran diez veces más que nosotros. No había más remedio que dejarlos destruir lo que se les antojara. No hablaban nuestra lengua y no se metían con nadie. Lo único que les interesaba era escoger las piedras mejor labradas.
No supimos de quiénes se trataba. Y los dejamos que siguieran con la rapiña de su trabajo.
También me dijeron que nadie nos pagaba nada por defender la biblioteca antigua.
Elegiste una época y lugar que le dan carácter a tu relato.
Muy bueno.
Saludos, @jgcastrillo19
Muchas gracias. Es una novela histórica que informatizo por entrega para los colegas seemians.
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