EL BACO 16
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(F. Mompou. «Impresiones íntimas»)
Sin más hebillas que cerraran las experiencias de Pablo, transcurrió el trayecto. Como había dicho Honorino, le resultó muy fácil buscarle medio de transporte: el primer camión que repostaba. Nadie podría encontrar situación destacable de la que extrajera información valiosa a la conversación «traquetreante», en el leal vehículo, entre Pablo y el maderero, que llevaba tablones a una fábrica de envases. Además, como suponía desandar lo andado, ni siquiera se admiraba Pablo —a pesar de que había sido una constante en sus juveniles descubrimientos— de la diversidad de los paisajes un poco más oscuros por el caer de la tarde. No obstante, como el sol poniente daba de lleno en el parabrisas del jadeante rinoceronte, el chófer casi no veía, por lo que decidió pararse hasta que cayera la tarde, con la consiguiente desesperación de Pablo.
Aprovechó la explanada, delante de un mesón custodiado por chopos orantes, al lado de la ribera donde el trémolo de las hojas, a causa de la brisa vespertina, centelleaba fulgores recibidos de las aguas transparentes. Detrás de las edificaciones desembocaba un afluente en otro río del mismo tamaño. El camionero miserable, con gesto tosco y el ombligo fuera, engulló una ración de callos picantes entre dos latas de cerveza que le encarnizaron más las petequias de sus pómulos. A Pablo le dio cierta repugnancia, y como siempre, pidió una coca-cola. No tardó el hombre de la visera en encontrar tute con otros tres camioneros. Con cada jugada, bajaba un santo del cielo después de machacar el ara, recordando en cada rezo, ora la Hostia, ora la presunta puta del Obispo. Del rosario de jaculatorias, la más rebuscada hacía referencia al viril de la custodia, por lo que demostraron los cuatro tahúres no ser legos en las sagradas liturgias de la baraja española. Por no verse desplazado, Pablo probó fortuna en una máquina que llamaba la atención del transeúnte con repetitiva melodía, que, por suerte, después de tragar seis monedas de cinco duros cada una, vomitó dos mil pesetas. Con el martilleteo de la plata, como diría un argentino, los cuatro puros farias brillaron en las últimas chupadas cesando el santo duelo por momentos. Las caras se volvieron envidiosas máscaras, y el mesonero, que echaba la cuenta con una tiza escolar sobre una pizarra, miró maravillado por encima de las gafas: la máquina era nueva y estrenaba premio. «¡El seis de oros!», arrastró el de Collanza. «¡El siete!», vociferó desafiante el paramés con un puñetazo en el tapete. «¡La puta de oros!», el berciano echó remiso la carta. «¡El jaco lo reservo, echo el as y canto las cuarenta!», terminó el nieto de arrieros maragatos la partida, por lo que quedaba exento de pagar el café y faria. Como vio a Pablo guardar el dinero ganado en la mochila le solicitó: «¿Me invitarás a las consumiciones? Yo pongo el coche y la gasolina. Te llevo hasta Astorga, que allí he de descargar en la aserrería». El maragato pretendía que le saliera gratis la parada.
Pablo se aturdió con el desplante y no tuvo más remedio que apoquinar como un pagano. Se dio por safisfecho al pensar que era mejor volver a Astorga, porque si cambiaba el rumbo, como había decidido, se iba a levantar tal polvareda que le ocasionaría disturbio a su persona.
Antes de que cerraran los comercios tomó la iniciativa de invitar a una copa en la Virgen del Camino, ya que desde lejos, como anochecía, divisó un letrero de Farmacia con la cruz verde a la derecha, que empezaba a encenderse; y al otro lado de la carretera una hilera de bares y marisquerías. Paró el lugarteniente el infernal ruido, a instancias del pupilo, después de retemblar la caja y la cabina al sacar la llave de contacto. Se dirigió Pablo a la farmacia donde mancebo y boticario interrumpieron el balance para que entrara en la caja del día el importe de la compra: una venda y un esparadrapo. Allí mismo, ayudado por ellos, se hizo un encañije en el tobillo. Esperó el camionero a que saliera por no tener ocasión de enterarse de la suerte que corriera la dolencia. Cruzaron la calzada detrás de dos cantores alegres que entraban en un bar dando bandazos. El maderero aprovechó para tomar un güisqui. Pablo, como siempre, jarabe americano. Pagó sin reticencia cumpliendo su promesa. Mientras el camarero tomó la calderilla de manos del muchacho, el nieto del arriero miró para otro lado. Treinta y nueve kilómetros quedaban, que se hicieron eternos. El silencio obligado de los conferenciantes, por el estruendo mezclado con chirridos, limitó a cero las palabras durante el viaje; y como si de taxi se tratara, llegaron a la misma Eragudina al lado de Fuente-Encalada, mientras que entre el cielo y el Teleno, un reflejo quedaba de lo que había sido el día.
