Mis robots grecorromanos

in #cervantes7 years ago

Cuando era muy pequeño me diagnosticaron como asmático, así que mis papás decidieron que una buena forma de ayudarme era inscribiéndome en natación, lo que era una recomendación popular en la época. Recuerdo el camino que mi mamá recorría cada tarde para llevarme caminando por la Avenida Sucre de Maracay. Desde el negocio familiar, una licorería que quedaba en la esquina que da a la Cuarta Transversal de Calicanto hasta el Club Casa Los Andes, en el cruce con la Avenida Casanova Godoy.

Muchos de mis primeros recuerdos son en ese bodegón en que mis padres, antes de sus 30 años, hicieron fortuna de clase media. Recuerdo al pintor que trabajaba unos locales más allá, Otasso, quien pagaba con sus cuadros entonces poco conocidos. Y una vez que se metieron a robar a la licorería abriendo un boquete desde su taller de trabajo. También recuerdo que perdí un puño de mi Mazinger Z jugando entre botellas de vino, whiskey y ron. Allí jugaba con mi hermano Joel, usando nuestros Legos y barras de plastilina, que convertíamos en una gran masa gris después de convertirla en Gobots, Batman y Match 5, así como sus armas, cohetes y accesorios.

Aunque no mostré potencial para ser un atleta del deporte acuático la natación funcionó muy bien para mí. Desde los 7 años no tuve casi ningún ataque de asma, lo que sí persiguió a mi hermano por muchísimos años más. Una vez escuché a un médico decir que el asma tenía un componente psicológico, así que sin estar seguro, asumí que hablaba de mí, aunque luego que los ataques a Joel coincidieran con sus peleas y exámenes, entendí que se trataba de él.

Pero cuando somos pequeños, la imaginación nos permite crear las más extraordinarias y fantásticas explicaciones para el mundo que aparece a nuestro alrededor, como una deducción que funciona con un motor mágico. Además que eso del componente psicológico sonaba como algo profundo. Como desde tierna edad estuve rodeado de halagos sobre mi inteligencia y locuacidad, producto de mi curiosidad por leer desde que aprendí de forma autodidacta a los 5 años, me apropié del término porque parecía ajustarse más a mí.

Mira que era pequeñito pero cabía en mí un ego gigantesco, un orgullo infundido por las sonrisas de adultos que me preguntaban sobre todo tipo de cosas. Una vez una prima de mi mamá, que para mí ya era una vieja, quiso saber cuánto sabía sobre el Canal de Panamá. Esto me asombró, porque entendía que con más tiempo de vida se debían saber más cosas. Poco tiempo después supe que no había una relación directa. Así me puse a enseñar a leer a un señor que trabajaba cerca de la licorería de mis padres. Lo recuerdo como zapatero, que cada tarde me regalaba una hora de su vida, sentado en los pequeños escalones que llevaban de la acera a su taller, para leer mi libro “Luisito te enseña a leer”.

Me encantaba dibujar el sistema solar durante clases. Sin mucho talento artístico, lo mío era emular batallas galácticas entre cohetes planetarios. Otra variante de mis alucinaciones de grafito eran robots que luchaban contra seres fantásticos similares a dioses griegos. Era como una mezcla a gusto de mis comiquitas favoritas. Lo que causaba interés en mis maestras de primaria que le contaban a mi mamá, delante de mí, que no sabían cómo “llamar mi atención para que no me aburriera”.

Así que en mi empeño de asumir lo que iba leyendo en casa, escuchando en conversaciones entre adultos y viendo en la televisión, cuando mi mamá le decía a otro adulto delante de mí que yo era asmático, de una vez yo intervenía. “Del tipo que provoca dibujar”, decía orgulloso de saber explicar esta extraña patología que unía mi inteligencia con mi enfermizo pecho. Me era inevitable, por tanto, ser cómo era. Pero también me daba una explicación a ser pequeñito, con lentes, ávido lector, aburrido en clases y con una mente que soñaba con ser escritor e inventor.

Era por el asma psicológico de robots grecorromanos.

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