Pesadilla # 4
¡Saludos, mis queridos lectores!
Esta semana he llenado mi blog con una serie de post llamados Pesadilla y hoy les traigo la pesadilla # 4, pero debo aclarar que al contrario de las anteriores, esta pesadilla no es un poema; es un micro cuento.
Aprovecho para agradecer la receptividad que han mostrado ante esta serie y espero que a pesar de la tristeza que guardan estas pesadillas me sigan acompañando en este viaje.
Pesadilla # 4
Despertó una vez más sin haber descansado, la cama parecía de piedra. Logró dormir un poco pasadas las dos de la mañana, pero los chicos ya se estaban levantando para ir al trabajo y le gustaba hacerles café y algún sandwich. Pensó que su juventud se estaba marchando demasiado pronto (apenas había pasado la mitad de los cuarenta); el cuerpo se le estaba haciendo pesado y las manos torpes.
Las mañanas eran cada vez más dolorosas (la peor parte del día) como si el cuerpo estuviera lleno de agujas de hielo, como si los huesos se hubieran quedado sin aceite lubricante.
—¿Cuál fue el pecado que me ganó esta penitencia?—pensó mientras luchaba por desarmar la greca, mientras forcejeaba con aquella vieja cafetera de nueve tazas.
Se miró las manos; esas manos que habían cuidado de sus hijos, esas manos que habían llevado pan a casa para ayudar a su esposo y que ahora no tenían fuerza y viendolas de cerca parecían algo torcidas.
Su hijo mayor apareció en la cocina sacandola de sus lamentaciones, le besó el pelo y desarmó la greca para que ella pudiera hacer el café.
Su esposo y sus hijos se marcharon al trabajo como cada día, ella se estiró tratando de calentar el cuerpo para ahuyentar los dolores y la pesadez. Hacía poco más de un año que sus rodillas se hinchaban y que su cuerpo dolía. Al principio pensó que era cansancio acumulado, que era algo pasajero; pero no lo había sido.
Las tareas del hogar se hicieron complicadas, la profesión de una vida se volvió una tortura. —Que vergüenza me dan estas costuras torcidas—pensó con lagrimas en los ojos; recordando los hermosos vestidos de novia que crearon sus manos, los abrigos que cosió para sus hijos, el prestigio que tuvo como modista en otra época... Lloró. Lloró por la vida que ya no tendría, por su madre muerta, por sus hijos que ya eran adultos... Lloró por todo lo que no había llorado antes y volvió a llorar por lo que sí había llorado; y sobre todo, por la sentencia que el médico había dictado hacía meses: —Artritis—.
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Fotografía de mi autoría, tomada con mi teléfono Nokia 111 y editada en Snapseed.
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¡Gracias por su lectura!
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