Rubén Darío y Mark Twain
En 1893 llegó a Buenos Aires el escritor nicaragüense Félix Rubén García Sarmiento, más conocido por el seudónimo de Rubén Darío, nombre que había tomado de su tatarabuelo. Su arribo a la Argentina fue motivado por el hecho de haber sido designado Cónsul de la República de Colombia aunque su nombramiento había sido más honorífico que otra cosa, él mismo se encargó de aclarar que aquí había muy pocos colombianos y las relaciones comerciales entre ambos países eran escasas por no decir nulas.
En Buenos Aires el escritor y poeta era conocido por su Libro Azul escrito en 1888 y por colaboraciones eventuales que hacía en el prestigioso diario La Nación a partir de 1889; su llegada despertó gran interés en los intelectuales, no solo en la alta sociedad sino también en los cafés y tertulias literarias donde asistía la bohemia porteña que adhería con pasión al modernismo que Rubén Darío encarnaba.
En poco tiempo y debido a los cambios políticos en Colombia Rubén Darío perdió su empleo, aunque rápidamente Leopoldo Lugones le consiguió otro en la dirección de correos, esto le permitiría tener un ingreso fijo para solventar sus gastos mientras continuaba con las colaboraciones en diferentes diarios como La Nación, La Prensa, El Tiempo y La Tribuna.
Según el decir de las crónicas de ese tiempo, el gran escritor nicaragüense tuvo aquí una época de desenfreno, viviendo siempre al límite de sus posibilidades económicas y con excesos de alcohol y trasnochadas.
Entre sus amistades más notorias se encontraban los argentinos Leopoldo Lugones, Roberto Jorge Payró y Rafael Obligado, el boliviano Ricardo Jaimes Freyre, el payaso inglés Frank Brown y el escritor suizo Charles de Soussens quién había llegado al Río de la Plata siguiendo a una antigua novia que estaba de gira por estos pagos. Entre los políticos hizo amistad con Bartolomé Mitre a quien dedicó su Oda a Mitre.
Algo curioso y poco conocido de Rubén Darío esta dado en que se especializó en noticas necrológicas que redactaba para el diario La Nación, escribía reseñas sobre la vida de personalidades que acababan de morir, especialmente para aquellos vinculados a las letras y al arte. El mismo llegó a llamarse “enterrador de celebridades”
En ese contexto el 1 de junio de 1897 recibió un mensaje de Enrique de Vedia, por entonces redactor en jefe del diario quien le solicitó un texto extenso sobre Mark Twain ya que según un cable de la agencia Associated Press, el famosísimo escritor agonizaba en Londres.
La noticia, si bien no era motivo de festejo para el poeta nicaragüense, fue bien acogida en el sentido que le aportaría un jugoso ingreso a sus siempre necesitadas arcas, corrió a la redacción y escribió una extensa y sentida nota necrológica de Twain. Como ya era costumbre en él, convocó a sus amigos a “Auer’s Séller”, un conocido restaurante de la calle Mitre al 600 para una comilona; el festejo, la conversación y las libaciones continuaron hasta el amanecer y su gran amigo Charles de Soussens se ofreció a ir hasta el diario a buscar la primera edición de la mañana y traerlo para leer el artículo.
Al regresar trajo la triste noticia sobre que el artículo no había sido incluído en el diario. Leyendo las noticias se dieron cuenta que si bien había una información aludiendo al cable que anunciaba la agonía, había otro donde los médicos indicaban que tenían esperanzas, ante tal aseveración se hacía evidente el por qué la redacción había decidido no incluir la nota. Pero el asunto iba para peor o mejor dicho mejor para Twain y peor para Rubén Darío, en otro cable se decía que se esperaba una pronta reacción y en otro que estaba salvado y entraba en una etapa de franca mejoría.
Felizmente, las dotes de escritor de nuestro amigo nicaragüense se hicieron notar y arregló la nota para que saliera de una forma distinta, como un repaso a la obra de Twain y de esa manera pudo cobrar y cancelar su deuda con el restaurante.
¿Pero que había ocurrido detrás de la noticia de la presunta muerte de Twain?
Un periodista afincado en Londres se enteró que en un hospital de la ciudad agonizaba James Ross Clemens e interpretó erróneamente que se trataba de Mark Twain, recordemos que ese nombre era el seudónimo de Samuel Langhorne Clemens, pero en realidad el que estaba en grave estado era un primo del escritor, sin embargo la historia corrió rápidamente y fue levantada por la agencia que la envió a todo el mundo.
Twain al enterarse utilizó una frase que luego se hizo famosa: “El informe de mi muerte fue una exageración”, en sintonía con la que en los países de habla hispana utilizamos con frecuencia: “Los muertos que vos matáis gozan de buena salud”.
Esta situación actuó como inspiración para el genial Mark Twain ya que pocos meses después publicó una obra de teatro a la que puso por título “Is he dead?” o si lo prefieren en español: ¿Está muerto?
El primo de Mark Twain se recuperó y vivió unos años más.
Héctor Gugliermo
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Excelente historia, veo que muchos nombres hoy son los que llevan muchas calles de Buenos Aires.
@hosgug felicitaciones por estas narrativas de los grandes escritores y otros temas que nos sirven como resumen a los que no entendemos tanto. Bendiciones
Muchas gracias @pastorencina por tu comentario. Es una gran alegría saber que mis escritos son útiles.
Excelente narrativa de la obra y vida de este escritor, interesante contenido, Gracias por compartir!!!
Interesante pot @hosgug que nos hace conocer anécdotas de esta maravillosa gente como lo son y siempre serán Mark Twain y Rubén Darío. ¡Saludos!
Muchas gracias @javert68justice, trato de poner cosas poco conocidas de gente famosa que alguna vez anduvo por mi país. En este caso el gran poeta Rubén Darío quién además involucró a Mark Twain en la historia.
Delicioso. Conocía la anécdota de la falsa muerte de Mark Twain, pero no la relación de Rubén Darío con esa historia. Muchas gracias.
Muchas gracias @severianx, es una anécdota muy interesante y hasta un tanto graciosa.
Vaya vaya una pequeña buena biografia no lo habia leido nunca ni siquiera por referenci siempre aprendiendo contigo saludos y mis respetos mi apoyo con mi voto.