¡Ay!

in #spanish8 years ago

 

—Ay!, Dios mío del amor hermoso. Dios, Dios... 

—Mamá, por favor...

—Aaaa... ahaay!  

Suspiró en dos tiempos. Su suspiro se componía de una primera parte de inspiración in crescendo, un tope, un espacio de silencio con la garganta abarrotada de oxígeno y, luego, la bajada, lánguida, que moría poco a poco en el tiempo.  

—Y pensar que ya lo estaba viendo venir. Y yo se lo decía a tu padre, Paco, la niña, que lo está pasando mal. Pero, hija, ya sabes cómo es tu padre...  

—Pero deja ya el tema en paz, hombre.  

—Sí, claro, para ti es muy fácil. Pero luego yo, siempre yo, soy la que tiene la culpa de todo. Al final, siempre soy la mala. Y tu padre, ¡oh!, él es un Santo.  


«El 81»


—Sí. Es un santo. Toooodos somos unos santos. Pero ya ves... aquí estamos.  

—Eso, hija, eso. Tú defiéndele. Y mi madre, la pobre, que en paz descanse, que cuando tú naciste me dijo, Pilarita, ahora ya vas a tener una compañera para siempre... Si ella viera esto, la pobre. Menos mal que ha muerto, la pobre, porque para esto.  

—Pero mamá. Deja a la gente en paz ya, hombre. La abuela, la pobre, la pobre... Que estuvo más de tres años sin que tú le dirigieras la palabra, hombre.  

—¡Quién te ha dicho semejante barbaridad! 

—El tío.

—¿Qué tío?

—Tu hermano Vicente, mamá.  

—¡Otro igual! —levantó una ceja en tono de desastre asumido—. Anda que no ha sufrido tu abuela con él. Los disgustos que le ha dado a la pobre mujer. Más de una vez ella me llamó llorando con las perrerías del otro...  

—¿Qué otro? —dije, irónica.  

—¡Bueh! —apretó la comisura izquierda de sus labios, hincándola en su propia cara, en un gesto de desprecio. 

 

«El 82»  


—¿Usted qué número tiene? —por darme la espalda se puso a hablar con la señora que estaba a su izquierda.  

—¿Cómo dice? —la mujer doblo la oreja hacia delante con su mano.  

—¡QUE QUÉ NÚMERO TIENE USTED, SEÑORA!  

—Mamá, por favor, no grites tanto —unas cuantas personas habían girado la cabeza hacia nosotras, que sobresalimos de golpe sobre el murmullo suave de la sala.  

—¡Pero si no le grito no se entera! ¿No ves que está sorda? 

 —Si, un poco sorda, un poco, pero es la edad, ¿sabe?  

—¿Y qué número tiene?—repitió mi madre, a quien no le interesaba en absoluto.  

—¡Ay! Pues es verdad, el número... ¿Dónde lo he puesto?  

La señora abrió el bolso torpemente y, en un gesto equivocado de su mano temblorosa lo colocó boca abajo y se empezaron a derramar pequeños objetos. Se dobló torpemente sobre su vientre, con la intención de recuperar sus posesiones.  

—Déjelo señora, ya lo coge la niña —y me clavó un codo que iba dirigido a mi brazo, como toque de atención, en el estómago, porque yo ya me había adelantado para agacharme a recogerle aquel grupo de objetitos.  

—¡Augh! ¡Mamá!  

—Venga, venga.... Vamos —movía la mano rápidamente, con los dedos flácidos.  

—Gracias, hijita, gracias, gracias, guapa.  


«El 83»  

—¡Aquí está el número! —dije, según cogía un papel con el número 83.  

—¡AQUÍ, AQUÍ! —gritó mi madre a la enfermera, señalando a la anciana con un dedo que subía y bajaba, de punta, sobre su coronilla.

—Vamos, señora, le toca.  

—Gracias, hija, gracias, gracias...  

Y la señora fue andando torpemente hasta llegar a la altura de la enfermera.  

—Lo más triste de todo es que haya cargado una toda la vida con el desprecio de todos los que la rodean. Yo siempre luchando por vosotros y vosotros venga a hundirme.  

—¡Pero de qué estás hablando!  

—Si, hija, sí. Luego le dirás a todo el mundo que tu padre es maravilloso. Pero ya ves, aquí te ha conducido tu maravilloso padre. Y él ni se ha dignado a venir.  

—Ni tú deberías haber venido.  

—¡Eso! Te voy a dejar venir sola al siquiatra. Anda, anda....  

—Pues sí. Me dejas sola. Yo no te pedí que vinieras.


«El 84»  


—No. Pero, hija, cómo no lo voy a hacer. 

—Pues no haciéndolo.

—¡Ya! Yo sé que esto es lo que debo hacer. Y  punto.

—¿Por qué esto es lo que tienes que hacer? 

—Hija, yo soy tu madre.

—¿Y qué?

—Algún día te arrepentirás de haber tratado así a tu madre. Algún día, cuando yo ya no esté, te darás cuenta de que te ayudé, de que siempre procuré que tu padre no os hiciera daño. Siempre estuve cerca de vosotros.  

—Demasiado. Siempre. Como ahora.

—Sí, como ahora.

—Yo no te pedí que vinieras.

—No. Si tú yo sé que no te rebajas. 

—Mamá, yo te pedí que no vinieras.

—Dios mío, dónde nos ha conducido ese  hombre. Debería haberme suicidado el día que dije sí.  


«El 85»  


—Vamos, vamos, hija. Esas somos nosotras.  

—No, mamá, esa soy yo. Tú te vas a quedar aquí y ahora vuelvo.  

—Le di la espalda y entré en la consulta del psiquiatra, que me analizó de arriba abajo y vuelta con una mirada rojiza que descansaba en el metal dorado de la montura de sus gafas.  

—A ver, ¿qué te pasa? —preguntó, con el mismo desencanto con el que la enfermera recitaba los números.  

—Doctor, me he vuelto loca.

—¿Qué te pasa?

—Tengo instintos asesinos.

—¿Por qué?, ¿qué te pasa?

—Compruébelo usted. Tengo instintos asesinos hacia mi madre. Está ahí afuera. Y si usted no me ayuda, me meterán en la cárcel.  

—¿Por qué?, ¿qué puedo hacer yo?  

—Medíqueme, extiéndame un informe con mi estado mental. No quiero acabar en la cárcel. Quiero acabar en un sanatorio psiquiátrico, ¿lo entiende?  

—Te vas a tomar estas pastillas. Una al día antes de dormir. Buenos días —la enfermera me abrió la puerta y yo salí. Salí temblando. En mis manos, el perdón de mis pecados.  


«El 86»  


Relato extraído de la novela El Final de la Circunferencia, de mi autoría. 

 

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