Compasión.
Caminaba no con premura sino con atropello, esquivando personas en todas las direcciones, obstáculos, niños, carretas, vendedores ambulantes, gritos, empujones y más...vistiendo una gorra descolorida, una camisa manga corta, desgastada más por el sol que por el uso, con la muestra de ser usada como pañuelo en su hombro izquierdo, a falta de poder usar sus propias manos. Así también, unos zapatos sin medias, que no eran de su talla, en los que el polvo poco dejaba entrever su color o marca y un short sujeto a su cadera con un trozo de mecatillo, ya por romperse.
Esos shorts remendados, tipo bermuda, un poco más abajo de sus rodillas, le revelaron con asombro a su cliente ocasional, la desmejora en su salud.
Sus piernas lucían una marcada insuficiencia circulatoria, sus várices que parecían romperse si daba un paso más, le horrorizaron.
Era un hombre que no superaba los 55, pero su padecimiento le hacía lucir más de 60. Pensar que con ayudarle, le estaba empeorando, le hizo sentir culpable. No pudo disimular las lágrimas que llenaron sus ojos de la más auténtica compasión por él.
Estaba enfermo, -muy enfermo en su apreciación-, pero sabía que lo dejaba de lado, por su necesidad de seguir acarreando de cara al sol su carga, por aquellas vías destartaladas del puente fronterizo, a cambio de unos cuantos pesos para un refresco y un poco de cualquier cosa con que llenar su estómago ardiente.
Un nudo en su garganta se quedó instalado por un instante allí, cuando decidió mirar al rededor, para salir por un momento de sí y de su propia desgracia, la que se hizo mínima entonces.
Habían decenas de hombres como él, acarreando la carga de terceros por unas cuántas monedas, unos en mayor o menor desventaja física, pero trabajando al fin, para matar el tiempo y navegar la vida de posguerra a la que no sabrían ni como detenerse a explicar que estaban todos inmersos. Incluso ella.
De pronto, una enorme ventisca nubló sus ojos de polvo, un fino polvillo que cubrió sus rostros, haciendo más trágico el escenario, cómo si la naturaleza misma quisiera agregar su toque a aquél cuadro patético e interminable que se vive en ese territorio límite, donde la supervivencia se enfrenta cara a cara con sus demonios.
Cuando llegaron al otro lado, le compensó con doble paga y le dió unos cuantos consejos que no pudo evitar callarse, y que aquel hombre no acataría nunca, porque las prioridades para cada ser siempre suelen ser distintas.
Regresó con el alma desgarrada, pensando que sus ojos no podrían presenciar más penurias.
Cuando terminó su travesía y se encontraba ya en casa, segura, con su estómago lleno y saciada su sed, se fue a la ducha, recordando a aquel escenario pusilánime y a ese hombre enjuto que movió su compasión hasta el tuétano, pensando en su suerte.
Sollozó de nuevo bajo el agua y dio gracias.
Ginette Acevedo®
Derechos Reservados de Autor.
Tienes el don de la escritura. Algo que muy poco tenemos. Muchos éxitos
Gracias Barman. Exitos
Me encanto <3
Gracias Isaac. 🤘
realmente me encantó
Gracias Kenya. Exitos!
Que fascinante y profundo mensaje.