"Concurso Cervantes: 6ª Entrega"
Espié en sus mentes con cautela, no quería perturbar lo que allí pasaba. Tenía que observar sin hacer un juicio de valor previo, realmente mirar, ver. Con la edad lo había entendido. Que todo el misterio se encontraba allí arriba, mis arrugas mostraban esa experiencia, mis errores y mis virtudes.
Aquí todo parecía distinto, los colores contrastaban y las proporciones distaban de lo que mi yo más joven hubiese considerado belleza. Aun así todo parecía hermoso. Mi edad en este espacio no se presentaba como impartidora de lecciones, aquí mi sabiduría me dejaba entender que todavía tenía cosas por aprender.
Me aferre al marco de la puerta rogando pasar desapercibida. Lo que a simple vista hubiera parecido obsceno o inmoral, llegaba a mí como una escena bella donde los cuerpos compartían contacto, sin vergüenza sin prejuicio. Donde la sensualidad se dejaba ver tanto como el romance, los placeres no estaban restringidos. Porque en sus mentes eran bellos, en sus cabezas el físico no importaba, los colores servían para representarlos y sus cuerpos eran libres de vagar por allí siendo ellos mismos.
A ojos de otro esto se podría haber visto muy distinto: hombres borrachos, un bebé sentado solo en una esquina, las mujeres mostrando sus cuerpos y entre todo ese desorden, las expresiones de todos parecían tristes. A ojos de otro la imagen probablemente seria percibida de forma negativa.
Pero es que solo yo me encontraba en sus mentes, y solo yo tenía la capacidad de entenderlos. Los demás simplemente podrían observar, como a través de un vidrio; como si fuera un cuadro al que no pueden acceder. Allí parados desde una distancia prudente mirando sin ver, sin sentir.
Entonces decidí que quería poder hacer entender, no podía privar al mundo de esa sinceridad. Rompí la escena y me acerque al niño, lo único que todavía se presentaba como un dilema para mí. Con ternura de abuela lo cargue en mis brazos intentando sentir lo que ese bebé podía contarme con su mirada pura e ingenua de quien lleva poco tiempo en este mundo. Él me abrazo, con sus pequeñas manos.
Él también era un espectador, juntos habíamos encontrado este espacio, estas mentes y sin darnos cuenta lo habíamos coloreado. Tonos que buscaban ser pasteles pero sin perder la fuerza, colores fuertes y contraste. Juntos habíamos encontrado la forma de ver el mundo desde otro punto de vista, sin los prejuicios que formamos al crecer, y con la sabiduría y el entendimiento que logramos con los años de vida, solo habíamos logrado esto con la ayuda del otro.
Y es así como, después de observar esa escena por largo rato, supe que no era una mera espectadora, que desde el silencio, el respeto y la atención había ayudado a moldear lo que pasaba en esa habitación.