Frente a la vida.
coraje en mi corazón y en mi voz.
si clamo la vedad sangrienta de opresiones,
si me levanto con una trompeta de gloria
para dar un sonido más suave
a las palabras libertad y esperanza,
si reclamo la retribución de la luz a los ciegos,
de la vida a los muertos,
el retorno del mar y del amor
a las almas abandonadas;
si bendigo la vida,
la tierra y el cielo,
las estrellas y el mar,
el niño y las flores,
la santa y dulce mujer
que me dio asilo en sus entrañas;
mi primer grito de guerra
en los campos de batalla del mundo,
la luz que ilumina el rostro
de la tierra y del cielo a mis ojos;
el beso y la sonrisa que dieron luz
al amor en mi corazón;
si quiero escalar los cielos
para coger a las estrellas
y trenzar una corona
a la criatura que roba el silencio
y la paz de mi corazón.
y que mi ser se quema como una capilla ardiente
esperando vestido de negro
como la viuda que, despierta, cada noche
espera el retorno del ser amado;
si me muero en cada amor
en cada aventura,
en cada sonrisa a las estrellas,
en cada adiós a la vida,
para todos los hijos de la tierra
que se hacen héroes o cobardes,
para todos estos que no tienen más amor,
para todos los vencidos y los desesperados,
para las novias abandonadas,
para las ideas prostituidas,
para los juramentos blasfemados
y para los sentimientos profanados;
si mi mirada vuela hacia los cielos
para congelarse de melancolía
cuando mis lágrimas caen sobre los recuerdos enterrados;
si la sonrisa sobre mi rostro se estampa
como un adorno de funeraria,
si la nostalgia es la nota más alta de mi vida,
si yo quiero escribir la palabra fraternidad
por todos los rincones de la tierra;
sembrar este nombre como la espiga y el pan,
para la flor y la fruta
para la felicidad de los hombres
y la del mundo,
lanzarlo por los mil caminos del universo
hacia las auroras de sangre y de luz,
a través de los océanos y las edades,
en los bajos fondos y las alturas,
escucharlo vibrar como un himno
en el pecho de los valientes;
si levanto mi vaso para los héroes y los parias,
para el obrero y sus penas,
para la madre y la novia,
para el anciano y el niño,
para las alegrías del amor
y las tristezas del mundo;
si me río de los infortunios de la vida,
si algunas alegrías dejan en mi corazón
una llaga profunda que me roe como un cáncer;
si apenas retengo mi deseo de gritar mi secreto
al mar y a la luna,
la cual sube impávida, majestuosa,
entre las cimas de los árboles iluminados
por la pálida luz;
si los soles de Cartagena
me recuerdan a los soles de verano de mi país
que nunca duermen
sin haber dado antes su beso deslumbrante a la tierra;
si me invade la nostalgia
al pensar en los verdes manteles de mi país de ensueño,
rubí engastado en el oro del sol poniente,
mi país de sol, de sol llenos los ojos,
lleno el cuerpo,
llena la sangre;
nuestra naturaleza que nunca cambia su traje verde,
la casa del guarda bosque con su echo de chapa nueva,
el vuelo rectilíneo de los cuervos
que se asemejan a unos compatriotas vestidos de etiqueta.
arreglándolas al compás de mi poesía y de mi pasión;
si vuelve siempre en mi
el recuerdo de un rostro bañado por la aurora
y donde la pureza y la sinceridad resplandecían;
de unos ojos ahogados de azul creados para un gran sueño.
y que lo he amado y cultivado tanto
hasta hacer de él la sustancia misma de mi existencia;
si me niego a bajar los ojos
ante el esplendor de los falsos soles de hoy;
atizan mi coraje;
si vuelvo a vivir en cada letra de la palabra libertad;
si descanso bajo la claridad del cielo,
mecido por la suave melodía del mar,
cuando mis pies tropiezan contra las piedras del exilio;
es que vuelve en mí
la misma llama,
el mismo ardor,
la misma fe
en la alegría y la felicidad del mundo
para la llamada al abrazo de las manos hermanas
y para la reconstrucción de la vida
de la luz,
y del amor.

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