Pelea de mujeres

in #castellano8 years ago (edited)

Tres hombres que seguramente visitaban el lugar por primera vez hacían comentarios de lo que estaban apreciando, mientras se rascaban los bolsillos buscando los billetes para comprar más cerveza.

–¿Y esto es gratis? –se preguntó uno de ellos.

–Parece que la cosa mejora después de las 12:00 de la noche –le respondió pícaramente uno de sus compañeros.

El tercero, con los ojos pegados en la acción, fue a buscar las bebidas.

Vestían jeans y camisas a rayas que tomaban la forma de su abultado abdomen, y aunque parecía moscas en la leche, nadie les prestaba atención. Todos estaban absortos en la pelea de mujeres que, en vivo, estaban presenciando unas 500 personas que cada noche del fin de semana se acercan a compartir en una especie de discoteca al aire libre, donde las mesas son sus carros y la pista de baile el pavimento de las Cuatro Avenidas de Prebo, en Valencia.

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Era una duda la razón de la disputa. Pero algo estaba muy claro: ya las mujeres no pelean como antes. ¿O siempre han sido tan rudas?

No hubo arañazos ni uñas partidas, tampoco jalones de pelo; ninguna gritó ni lloró. Eran golpes de verdad, con la mano cerrada y justo en la cara. Eso fue lo que más le gustó al público, ver a pocos metros de distancia y sin tener que pagar entrada, lo que presentan en un filme de acción, en el que los productores hollywoodenses siempre colocan a una rubia y otra morena a enfrentarse con puños y patadas.

Las chicas no tenían mal aspecto. Una flaca, vestida de negro total, con jeans y una blusa de hondo escote entre los senos. Cabello negro, liso y recogido con una cola. Maquillada. Otras más rellenas, de buen cuerpo, con el pelo estirado y oxigenado, algunas de falda bastante corta y mucha bisutería. Todas bonitas, simpáticas, acompañadas por varones que usaban franela sobre camisa y gorra en plena medianoche, con la cara de yo-no-fui que describe Rubén Blades en su salsa Plástico. Ninguno intervino.

No fueron solo dos las boxeadoras, sino varias. La flaca de estilo ninja era la que parecía tener menos amigas, el ataque contra ella era simultáneo. Pero se defendió mejor.

El centro comercial Reda pasó de ser una discoteca pública a un centro de lucha de mujeres. Sólo faltaba el barro. Los hombres aullaban, silbaban y aplaudían el sorpresivo regalo de la noche, y las mujeres gritaban o mostraban pena ajena.

Cuanto más fuerte parecía ser el golpe recibido, la bulla aumentaba en decibeles.

La flaca agarró una botella –por segunda vez, porque al iniciarse el pleito una de sus rivales se la tumbó de una patada– y la lanzó al suelo, haciéndola pedacitos y dando muestras de quién era la vencedora. Suficiente para que las enemigas se replegaran. Se apartó a su esquina a respirar profundo y refrescarse.

Como ya la historia parece una película, no podía faltar la llegada, cinco minutos después, de la Policía. Los uniformados bajaron de la patrulla –una camioneta último modelo-, se pararon en la acera y, al parecer, no se dieron cuenta del ridículo que hacían. Estuvieron como estatuas por algunos minutos, sin que nadie se inmutara y luego se acercaron a cada local que estaba abierto para dar instrucciones. Ya era la 1:00 de la madrugada y debían detener la venta de alcohol.

Invisibles entre la multitud quedaron las boxeadoras, mientras uno de los tres amigos le dijo a otro: “Pana, míralas bien, te aseguro que si te las consigues en una camionetica y les sonríes, te voltean la cara”.

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