Luz de girasolsteemCreated with Sketch.

En un rincón iluminado del taller 4B de la Universidad de Bellas Artes de Buenos Aires, Fatima se sentaba en silencio frente a su caballete. La música suave que salía del viejo parlante de la sala apenas lograba romper el silencio concentrado de los estudiantes. Era una tarde de otoño, y la luz natural que entraba por los ventanales teñía todo de un tono dorado que parecía abrazarlo todo.

Fatima, de pincel en mano y delantal manchado de óleo, trabajaba en su proyecto final para la cátedra de Pintura II. No era cualquier ejercicio: era una obra que debía hablar de ella, de su proceso, de su forma de mirar el mundo. Y ella eligió el amarillo.

Inspirada por los días soleados de su infancia en Tucumán, donde los girasoles crecían junto a los caminos de tierra y los objetos cotidianos se llenaban de vida con solo un rayo de luz, decidió componer una naturaleza muerta que contara una historia sin palabras.

En su pintura, el girasol no era solo una flor; era su madre riendo en la cocina, era la mesa de madera donde jugaba con bloques cuando era niña, era el color de su casa de siempre. La caja amarilla representaba los recuerdos guardados, los que uno protege aunque se oxiden con el tiempo. El frasco de miel, desgastado y con una etiqueta medio despegada, era un homenaje a su abuela, que siempre tenía uno en la alacena. Incluso el balde verde, casi fuera de lugar, tenía sentido: era el que usaba su padre en el jardín.

Cada objeto había sido elegido con intención. No por su forma, sino por su historia. Y aunque todo parecía sumergido en una atmósfera de amarillo vibrante, cada pincelada estaba pensada para transmitir una emoción: melancolía, ternura, pertenencia.

Los compañeros de clase comenzaban a guardar sus cosas, pero Fatima seguía pintando. Apenas consciente del paso del tiempo, retocaba con cuidado los pétalos del girasol, como si al hacerlo pudiera conservar ese instante para siempre.

Cuando finalmente se detuvo, no era por cansancio, sino por algo más profundo: supo que la obra estaba terminada. No porque estuviera perfecta, sino porque ya no tenía nada más que decir. Lo había dicho todo con luz y color.

Fatima se alejó unos pasos y miró su pintura por última vez ese día. Sonrió. No era solo un óleo sobre lienzo. Era su historia. Y estaba lista para compartirla con el mundo.

La pintura fue echa por mi hermana Fatima, estudiante de la universidad de Bellas artes de la ciudad de Buenos Aires, las fotografías también fueron sacadas por ella y el texto es de mi autora.

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Hola, amiga gusto en saludarte, está hermosa la pintura. Gracias por compartirla. Un abrazo, que estés bien.


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Verificado en: 07-06-2025

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